EL CUENTACUENTOS: NAVIDEÑO 4 (FINAL)

•NAVIDEÑO•
CUARTA PARTE (FINAL)

Palabras a añadir:

Independentismo.
Regeneración.
Orgásmico.
Drogas.
Traición.
Chimenea.
Amperio.
Calendario.
Factura.
Mantecado.

Leed las anteriores partes:

Nota: si navegáis desde el PC posad el ratón en las palabras subrayadas para ver su significado según la RAE.

El coche se detuvo en una calle ancha. Sophie estaba sorprendida por no haberse encontrado ningún demonio en el trayecto, pero ahora miraba la plaza que se abría ante ella y su alivio se apagó. La plazuela estaba repleta de monstruos, todos idénticos, como clones putrefactos y peligrosos atraídos por la luz de los faros del coche.
    —Nos han visto —dijo Sharxa como si nada.
    —Visto —afirmó Frul más contento que preocupado.
    La humana, por su parte, estaba aterrorizada. Los demonios habían empezado a moverse hacia ellos y la luz de los faros los iluminaba con un fulgor blanco que hacía que les brillara su nauseabunda piel.
    —Humana, si tienes la oportunidad de matar a alguno de ellos, intenta clavarles algo en la frente —Sharxa lo dijo mientras se golpeaba el centro de su propia frente con el dedo—, recuérdalo y apunta bien. No les cortes ningún miembro, tienen el poder de la regeneración, les volverá a crecer el miembro y el que les has cortado se convertirá en otro demonio. Recuerda, en la frente. Eso les detendrá.
    —¿Pretendes que luche contra esas cosas?
    —No, no pretendo que lo hagas. Frul y yo nos vamos a encargar de todos, pero si alguno se nos escapa y va a por ti…
    —¡No sé luchar! ¡Ni siquiera tengo un arma!
    Sharxa miró a Sophie de arriba a abajo.
    —¿Por qué no has cogido tu espada antes de salir de casa?
    —¡Yo no tengo espada!
    —¿Los humanos no tenéis espadas? ¡¿Cómo os defendéis?!
    No esperó a que Sophie le respondiera, suspiró mientras veía como los demonios estaban cada vez más cerca. Dio una palmada fuerte y, en vez de sonar el impacto entre las dos manos, sonó un estallido eléctrico, como un chispazo. Sharxa separó las manos y, entre ambas palmas, un rayo blanco y brillante empezó a estirarse. Sophie miraba aquella magia embobada, asustada y excitada. El rayo de energía se retorció y comenzó a solidificarse. La luz se extinguió y entre las manos de la bruja flotó un arma de hoja pulida. Una espada no demasiado grande.
    —¡Cógela! —gritó Sharxa. Sophie rodeó la empuñadura de la espada con su mano y se sorprendió por el calor que desprendía. La contempló, embelesada y no se dio cuenta de que Sharxa y Frul habían echado a correr hacia los demonios.
    —¡Humana! —Sharxa le sonrió—. No te olvides de ponerle un nombre, sino no te obedecerá. Dilo, di su nombre.
    Sophie miró a Sharxa sin acabar de comprender lo que le estaba diciendo. Un demonio aprovechó el descuido de la hechicera y salió corriendo hacia Sophie. Dio un salto enorme y cayó en el sitio donde estaba la chica. La humana consiguió apartarse en el último momento y el demonio se estampó contra el coche. Poseída por la adrenalina, Sophie se lanzó al ataque, alzó la espada sobre su cabeza y lanzó un grito para acompañar el ataque. De repente la espada pareció pesar una tonelada y Sophie vio como sus brazos caían a plomo y la hoja del arma se clavaba en el asfalto.
    —¿Pero qué…?
    El demonio lanzó un zarpazo que Sophie consiguió esquivar agachándose. La espada volvió a su peso original, pero en cuanto la humana intentó atacar a la bestia regresó al asfalto como atraída por el núcleo del mundo.
    —¡Di su nombre, humana! ¡Si no le pones un nombre no podrás usarla!
    Sharxa se había agachado para esquivar el ataque de un demonio, puso su mano en la cara de la bestia y con su magia hizo que le estallara la cabeza. El cadáver pestilente quedó en la carretera, humeando.
    Sophie miró la espada, miró al demonio que tenía inclinada la cabeza como un perro que presta atención a un ruido nuevo, y volvió a mirar la espada con los ojos muy abiertos. ¿Que le pusiera un nombre? Sophie echó a correr. No podía pensar en un nombre en un momento como aquel. El demonio la persiguió, sus pies deformes se clavaban en el suelo en cada zancada, como si pesara tanto como la espada cuando Sophie intentaba utilizarla para golpearle. Si no bautizaba a la dichosa espada no podría defenderse. Maldijo a Sharxa, maldijo a su magia y se maldijo a sí misma por la falta de imaginación. La espada había nacido de un rayo, de una energía que parecía eléctrica.
