NarrArte 12: Navidad

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El salón estaba decorado de forma impecable, las velas estaban dispuestas para ser encendidas y de fondo se escuchaba la voz sedosa de Michael Bublé candando el tema Dream a Little Dream of Me. Olía a vainilla, a especias y a vino, olía a las velas aromáticas que había encendidas por toda la estancia. Olía a Navidad en cada rincón de aquel lugar.
    El murmullo de una decena de personas riendo llegaba desde la cocina. Alguien contaba un chiste y, seguidamente, el resto reía de forma pomposa.
    —Vamos, todos a la mesa, seguiremos con los chistes luego.
    —Pero tienes que contarnos la historia de ese plato, Charles.
    —Descuida, Sandra, te la contaré con todo lujo de detalles.
    Charles le guiñó un ojo de forma lasciva y Sandra se llevó la mano a la boca y rió entre dientes, sonrojada y mirando al resto de invitados.
    —Eres un conquistador nato, Charlie —dijo un hombre joven con un bigote poblado, rubio.
    —Solo cuando hay algo interesante que conquistar.
    Los invitados, riendo y negando con la cabeza, se sentaron en las sillas que Charles les había asignado. Siguieron comentando las ocurrencias de su anfitrión, riéndose como si fueran lo más gracioso que habían escuchado jamás.
    —¿Preparados para el plato principal?
    —¡Vamos, Charles, no te hagas de rogar! —suplicó una mujer maquillada en exceso que había sentada al lado del joven de bigote.
    Charles apareció en el salón, pero no llegó solo. Un hombre, desnudo, amordazado y con las manos atadas a la espalda caminaba con él, asustado y sollozando. Charles se había puesto una especie de chubasquero transparente que dejaba ver el traje italiano que vestía. En la cara llevaba unas gafas de plástico que hacían que pareciera que estuviera a punto de sumergirse en el mar. En la mano llevaba un cuchillo enorme, de carnicero y sonreía a sus invitados.
    —Bien, dejadme que os presente a nuestro principal: su nombre es James, o algo así, y le gusta pegar a su mujer. Lo he tenido en el sótano cinco días, ya sabéis lo que me gusta la carne cuando ha tenido tiempo de reposar —Charles le dio un golpe en el estómago con la superficie plana del cuchillo, luego dedicó una sonrisa encantadora a sus comensales y empezó a preguntar—: ¿qué parte queréis?
    —Yo quisiera un poco de pecho —dijo el del bigote.
    —Pecho para Chris.
    Dicho aquello, Charles cogió del pelo al hombre, que temblaba y abría los ojos desmesuradamente, tiró de la cabeza hacia atrás y de un tajo limpio le rebanó un pectoral. El trozo de carne, sangrante y tierno, cayó sobre el plato que Chris había colocado debajo, a la altura del ombligo del hombre.
    —A mí me gustaría —empezó un hombre de unos sesenta años que se sentaba al lado de Sandra—… bueno… me gustaría…
    Charles sonrió al entender lo que la timidez le impedía decir a su amigo.
    —No seas vergonzoso, Bruce, ya sabes que aquí nadie te va a juzgar. Sé lo que quieres. Acércame el plato de Bruce, Sandra, ¿quieres?
    Sandra hizo caso, feliz porque Charles se volviera a dirigir a ella. Charles miró al hombre desnudo, ignorando la sangre que le bañaba el torso, y le sonrió. Alzó de nuevo el cuchillo y lo bajó a toda velocidad hasta que su filo cortó limpiamente el pene moreno del hombre. El miembro cayó al plato y estuvo a punto de ir al suelo rodando, pero Sandra, haciendo equilibrios, consiguió salvarlo. Se lo tendió a Bruce y este sonrió y se relamió.
    Uno a uno los comensales fueron pidiendo sus partes favoritas. Sandra quiso un trozo de vientre y Charles, que fue el último en servirse, se quedó con la mejor parte, las entrañas del hombre que ya yacía en el suelo, sobre un charco de sangre. La cena había comenzado, los comensales brindaban con el vino adecuado, un Merlot que Chris había tenido el detalle de llevar.
    —La cena de hoy está exquisita, Charles. Tienes un gusto impecable para elegir el producto. Me tienes que explicar tu secreto —dijo la mujer que se sentaba al lado de Chris.
    —No podría, Sophie, si lo hiciera tendría que matarte. Aunque viéndote, querida… quizá serías un bocado aún más exquisito que el de hoy.
    Todos rieron la nueva ocurrencia de su anfitrión, brindaron y siguieron comiendo. Sophie se sonrojó y Sandra le lanzó una mirada asesina mientras masticaba en silencio con la boca llena de sangre.

© M. Floser.

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