El cuentacuentos: Lorelan 4 (final)

{Nota fija} ¿Qué es «el Cuentacuentos»? Es una sección que he recuperado de mi antiguo blog. En ella escribiré una historia en cuatro partes, incluyendo palabras que me dejéis —ya sea en los comentarios del blog, o en mi cuenta de Twitter— (Una palabra por persona). Cuando la historia llegue al final, las palabras que me dejéis servirán para el inicio de la siguiente historia. ¡Pero no os conforméis con dejarme palabras como «amor» y «paz»! No, no, no… ¡ponédmelo difícil! ¿Jugamos? {Nota fija}

•LORELAN•
CUARTA PARTE

runes1

Palabras a añadir:

dólar.
duendes.

Repasa las anteriores partes.

Las nubes giraban a su alrededor mientras seguía cayendo, preguntándose si cuando se estrellara contra el suelo le dolería o si moriría en el acto. Ese cabrón de Krien había desaparecido, se había hecho con la suya. ¿Por qué demonios se había dejado engañar de aquella forma?

***

    La Atalaya era más grande de lo que esperaban. Las leyendas quedaban en ridículo cuando uno se detenía a los pies de la montaña y miraba hacia arriba, hacia la cima perdida entre las nubes. Aún se acordaban de aquella sensación, a pesar de que llevaban dos días ascendiendo. El frío se hacía insoportable a aquella altura. Bajo sus pies solo veían una alfombra de nubes que parecían sólidas como el mismo suelo. Parecía que se pudiera caminar sobre ellas.
    —¡Puto frío! —gruñó Krien sentado dentro de una cueva, con los brazos extendidos y las manos abiertas para que el fuego de una hoguera que había encendido le calentara las palmas de sus enormes manos—. ¿De verdad sabes donde están esos jodidos huevos, Lorelan?
    Lorelan, que estaba al filo del precipicio, mirando las nubes bajo sus pies y las estrellas sobre su cabeza, se giró y suspiró antes de responder.
    —¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Deja de quejarte, Krien, estamos cerca. Quizá llegaríamos antes si dejaras de tocar los cojones.
    —¡¿Que yo toco los cojones?! ¡Eres tú la que no para de decir que estamos cerca!
    —¡Y tú el que necesita descansar cada dos por tres! ¡Joder, Krien, habría avanzado más si me hubiera traído a mi abuela!
    —¡Que te follen a ti y a tu abuela! ¡Que os follen a las dos! —Krien estaba casi de pie, apretando tanto los puños que los nudillos se le quedaron blancos—. ¡Ve a por tu abuela si tanto te retraso! No, espera, mucho mejor, ¡vete a la mierda tú sola! Me han jodido el brazo, casi me matan, y todo porque tú quieres un puto huevo de dragón.
    —Si quieres quédate aquí, Krien, descansa, sigue quejándote de todo y de todos, yo seguiré ascendiendo. Admira tu hoguera y congélate cuando se apague, yo me largo.
    —¡Genial!
    —¡Perfecto!
    Krien cogió una pierda del tamaño de su mano y se la lanzó a Lorelan con fuerza. Ella la esquivó y la siguió con la mirada hasta que se perdió montaña abajo, traspasando las nubes como si fueran un estanque.
    —Eres un puto crío en el cuerpo de un gigante subnormal.
    Y dicho aquello Lorelan dejó solo a Krien. Siguió ascendiendo, murmurando y maldiciendo. La adrenalina de la discusión le hizo ascender más rápido de lo normal, el acaloramiento y la rabia le abrigaban más que cinco capas de ropa. Estaba cansada de aguantar tonterías, de que su compañero solo rompiera el silencio para quejarse de algo, constantemente. En el último día se había quejado del tiempo, del presente, del pasado, del futuro. Que sí estaba harto de que los duendes tuvieran los mismos derechos que los humanos, que si los ricos jamás irían hasta allí porque estaban demasiado ocupados calentándose los culos en sillones de terciopelo, que si la economía del nuevo mundo era una mierda, que el liri había empobrecido a la sociedad y que echaba de menos el dólar, en definitiva una queja tras otra, sobre temas que ni siquiera tenían que ver con las inclemencias que estaban sufriendo. Estaba mejor sola, al menos durante unas horas. Conseguiría los huevos y luego descendería, buscaría a Krien y se repartirían el dinero. Solo necesitaba que sus oídos descansaran de la voz de la mole.