    El demonio se cansó de correr delante de ella y volvió a saltar, más alto que la primera vez, y con la convicción de que no iba a fallar de nuevo. Sophie lo vio caer hacia ella, tropezó y quedó en el suelo boca arriba. No quedaba tiempo, tenía que hacer algo o moriría. Sharxa no podía ayudarla, estaba rodeada de demonios, haciéndolos explotar a todos. A Frul ni siquiera le veía, pero sabía dónde estaba porque en un punto de la plaza los demonios salían volando. Miró hacia arriba y vio a la bestia a punto de caer sobre ella. Cerró los ojos, apretó los dientes y se maldijo de nuevo.
    —¡Amperio! —gritó Shopie de repente, abrió los ojos y en el centro de la hoja apareció la palabra escrita con caligrafía fina y redonda. La espada le pareció más liviana, como si sujetara una pluma. La alzó sin pensar y dejó que el cuerpo del demonio quedara ensartado por el arma—. ¡Lo he hecho! ¡He matado a uno!
    Sophie se levantó y empezó a celebrarlo, sujetando la espada con la palabra amperio escrita en la hoja. Tras ella el demonio se levantó y el corte que tenía en el pecho desapareció. La humana percibió la presencia de la bestia tras ella y se giró justo en el momento en el que el ser lanzaba un revés con su mano que impactó en la mejilla de la chica. Sophie salió volando y se golpeó contra el asfalto, la espada se le cayó de las manos y tintineó en el suelo.
    El demonio corrió hacia ella, Sophie intentó alcanzar la espada pero no le dio tiempo, el engendro estaba sobre ella, con la zarpa preparada para partirla en dos. Sophie volvió a cerrar los ojos, esta vez para prepararse para su propia muerte, para notar la garra del demonio penetrando en su piel. Lo que notó fue un líquido caliente y viscoso cayéndole por la cara. Abrió los ojos y vio al demonio sobre ella, son ambos brazos caídos, fácidos, a los lados y un humo blanquecino ascendiendo del cuello, sustituyendo a su cabeza. El demonio cayó de rodillas y se venció hacia delante. Sophie se apartó antes de que cayera encima suyo, cogió la espada del suelo y miró a su alrededor. Sharxa estaba mirándola, con la mano humeante apuntando hacia ella.
    —¡Gracias!
    Sharxa frunció los labios y se golpeó el centro de la frente con el dedo, recordándole a Sophie que tenía que clavarle la espada en la cabeza. Había sido estúpida, la adrenalina le había hecho olvidar las palabras de la hechicera. Sophie asintió y corrió hacia Sharxa obedeciendo el gesto que esta le había hecho con la mano. La humana lo tenía claro, si salían de esa, si conseguían devolver la paz a la Tierra, marcaría aquel día en el calendario, como el día en que un demonio estuvo a punto de convertirle en rebanadas. No volvería a pasarle, no volvería a sucumbir a la traición de los nervios. En una batalla como aquella, cualquier descuido podía pasarle factura.
    Sharxa y ella corrían, la hechicera hacía estallar a los demonios como si no fueran para ella más que insectos, la humana atravesaba los cráneos de los engendros rezagados y los dejaba tirados por el suelo de la plaza.
    —¡¿Dónde está Frul?! —gritó Sophie.
    —Divirtiéndose, no te preocupes por él.
    Sophie miró a su alrededor, a aquella plaza que antes de la invasión demoníaca había sido el punto álgido del tráfico de drogas, y vio a Frul corriendo de un lado a otro, arrasando con los demonios con una facilidad asombrosa. Saltaba, se agachaba, incluso corría por las paredes llenas de pintadas a favor del independentismo, como si las leyes de la gravedad fueran un juego para él. Era increíble la agilidad de aquel hombrecillo rechoncho y de piernas cortas.
    —¡Vamos, humana! Krampus está en esa casa, lo presiento.
    Sophie notó como si alguien le apretara el corazón. La idea de enfrentarse al Indómito le hacía tener ganas de vomitar. Pero no pensaba detenerse, no pensaba dejarse vencer por el miedo. Sharxa apretó el paso y ella hizo lo mismo. Ambas se dirigieron hacia una casa grande y que en otro tiempo había sido elegante. Ahora la fachada blanca llena de manchas de humedad estaba cubierta por musgo y enredaderas.
