EL CUENTACUENTOS: PROPÓSITO 1

•PROPÓSITOS•
PRIMERA PARTE

Palabras a añadir:

Nota: Pulsad en los nombres para acceder a sus redes y/o blogs.
Acidulante.
Extremeño.
Raticida.
Córcholis.
Irrisorio.
Cuántico.
Cerambícido.
Fractal.
Repámpanos.
Nota: si navegáis desde un PC posad el ratón en las palabras subrayadas para ver su significado según la RAE.

Cada año era igual para Jaime: doce uvas a toda prisa para recibir el año solo, en su apartamento, donde la gente no le molestaba. No era una persona muy sociable, le gustaba la calma y, a la vez, desde hacía un par de años, se había cansado de ella.
    El 31 de diciembre se despertó sin ganas, dejando que el sol se colara en su pequeña habitación. Sus ojos se posaron en el cuadro que había colgado en la pared de en frente: un fractal psicodélico que combinaba colores que no quedaban bien juntos y que a él ya le había cansado. Estuvo un rato tumbado, mirando por la ventana, viendo como las cotorras se posaban en el árbol que tenía delante de casa. Las maldijo y se levantó de la cama. En general sus aficiones le cansaban, ya no le divertía coleccionar insectos, ya no le veía la diversión a pasarse el día golpeando el techo de casa con el palo de su escoba para pedir a los vecinos que se callaran de una maldita vez. Ya ni se molestaba en imaginarse a sí mismo poniéndole raticida a la cobaya del niño que vivía a su lado con sus padres, a pesar de lo harto que estaba de que ese asqueroso animal se escapara constantemente y acabara en su piso. No es que Jaime hubiera cambiado con los años y se hubiera vuelto mejor persona. Era el mismo hombre amargado y cansado de la sociedad, pero tantos años haciendo lo mismo habían terminado por aburrirle.
    Desayunó lo que pudo una vez hubo descartado la leche caducada que tenía en la puerta de la nevera. Luego se lavó los dientes mirándose al espejo. La espuma que hacía el dentífrico siempre le hipnotizaba, le cubría los labios y le manchaba un poco la barba rala. Repasó su cara: sus ojos pequeños, castaños, sus cejas espesas y su nariz fina y alargada. El pelo eternamente despeinado por mucho que se esforzara era rizado y negro como la noche. Su cuerpo había conocido tiempos mejores. El esternón se le marcaba aunque estaba cubierto por un pelo entre blanco, gris y negro. Su vientre abultado y duro se llenaba de espuma blanca que le caía del cepillo. Más abajo su pene colgaba flácido y pequeño, casi oculto entre un matojo de pelo negro. Solo podía verlo de esa forma, reflejado en un espejo. Cuando miraba hacia abajo la colosal duna de su panza cervecera ocultaba el paisaje. Jaime suspiró, se llenó la boca de agua y escupió un poco de espuma blanca con vetas rojas que cayó a la porcelana del lavabo. Se limpió la espuma que le quedaba en la boca con la mano y luego volvió a suspirar. El reflejo del espejo le devolvía una mirada ojerosa y asqueada.
    —Hoy tiene que ser distinto —se dijo a sí mismo. Su voz era pastosa, aburrida y afónica. Tenía un marcado acento extremeño y parecía que el sonido de su propia voz le irritaba—. El próximo año viviré más aventuras. Ese es mi propósito.

