Microficción #133

•PLANTAS•

Una sonrisa, algo tan sencillo como eso podría helar el corazón del hombre plantado delante de la anciana. Tenía el pelo largo y vestía un mono de cuero negro. Bajo el brazo, acomodado en la axila, sujetaba un casco de motorista completamente negro. En su rostro no había más vello que el de las cejas y las pestañas. La mandíbula ancha terminaba en una barbilla cuadrada, surcada por un hoyuelo. Su nariz era respingona y sus ojos grandes se esforzaban por mirar fíjamente a la mujer.
    Ella solo sonreía, ignorando al motorista, apretando la tierra húmeda de una maceta en la que acababa de trasplantar un cactus. El aspecto de la anciana podía parecer frágil: su cabello largo era completamente blanco y su piel estaba plagada de arrugas a excepción de las manos que mostraban una tersura juvenil. Sus ojos eran pequeños, rasgados, y mientras uno era azul el otro era rojo. Vestía de forma austera, una camisa ancha que le cubría los muslos y un pantalón que le llegaba a los tobillos. Iba completamente descalza y sus pies lucían la vejez que les faltaba a las manos.
    —¿Sabes por qué me gustan tanto las plantas, Harry? —dijo ella con una voz que parecía el arañazo de un tenedor en una pizarra—, porque son sencillas. Solo te piden atención y luego lucen perfectas, magníficas. Si la cuidas la planta solo te dará placer, con su olor, con su color, con sus flores o sus frutos. Solo por cuidarlas, mimarlas y alimentarlas.
    —Madre…
    Harry no siguió hablando, la mujer alzó una mano llena de tierra con el dedo índice estirado, haciendo que el hombre callara de inmediato.
    —Harry, ¿cuántas veces te he dicho que no me interrumpas cuando hablo? —se mordió los labios arrugados, reprimiendo las ganas de golpear a su hijo—. ¿Sabes cuál es la diferencia entre las plantas y tú, Harry? Llevo cuarenta años alimentándote, cuidándote, educándote. Abono ese cerebro de mosquito que tienes dándote las herramientas para ser un hombre como Dios manda. Te he perdonado más ofensas de las que una persona con paciencia pueda o deba perdonar. Aún así, Harry, sigues queriendo decepcionarme, pensando que mi magnanimidad va a salvarte eternamente. ¿Cuántas veces se te han escapado esos gemelos? ¿Cuántas veces has perdido la Piedra? ¿Dónde están los frutos de mis esfuerzos contigo, Harry? ¿Cuándo va a florecer tu competencia? Vienes a decirme que has vuelto a fallar, ¡como si fuera una novedad! Harry, quiero que te pongas ese casco, que cojas tu moto y que busques a los gemelos. Quiero que les claves un puñal en el corazón, no me importa cuántas veces, no me importa cuánto se hunda la hoja, pero quiero que los mates y me traigas la Piedra. Quiero que lo hagas con éxito porque eres mi hijo pero, sobretodo, porque si vuelves a fallarme será tu corazón el que pida apuñalar.

© M. Floser.

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