    Sharxa no se anduvo con chiquitas, se plantó delante de la puerta principal y golpeó con la planta de su pie derecho. Las hojas de madera maciza se abrieron y un vestíbulo lleno de suciedad quedó al descubierto. La hechicera y la humana entraron en la casa y se vieron envueltas por un olor que a Sophie le pareció curiosamente agradable. Olía a dulce, concretamente olía a mantecado. Sharxa se tapó la nariz con la manga de su chaqueta y miró a Sophie con cara de asco.
    —El Indómito está aquí, este es su olor.
    —¿El rey demonio huele a mantecado?
    —El rey demonio huele como el maldito infierno del que nunca debería haber salido. Es asqueroso.
    Sophie miró confusa a la hechicera. Para ella no olía mal, de hecho era lo más agradable que había olido en varios años.
    Sharxa empezó a andar hacia una puerta de cristal cerrada, al otro lado había una estancia iluminada por una luz rojiza que se bamboleaba. Sharxa resopló, posó la mano libre en el pomo y abrió la puerta. La nueva habitación era amplia, llena de cadáveres humanos. Al fondo había una gran chimenea encendida, y a la derecha, justo delante de una ventana completamente tapada con maderas, había un ser que eclipsaba con diferencia lo perturbadores que a Sophie le habían parecido los demonios: tenía el cuerpo lleno de pelo negro, aceitoso, y de su cabeza sobresalían dos cuernos enormes, alargados y afilados, sus orejas eran grandes y puntiagudas y de su boca caía una lengua enorme de la que caían hilos de saliva.
    Estaba sentado sobre algo que a Sophie le costó reconocer por la falta de costumbre y lo mucho que desentonaba en un lugar como aquel. Krampus estaba sobre un trono hecho de huesos. Sus brazos largos y poderosos se acomodaban sobre cráneos, los largos dedos de uñas afiladas como escalpelos repiqueteaban sobre fémures y rótulas. En sus muñecas habían dos grilletes y las cadenas caían pesadas al suelo. Krampus había escapado de la cárcel de Hurien pero no se había quitado las esposas.
    —Indómito —dijo Sharxa pronunciando el nombre como si fuera una sentencia.
    —¿Quién eres tú? —la voz de Krampus era aguda, penetrante y dolorosa—. ¿Otra humana que viene a desafiarme? —el ser husmeó el aire, miró a Sophie y a Sharxa y rió. Su risa no era normal, era un sonido parecido a un gemido orgásmico, un sonido desagradable por muchas razones—. No, tú no eres humana, solo tú —dijo señalando a Sophie con su dedo índice largo y puntiagudo. Las cadenas que colgaban del grillete tintinearon—. En cambio tú… tú eres de Hurien.
    Krampus se relamió los labios y su lengua abarcó incluso su nariz aguileña y fina.
    —Vengo a devolverte a la prisión.
    Krampus rió de nuevo, esta vez su risa sonó más aguda.
    —¿Tu padre ahora manda microbios para solucionar sus problemas? Lo siento, me gusta este mundo.
    —No recuerdo haberte dado a elegir, Indómito.
    Sharxa cargó una bola de energía en la palma de su mano y la lanzó contra Krampus. El rey demonio saltó del trono y la esfera de luz se estrelló contra el montón de huesos haciéndolos volar en pedazos. Krampus corrió por el techo, clavando las garras en él y moviéndose a una velocidad pasmosa. Tenía un rabo largo y fibroso. El demonio se dejó caer detrás de Sharxa y le golpeó con la cola. La hechicera cayó al suelo y, acto seguido, el apéndice de Krampus rodeó el cuello de Sophie, la levantó del suelo y empezó a caminar dejando a la humana tras él.
    —Nunca pensé que una hija de Shana’tha Nixolias me traería un aperitivo. Reconozco que mi apetito ha hecho que los humanos empiecen a escasear, hace tiempo que no como —Krampus movió la cola e hizo que Sophie quedara justo delante de su cara. La humana intentó cortar el rabo del rey demonio con la espada, pero este le detuvo la mano con su enorme zarpa—. ¡Mírala! ¿De dónde has sacado ese juguete, humana? ¿Te lo ha dado ese microbio? Creo que te queda grande, insecto. Pero me gusta que os enfrentéis a mí, os cansa y hace que sepáis mejor.
    La ventana tapiada de la habitación estalló en decenas de astillas. Frul entró en la casa, sorprendiendo a todos. Krampus soltó a Sophie y su rostro deforme fue golpeado por la rodilla del hombre. Krampus cayó al suelo y Frul rodó antes de levantarse con agilidad.