    El sendero por el que llevaba una hora caminando se terminó, tocaba escalar. Se sujetó a una protuberancia de la montaña, acomodó el pie en otra y, haciendo fuerza con los brazos, empezó a ascender. El frío le escarchaba las cejas, las pestañas y le cuarteaba la piel. La noche era hermosa en la Atalaya, pero implacable. No importaba, la idea de que cuando acabase aquel viaje se retiraría le daba fuerzas, le animaba a ascender sin mirar hacia abajo.
    Lorelan llegó a un saliente cuando llevaba media hora escalando. Se tumbó en el suelo boca arriba, jadeando y sonriendo. No sabía cuánto tiempo más iba a poder seguir escalando sin que sus brazos fallaran, o se resbalara. Cuanto más tarde se hacía, más húmeda encontraba la roca.
    Se sentó y contempló el paisaje, maravillada. La alfombra de nubes ahora quedaba muy abajo y a lo lejos veía luces de alguna ciudad que desconocía, simples puntos blancos y amarillos, como estrellas caídas y posadas en el suelo de la Tierra. Lorelan suspiró, se puso en pie ignorando el temblor de sus piernas y la amenaza de sus rodillas de dejarse caer en cualquier momento, miró a su alrededor y vio una cueva enorme que perforaba la montaña a un metro de altura de donde ella se encontraba. Se acercó a la pared, se sujetó del borde de la cueva y se aupó. Aquel mínimo esfuerzo le supuso una tortura por el cansancio del ascenso, pero no podía permitirse el lujo de detenerse.
    Se adentró en la cueva oscura como un pozo. No le hacía falta la luz, sus ojos se adaptaban fácilmente a la oscuridad. No era ningún poder, simplemente tenía esa facilidad. La cueva apestaba a cadáveres, a orina, a sangre y a otras sustancias que Lorelan no reconocía. Y habían sonidos habituales en las cuevas: sus pasos amplificados por el eco, la brisa del exterior que golpeaba con furia en la entrada y, entre todos esos sonidos, dos ruidos desconocidos: un gruñido largo y un gemido lastimero.
    Lorelan escuchó un crujido e instintivamente pegó su espalda contra la pared. Siguió avanzando despacio, sin separarse mucho de la piedra. Al fondo la oscuridad se rompía con un degradado anaranjado, una luz tenue y palpitante, una antorcha. El ceño de Lorelan se frunció, ahí había alguien.
    La cueva, profunda y gélida, giraba hacia la derecha y la luz se hacía mucho más intensa. Lorelan se cambió de pared, posó la espalda en la piedra fría y se asomó por el borde para ver qué había allí. La antorcha estaba fijada a la pared y alumbraba una enorme jaula con barrotes de acero tan gruesos que sus manos no habrían sido capaces de envolverlos. Los ojos de Lorelan se abrieron como platos, dentro de la jaula, tumbado, hecho un ovillo, había un dragón inmenso. Su piel esmeralda brillaba proyectando la luz de las llamas en cada una de sus escamas. La cabeza del animal era enorme y tenía forma de flecha, con dos cuernos negros como el carbón que ascendían y se retorcían. Sus ojos eran de color ámbar y sus pupilas dos finas líneas verticales de un negro profundo. Los ojos del dragón brillaban, estaban húmedos.
    Lorelan salió de su escondite y se quedó muy quieta, mirando al animal. Era tan grande que Lorelan a penas parecía una ardilla delante de un elefante.
    —¿Quién te tiene enjaulado? —dijo Lorelan en voz alta. El dragón alzó la cabeza todo lo que el techo bajo de la jaula le permitía, clavó sus ojos ambarinos en la humana y arrugó el hocico enseñando unos dientes largos y afilados como espadas—. No te preocupes, no voy a hacerte daño. No me lo hagas tú a mí, ¿vale?
