El cuentacuentos: Navideño 1

•NAVIDEÑO•
PRIMERA PARTE

Palabras a añadir:

Esternocleidomastoideo.
Paralelepípedo.
Servidor.
Dismenorrea.
Jarcha.
Eutanasia.
Cactus.
Paupérrimo.
Independentista.
Termodinámica.
Superstición.

Nota: Posad el ratón en las palabras para ver su significado según la Real Academia de la Lengua Española.

Había estado toda la mañana lloviendo, las gotas de agua habían empapado los coches y llenado la calle de charcos. Algunas se habían quedado adheridas a las telas de araña y poco a poco se precipitaban hacia el suelo. Ahora, en cambio, caía una cortina de nieve que hacía que la visibilidad fuera escasa, la noche empezaba a caer y, con ella, las estrellas ocultas muy por encima del manto de nubes empezaban a salpicar el cielo.
    La ciudad estaba silenciosa, como solía pasar en aquella época del año. La Navidad siempre conseguía el mismo efecto, desde hacía ya cinco años la gente se encerraba en sus casas, atrancaban puertas y ventanas y rezaban para que pasaran aquellas fechas de terror y sangre. Los demonios campaban a sus anchas destrozándolo todo, matando a cualquier incauto que se atreviera a pasear por las calles. A veces conseguían adentrarse en las casas y entonces los gritos, los llantos y las súplicas de clemencia se convertían en la banda sonora habitual, en un villancico tétrico. Algunas personas decidían suicidarse para no sufrir, una eutanasia necesaria para no participar en la alimentación de aquellas bestias nauseabundas.
    Desde una habitación iluminada únicamente con tres velas que proyectaban en la pared las sombras alargadas de los objetos cercanos, una chica de ojos verdes repasaba la silueta amplificada de un cactus. De vez en cuando miraba por la ventana, entre las rendijas que dejaban las tablas de madera que la cubrían, observaba la calle, escuchaba los gritos y temblaba arrebujada bajo la manta. Era una joven de no más de dieciocho años, de complexión ancha, con el pelo rizado, castaño, bañado por la tenue luz anaranjada de las velas.
    El estado de su habitación era paupérrimo: una cama y un armario vacío, una silla inclinada hacia atrás, con el respaldo encajado bajo el pomo de la puerta y una linterna. A los pies de la cama, en la que estaba sentada meciéndose ligeramente, había una escopeta con los dos últimos cartuchos que le quedaban. Al lado de la cama, apoyado en la pared entre la mesilla de noche y el cabecero, un bate con alambre de espino enrollado y, bajo la almohada un cuchillo de caza envainado en un estuche de cuero negro. Nunca se tenían demasiadas armas, aunque ella estaba lejos de sentirse satisfecha con su arsenal.
    Las manos de la chica sujetaban un colgante de piedra paralelepípedo que tenía al cuello, lo apretaba y suplicaba en voz baja, casi en un susurro, parecía un mantra que repetía sin parar. Cabe decir que la superstición no formaba parte de su caracter, aún así su abuelo, antes de morir descuartizado por las bestias, le había dicho que la fe nunca hace daño sino que ayuda a avanzar con el corazón lleno de esperanza. No lo tenía tan claro, pero era cierto que aquello no le hacía daño, no perdía nada por pedir al cosmos, al destino, o al mismísmo Dios que les ayudaran a ella y al resto de ciudadanos de aquel lugar maldito.
    La voz se calló de repente, la chica abrió mucho los ojos y pegó la cara a las tablas de madera de la ventana para ver la calle. Escuchaba el ruido de un motor cada vez más nítido y cercano. Era imposible, el combustible de toda la ciudad se había terminado, y en cualquier caso, era un suicidio pasearse por las calles en un día como aquel. Escrutó la calle de arriba a abajo y su corazón se aceleró cuando vio a los demonios acercarse a la avenida principal. Caminaban como gorilas: con el cuerpo inclinado hacia delante y sus brazos largos apoyados en el suelo sobre sus nudillos. La luz de las farolas iluminaba la piel parduzca de los seres, y centelleaba en unos cuernos negros, brillantes, que cubrían sus cabezas. Estaban completamente desnudos, y sus piernas, parecidas a las patas de las cabras, eran musculosas y velludas. Tenían tres colas brotando de la rabadilla, moviéndose cada una hacia un lado. Sus orejas también se movían, como las de un perro que presta atención a un sonido, al del coche que ya empezaba a verse al final de la avenida. Un coche descapotable, negro, conducido por un tipo que tenía que estirar el cuello para ver la carretera. A su lado una mujer alta se sujetaba un sombrero de ala ancha para que no saliera despedido por la velocidad del vehículo.