    —¡Bien hecho, Frul! —gritó Sharxa. La hechicera se levantó del suelo y cargó dos esferas de luz en sus manos.
    También Sophie, que había caído cuando la cola de Krampus aflojó la presión alrededor de su cuello, se levantó y sostuvo la espada.
    —Sí, bien hecho —dijo Krampus con voz sarcástica—. Un idiota más para mi menú de Navidad. ¿Pensáis que vais a poder conmigo? No sois lo suficientemente poderosos para mí.
    Krampus rió con su estridente voz y se preparó para matar a los intrusos cuando un sonido hizo que se detuviera. Sophie también lo escuchó, miró a Sharxa y a Frul y vio que ambos tenían los ojos muy abiertos y la misma expresión de sorpresa. Era un sonido agradable, como de cascabeles resonando por cada rincón de la casa.
    —No puede ser, ¿le habéis traído?
    La voz de Krampus se tiñó de miedo. El demonio y los dos magos dirigieron una mirada a la chimenea, Sophie hizo lo mismo, se fijó en las llamas que ardían y estas empezaron a moverse como si un golpe de aire las estuviera meciendo con violencia. El fuego se apagó y el sonido de cascabeles sonó con más fuerza. Se escuchó un ruido profundo, la chimenea empezó a temblar y en el temblor empezaron a caer trozos de pared.
    —No puede ser, no puede venir.
    La chimenea estalló en pedazos. Sharxa protegió a Sophie con su cuerpo para que los trozos de pared no le golpearan. A pesar de la protección, la humana notó una llovizna de hormigón golpeándole la piel.
    Cuando la hechicera se apartó Sophie vio una silueta a través de la nube de polvo que invadía la estancia. Era una silueta alta, muy erguida. El polvo se disipó y Sophie empezó a ver la nueva figura poco a poco. Primero vio unas botas negras sucias por la explosión, luego un pantalón carmesí. El bajo de una levita del mismo color y unas manos fuertes, cerradas, cubiertas por guantes de cuero negro. Bajo la levita había una camisa roja apretada sobre un torso poderoso, robusto sin llegar a notarse musculoso. A la altura del pecho colgaba una barba blanca muy poblada que parecía algodón. El rostro del hombre era una mueca de furia: su nariz ancha se hinchaba por la respiración acelerada. Sus labios, ocultos bajo la barba, debían de ser una fina línea horizontal. En las orejas tenía una docena de aros de plata. Sus ojos eran pequeños, y lo parecían aún más por las pobladas cejas blancas, pero la mirada fría y furibunda era de un precioso color azul zafiro. Tenía el pelo tan blanco como las cejas y la barba, rizado y largo. Sophie no se lo podía creer, no necesitaba que nadie dijera nada, sabía a quién tenía delante.
    —Shana’tha Nixolias —dijo Krampus con desprecio.
    El hombre le miró con un odio tan profundo que parecía capaz de congelar el mundo. Luego se dirigió a Sharxa y a Frul, miró a la humana y su ojo derecho tuvo una pequeña convulsión.
    —Vosotros —la voz del hombre era grave y a pesar de la crueldad con la que dijo aquella palabra, a Sophie le pareció agradable y protectora—. Habéis venido a la Tierra sin permiso.
    —Pero padre…
    —¡Silencio, Sharxa! Has venido a la Tierra sin permiso, has desobedecido la ley y has involucrado a una humana. ¡¿Cómo te atreves a hablarme después de tu traición?!
    Sharxa fue a decir algo, pero antes de que pudiera hablar Krampus se lanzó contra el hombre de rojo. La velocidad del ataque fue proporcional a la del golpe que recibió en la cara. Shana’tha Nixolias le golpeó sin siquiera inmutarse, como el que espanta un mosquito con la mano. El hombre anduvo hacia el rey demonio, lo cogió de la cola y lo alzó en vilo. A pesar de que Krampus era enorme, parecía débil y pequeño al lado de Shana’tha Nixolias.
    —En cuanto a ti, Krampus. Sabías que no podría venir a por ti. Sabías que en la Tierra se rompería nuestro contacto y que no podría localizarte, que tendrías libertad para hacer lo que quisieras. Pero has golpeado a una de mis hijas y, al hacerlo, has reabierto el vínculo. ¿El rey de los demonios no sabía eso?
    —¡Púdrete, puto viejo!
    —Te equivocas, Krampus, eres tú el que se va a pudrir, porque ahora no te quitaré la vista de encima, no volverás a escaparte. Mi eternidad y la tuya van a estar unidas a partir de ahora, vas a sufrir hasta el fin de los días.