Decidido a no repetir la escena de cada año, Jaime salió de casa cuando el reloj que colgaba en la pared de su salón marcó las nueve de la noche. Cargado con una mochila llena con una manta, algo de comer y su cámara de fotos salió a la calle y su rostro mutó a una mueca de asco cuando una señora casi choca con él cuando se disponía a salir del portal.
    —¡Vaya con cuidado, señora!
    Empezó a andar sin dejar de maldecir a la mujer. Se apretó la bufanda para que le cubriera bien el cuello, se ajustó el gorro de lana ocultando en la prenda sus orejas rojas y se abrochó el abrigo negro. Luego se echó la capucha gruesa y forrada de borrego. Empezó a andar, sin molestarse en apartarse para no chocar con nadie. La gente era golpeada por sus hombros, se giraban y le reprendían por su comportamiento. A Jaime le importaba todo una mierda, se limitaba a levantar la mano y, sin girarse, alzaba el dedo corazón para que todos lo vieran perfectamente. Al cabo de un rato andando y enfadando a los ciudadanos, bajó las escaleras del metro y empezó a descubrirse la cabeza.
    El metro a esa hora en un día como aquel estaba lleno de gente que se dirigía a casa de su familia para celebrar la Nochevieja. Algunos llevaban maletas enormes y hacían que fuera más incómodo esperar de pie en el vagón. Jaime no les privaba de sus miradas de odio. Tampoco escatimaba en desprecio hacia aquellos que se reían a carcajadas cada vez que su acompañante decía cualquier estupidez. Jaime miró el panel que marcaba el mapa de la línea de metro y suspiró, aún le quedaban cinco paradas para llegar a su destino. Puso los ojos en blanco y, una vez más, suspiró.
    —Puta vida —dijo en voz alta haciendo que varias personas le miraran confusas—. ¿Por qué no me hacéis una foto? Os durará más. Putos cotillas de mierda.
Poco a poco el vagón se fue vaciando, la gente aún le miraba entre interesada e irritada. Ahora el murmullo ensordecedor se había convertido en alguna conversación aislada e inteligible si uno le prestaba atención y Jaime, muy a su pesar, siempre prestaba atención a su alrededor.
    Dos personas hablaban del concierto al que asistieron un año atrás, como si fuera algo que acabaran de vivir. Otro grupo, este de cinco personas, conversaban sobre un blog que se había visto envuelto en una polémica según ellos absurda. Jaime escuchó el nombre: Origen cuántico. A él todo lo relacionado con Internet le parecía una pérdida de tiempo.
    Próxima estación: Mirador. Correspondencia con línea uno, dos y cinco de metro, funicular y servicios de bus.
    Jaime se alegró por primera vez en su vida de escuchar esa voz mecánica, empezó a andar hacia la puerta antes de que el metro se detuviera y esperó.
    —¿Bajará en la siguiente, joven? —preguntó una mujer bajita, de piel arrugada y pelo cardado blanco.
    —No, me he puesto delante de la puerta para ver el túnel de cerca. ¡Claro que voy a bajar, abuela!
    La mujer miró a su alrededor nerviosa y avergonzada. Su mano tembló un segundo y luego frunció mucho los labios.
    —¡Córcholis, qué poca educación! —exclamó indignada la mujer justo cuando el metro salía del túnel y entraba en la estación.
    —¡Repámpanos, qué escasa inteligencia! —replicó Jaime con una voz envenenada de sarcasmo. La puerta se abrió automáticamente cuando el metro se detuvo y Jaime salió del vagón empujando a la gente que se concentraba delante de la puerta ansiosa por entrar. El hombre se giró, se detuvo y miró con asco y odio a los que estaban a punto de entrar—. ¡Dejad salir antes de entrar, pedazo de idiotas!
    Siguió andando, ignorando las voces que le llegaban desde atrás. Voces que le criticaban, le insultaban y le llamaban para enfrentarse a él. No tenía tiempo, estaba deseando salir del metro y alejarse de la gente.
    El autobús que Jaime tenía que coger estaba esperando con las puertas cerradas y el conductor dentro. Era su minuto de descanso y aún no dejaba entrar a nadie. Jaime suspiró y, al hacerlo, un hilo de vaho ascendió y se difuminó con el aire invernal. Su pie empezó a golpear nervioso el suelo, se mordía el labio y miraba con su habitual mueca de disgusto al hombre que se comía un irrisorio sándwich que, lo más seguro, fuera su única cena de Nochevieja. Cuando hubo terminado de comer abrió las puertas y dejó pasar a la gente que esperaba en la parada.
    —Buenas noches, felices fiestas —es lo que le decía a todos los pasajeros que iban subiendo al autobús.
    Cuando le tocó el turno a Jaime este le miró como si le acabara de ofender.
    —Serán para ti. Un billete.
    —Serán dos moneditas gordas —dijo el hombre intentando ser simpático y gracioso.
    Jaime gruñó, buscó en su bolsillo y pagó el billete. Se alejó del conductor y, por lo bajo, escuchó como le llamaba cretino. Prefería ser un cretino a un completo idiota. Se quedó de pie, sujeto a la barra horizontal que tenía sobre la cabeza y miró la fría noche que envolvía la montaña a la que estaba a punto de subir. El mirador de aquella parte de la ciudad era perfecto para pasar la Nochevieja. Su cena se resumiría a una lata de albóndigas frías y un refresco barato que le destrozaría el estómago con su acidulante. Se sentaría a hacer fotos al cielo, al bosque oscuro y, quizá a sí mismo. Aunque esto último lo veía poco probable.
    Tras unos minutos interminables en los que el autobús se mecía bruscamente por la carretera irregular, y daba frenazos bruscos por la ineptitud del conductor, Jaime se bajó y respiró hondo. Para su alegría nadie bajó en la misma parada que él. Vio como el vehículo se perdía en una curva y, aunque ya no podía verle, le enseñó el dedo corazón al conductor. Luego se colocó el gorro y la bufanda, se puso la capucha y empezó a andar por un sendero oscuro que conocía bien. Le encantaba ese mirador, le gustaba perderse y buscar insectos. Aún recordaba el maravilloso ejemplar de cerambícido que pudo encontrar hacía unos años. Jaime sonrió, quizá por primera vez en todo el día, anduvo entre los árboles hasta que alcanzó un claro, se detuvo, sacó la manta de la mochila y la extendió en la hierba. Se sentó, abrió la lata de albóndigas y empezó a comerlas con la mano. La salsa le chorreaba los dedos, pero se los chupaba antes de que gotearan.
    El hombre miró al cielo estrellado y maldijo al degradado naranja de las luces de la ciudad que hacían que el firmamento luciera menos espectacular. Sacó la cámara y empezó a cambiar valores en el menú con sus dedos grasientos. Algo llamó su atención en el cielo, le echó un vistazo y vio que algo caía. Una estrella fugaz. Se levantó con la cámara en la mano y la boca abierta. Otra estrella surcó la bóveda que tenía sobre la cabeza y una más. Recordó lo que se solía decir de las estrellas fugaces. Una estupidez como cualquier otra, como si por el hecho de pedirle un deseo a un astro precipitado se le fuera a cumplir. Gruñó. Tampoco pensaba que pasar por debajo de una escalera diera mala suerte, pero no acostumbraba a hacerlo, siempre que se presentaba la oportunidad se preocupaba de bordearla. Volvió a gruñir.
    —Deseo vivir aventuras —dijo sin más.
    No ocurrió nada. Se sintió estúpido y regresó a la manta. Terminó las albóndigas y pasó el resto de la noche deslumbrando al bosque con la luz del flash de su cámara. «Felices fiestas» dijo dentro de su cabeza la voz del conductor del autobús.
    —Serán para ti, imbécil —dijo Jaime en voz alta con un tono más irritado que de costumbre.

© M. Floser.

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