    —¡Vamos, vamos, vamos! —se le escuchó decir cuando estuvo a un par de manzanas de la casa de la chica—. ¡Párate delante de esas mierdas con patas!
    El conductor dio un volantazo y el coche derrapó, quedando en medio de la carretera, cruzado. La puerta del copiloto quedó justo delante de la horda de demonios y, sin esperar un segundo más, ambos salieron del coche y empezaron a andar hacia los monstruos.
    Desde su cuarto la chica tenía ya las manos posadas en los tablones de madera, su boca se abría y su respiración se agitaba. Estaba cansada de ver a gente morir, no pensaba permitirlo.
    Saltó de la cama, cogió la escopeta y, tras apartar la silla que atrancaba la puerta, salió corriendo de la habitación. Bajó los escalones de dos en dos, descalza, y se dirigió a la puerta principal. Martilleó el arma y suspiró. No importaba si se quedaba sin munición, no pensaba ser espectadora de una muerte cruel. Posó la mano en el pomo y, antes de que lo girara, el salón quedó bañado por un destello de luz blanca. Las sombras de todos los muebles se alargaron hasta el techo y menguaron a una velocidad endiablada. El pomo de la puerta se calentó y una corriente de aire caliente se filtró por debajo de la puerta. Luego, antes de que se extinguiera la luz, un pequeño temblor sacudió toda la casa, haciendo que la lámpara que colgaba del techo se balanceara con un repiqueteo de los cristales que la decoraban.
    —¿A qué esperas, Frul? —dijo la voz de la mujer a escasos centímetros de dónde se encontraba la chica—. Llama a la puerta.
    —¿Cómo se hace? —dijo una voz nasal y aguda.
    —¿Que cómo se hace? ¡Tocando el timbre, claro! No es tan complicado, no se trata de termodinámica, por el amor de todos los cielos.
    —Termo… di…
    —No te esfuerces, Frul, o te estallará el cerebro.
    La chica abrió la puerta justo en el momento en el que la mujer tocaba al timbre. Esta se quedó sorprendida, miró a los ojos de la joven y luego asomó la cabeza y observó el interior con el ceño fruncido.
    —Eso sí es rapidez. No teníamos a los humanos como seres tan… ¿cómo es la palabra? Eficaces. ¿Verdad, Frul?
    —Eficaces.
    La mujer puso los ojos en blanco, luego alzó la mano abierta con los dedos muy juntos y luego separó el dedo corazón y el índice del anular y el meñique, formando una uve con la mano. La chica, por su parte, se asomaba para ver la calle tras aquella extraña visita. Habían restos de demonios esparcidos por el asfalto, por encima de los coches, colgando de las farolas. No había quedado ni una bestia con vida.
    —Saludos, humana —al ver que la chica no le respondía sino que se limitaba a mirarla con la boca abierta, la mujer miró a su compañero, luego volvió a mirar a la chica de arriba a abajo, aún con la mano abierta—. Eres humana, ¿verdad? Frul, es humana, ¿verdad?
    —Humana.
    La chica contemplaba el atuendo de la mujer, vestía una levita de piel púrpura que le llevaba hasta los tobillos. Bajo ella lucía una camisa blanca, sobre esta llevaba un chaleco del mismo color que la chaqueta, solo que un tono más oscuro, y unos pantalones a juego remetidos por unas botas de caña alta de cuero liláceo. Tenía el pelo muy largo, recogido en una cola de caballo que aún así le llegaba hasta el trasero y, para rematar la indumentaria, un sombrero de punta también púrpura, de ala ancha. Su nariz era larga, afilada, sus labios finos y sus ojos oscuros. Tenía un aro plateado ajustado a la aleta nasal izquierda.
    —¿Eres muda? Frul, no me dijiste que fuera muda. No venimos preparados para esto.
    —No es muda.
    —¿Quiénes sois?
    —¡Alabado sea el sol! Debo decirte, humana, que me empezaba a preocupar. Vale, ahora que los dos sabemos que no somos mudos, déjame que me presente. Yo soy Sharxa y este es Frul.
    —Servidor.
    —Hemos venido del mundo mágico respondiendo a una llamada realmente insistente. Alguien nos pedía ayuda a través del amuleto.