    Shana’tha Nixolias lanzó a Krampus contra la chimenea destrozada, chasqueó los dedos enguantados y el rey demonio quedó envuelto en un brillo fluorescente.
    —¡No me vas a poder encerrar para siempre, viejo, tus hijos volverán a joderla!
    Krampus desapareció con un estallido.
    —¿Dónde ha ido? —preguntó Sophie por instinto.
    —Ha regresado a la cárcel de Hurien, Sophie —la voz de Shana’tha Nixolias se suavizó al dirigirse a ella—. Debo pedirte disculpas por lo que le ha ocurrido a tu mundo. Me era imposible venir. Cuando Krampus huyó destruyó mi enlace con la Tierra, pero gracias a estos dos idiotas lo he recuperado.
    —Padre…
    —Ahorra tu energía, Sharxa, tus últimas palabras tendrás que decirlas en el cadalso, ante todos tus hermanos. Tú y Frul seréis ajusticiados.
    —¡No puede hacer eso! —gritó Sophie. Soltó la espada y se agarró a la levita de Shana’tha Nixolias—. Si no fuera por ellos yo seguiría temblando en mi casa. Si no fuera por ellos no habría reunido el valor para enfrentarme a los demonios. Sin Sharxa y Frul no habría podido usted volver a la Tierra. ¡Lo acaba de decir! ¡Sharxa y Frul han salvado mi mundo!
    —Lo han hecho, pero las leyes de Hurien están hechas para ser cumplidas. Mis dos hijos serán ejecutados.
    —¡Entonces no sé en qué se diferencia usted de ese monstruo!
    —¡Humana, no! —el grito de Sharxa sonó con tal angustia que parecía que ya le hubieran cortado la cabeza.
    —¡Es la verdad! ¿Usted es el Santa Claus de las leyendas? ¡El que trae regalos a los niños en Navidad! ¡No puede matar a dos personas que han decidido salvarme mientras usted no venía! ¡¿Sabe cuántos humanos han muerto?! ¡Si les mata será como Krampus, será un monstruo!
    Sophie empezó a llorar, cayó al suelo de rodillas pero no soltó la levita del hombre. Shana’tha Nixolias sonrió, miró a la humana, miró a sus hijos y se puso en cuclillas. Le colocó el dedo índice en la barbilla a Sophie e hizo que le mirara a los ojos.
    —Eres una joven valiente, Sophie. Hablas con mucha sabiduría a pesar de tu corta edad. A veces se nos olvida mirar el mundo con perspectiva, ignorando las normas y la sociedad. Tienes razón, Sharxa y Frul, a pesar de haber demostrado ser un par de cabezas huecas, también han demostrado ser valientes. Serán perdonados esta vez, aunque no puedo evitar castigarles —miró a sus hijos—, quizá les haga limpiar los establos de los renos durante un siglo. Gracias por recordarme quién era, Sophie.
    Shana’tha Nixolias le besó en la frente, sonrió y se puso de pie. Se acercó a donde había estado la chimenea y volvió a sonreír.
    —Se me ocurre un castigo mucho mejor para vosotros dos —miró un momento por la ventana que Frul había destrozado en su entrada heróica y su sonrisa se volvió cruel—. Os vais a quedar en la Tierra, os vais a encargar de todos los demonios y vais a hacer que el mundo vuelva a ser como antes de dejar que Krampus escapara.
    Sharxa y Frul se miraron, luego miraron a Sophie y por último a Shana’tha Nixolias.
    —¿Está diciendo que nos podemos quedar con la humana, padre?
    —¿Humana? —dijo Frul añadiéndose al entusiasmo de Sharxa.
    —Eso mismo estoy diciendo. No puedo permitir que regreséis a Hurien, no puedo evitar que las leyes se cumplan. Pero esa joven tiene razón en una cosa: vuestro valor debe ser recompensado.
    Shana’tha Nixolias empezó a brillar como lo hiciera Krampus antes de desaparecer.
    —Eso sí, Sharxa —hizo una pausa para mirar a la joven humana—… estaría bien que dejaras de llamarla humana. Volveremos a vernos hijos míos, volveremos a vernos, Sophie.
    El hombre desapareció y dejó a Sharxa, Frul y Sophie solos en aquella enorme casa. Sophie seguía en shock, no acababa de creerse lo que acababa de pasar. Miró a los hechiceros y una sonrisa se le dibujó en el rostro. Cogió la espada del suelo, se limpió la ropa de polvo y miró por la ventana. Tenían mucho trabajo que hacer. Tenían un mundo entero que salvar y ahora tenía el valor y las ganas de hacerlo. No estaba sola, tenía el apoyo de sus dos nuevos amigos.

© M. Floser.

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