    —¿Amuleto?
    —Amuleto —dijo Frul señalando la piedra que colgaba a la altura del pecho de la chica.
    La joven miró la piedra y sus ojos, como si ya fuera una cosa normal en su expresión, se abrieron exageradamente.
    —¿Sois… magos?
    —Ella —aclaró Frul.
    —Bueno… no exactamente. No comulgo con las ideas de los magos, ni con sus costumbres, ni con sus creencias, ni con… creo que no comulgo con nada del mundo mágico. Podríamos decir que soy una maga independentista.
    —Independiente —corrigió Frul.
    —Eso, independiente.
    —¿Estoy soñando?
    —¿Soñando? No sé que es eso. Me temo que, aunque vuestro idioma me encanta y tiene palabras que me fascinan, no estoy familiarizada con todas. Hay algunas que me producen placer: esternocleidomastoideo, por ejemplo.
    —O dismenorrea —dijo Frul.
    La maga abrió mucho la boca y los ojos con un matiz de sonrisa, y miró a su compañero.
    —¡Esa es muy bonita! Has estado leyendo, patán. Muy buena, sí señor. ¿Sabes qué significa?
    —Creo que es una flor.
    —¡Menudo nombre para una flor! Seguro que es hermosa. ¿Has visto alguna dismenorrea, humana?
    —No es una flor… y no es algo precisamente hermoso… es —la chica sacudió la cabeza, intentando volver a encauzar esa conversación—… ¿qué hacéis aquí?
    —¿Ahora? Charlamos sobre la flor dismenorrea. Por cierto, no te has presentado, humana. Tampoco me has saludado.
    La maga volvió a alzar la mano y separó los dedos formando una uve.
    —Me llamo Sophie —la chica miró la mano con el ceño fruncido—, y ese saludo es de una serie de televisión.
    Sharxa miró su propia mano y luego se encogió de hombros antes de bajarla.
    —Tanta sabiduría y esos viejos decrépitos no son capaces ni de documentar un simple saludo. En los libros ponía que era un gesto bien visto entre los humanos pero que solo unos pocos privilegiados podían hacerlo. No importa, ¿podemos pasar a tu casa?
    Lo preguntó, pero no esperó a que Sophie aceptara. Se llevó las manos a la espalda y entró en casa de la chica. Miró alrededor, sonrió e intentó silbar, solo sopló, no se escuchó ningún sonido.
    —Así que esto es un hogar humano. Toma nota, Frul, quiero que cuando termine la misión me construyas una así en las periferias de Grueknam.
    —Grueknam.
    Sharxa se acercó a la pared, se apoyó en ella y su trasero apretó el interruptor que encendía la lámpara de araña. La maga dio un salto, se puso en guardia y apuntó a la lámpara del techo con las manos muy abiertas.
    —Lámpara —dijo Frul.
    La maga miró a su compañero, carraspeó y dejó de mirar a la lámpara.
    —Lo sabía, lo sabía.
    Se acomodó la levita, volvió a poner las manos en la espalda y se adentró en el salón. Sophie cerró la puerta, no sin antes echarle un último vistazo a los cadáveres descuartizados de los demonios. El salón estaba a oscuras, la chica accionó la luz y Sharxa dio un nuevo respingo, luego se irguió con la misma velocidad, intentando disimular su vergüenza y siguió recorriendo la estancia. Los sofás de cuero formaban una “L”, en el centro, justo delante de una televisión plana apagada, había una mesita de cristal. En la pared del fondo, entre dos ventanales tapiados, había un pequeño armario con una radio vieja, de madera encima. Sharxa se acercó a ella, se inclinó hacia delante e inspeccionó el aparato. Posó los dedos sobre un botón redondo negro y apretó. El salón recibió el sonido de una melodía lenta, cadenciosa, acompañada de unos cánticos en un idioma que la maga desconocía. Sharxa miraba a su alrededor, intentando adivinar de dónde venía la voz.
    —Es una jarcha —aclaró Sophie—, suena a todas horas. Solo se interrumpe cuando la resistencia tiene algo que decir. Ahora llevan una semana sin comunicarse —la humana bajó la cabeza y notó que los ojos le escocían. Entre los miembros de la resistencia estaba su mejor amigo de la infancia, y su hermana. Suspiró y volvió a mirar a la maga—. ¿Qué habéis venido a hacer?
    Sharxa sonrió y se acercó a Sophie a grandes zancadas. Le tocó la punta de la nariz con un dedo y luego le alborotó el pelo.
    —¿Qué va a ser, humana? Hemos venido a matar demonios.

© M. Floser.

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