    Los ojos de la bestia se desviaron y miraron algo tras Lorelan. La chica se giró y vio como alguien le atacaba. Se apartó justo a tiempo y vio como un hacha enorme se clavaba en el suelo lanzando chispas. Desde el suelo, jadeando y llena de adrenalina, Lorelan giró sobre sí misma para esquivar un nuevo ataque. Dio un salto para levantarse y se alejó de su atacante. Lo miró, confusa y sintiendo como algo dentro de su cuerpo se le rompía. Krien se posaba el hacha en el hombro y le miraba con odio.
    —¡¿Qué coño haces, Krien?! ¡Casi me matas!
    —Era la idea, pero eres jodidamente rápida. No te preocupes, la próxima vez te partiré en dos.
    Lorelan desenvainó la espada.
    —¿Todo esto por la discusión de antes?
    —No te enteras de nada, mocosa. No sé quién te habló de los dragones de la Atalaya, pero cuando me entere me encargaré de rebanarle el cuello. ¿Sabes cuántos años hace que subo aquí para ver a esta cosa? Alimentándolo para que no se muera y siga pariendo. ¿Sabías que las dragonas no necesitan machos para tener crías? Yo lo descubrí por casualidad. Ahora vienes tú y me dices que piensas hacerte con un par de huevos, y que vas a darle uno a ese rey gordo.
    —¿Sabías que habían dragones? ¡Todo este tiempo lo sabías y aún así me has acompañado!
    —Tenía que hacerlo. Cuando viera el momento te mataría, volvería a casa y diría que no habías sobrevivido al viaje. Pero hace demasiado tiempo que te conozco, no he podido matarte antes. Hasta que has decidido darme la espalda, ¡¿quién te crees que eres para hablarme como me has hablado?!
    Krien sujetó el hacha con todas sus fuerzas y la descargó contra Lorelan. La chica esquivó el ataque sin problemas y se lanzó al ataque. Krien detuvo el golpe de la espada con el mango de su arma. Los dos hacían fuerza, Lorelan intentaba adelantar más su espada, cortar a aquel traidor en dos, Krien forcejeaba para mantener la espada de Lorelan lejos de su cuello. En otro momento no le habría costado, pero estaba cansado y uno de sus brazos estaba gravemente herido tras el combate contra los cyborgs. Krien lanzó un rodillazo contra Lorelan y le acertó en la boca del estómago. Luego, cuando notó que la presión de la espada desaparecía, le dio un puñetazo en el rostro. Lorelan cayó al suelo, dejando escapar la espada, escupió sangre y, aprovechando el exceso de confianza del gigantón, le descargó una patada en la entrepierna. Krien cayó al suelo de rodillas, soltó el hacha que tintineó contra la piedra y se llevó las manos a sus testículos. Lorelan se levantó y le devolvió el puñetazo. La chica era fuerte y sus nudillos estaban duros como rocas. Le hizo un corte en el labio y siguió golpeándole hasta que estuvo tumbado en el suelo. Luego escupió asqueada un poco de sangre.
    El dragón se había alejado de las rejas delanteras todo lo que pudo, que no era demasiado. Lorelan se sorprendió al ver que aquel animal era completamente dócil, miedoso. ¿Qué le habría estado haciendo Krien para que se volviera así? Lorelan se acercó a la puerta de la jaula, quitó un pasador con la forma de un enorme clavo de acero y lo tiró al suelo.
    —¿Qué coño haces, Lorelan?
    —¿No lo ves? Voy a soltar a esta pobre criatura. Ninguno de los dos obtendrá beneficios de ella.
    —¡Ni se te ocurra!
    Krien se levantó de golpe y placó a Lorelan antes de que abriera la puerta, le cogió del cuello y le empezó a estrangular apretándola contra los barrotes que contenían al animal atemorizado. Lorelan notaba como el aire le abandonaba y no volvía a sus pulmones. Las venas de sus sienes se hincharon y empezó a ver puntos luminosos delante de sus ojos. Alzó los brazos, temblorosos, abrió las palmas de las manos y, con todas las fuerzas que pudo reunir, dio una palmada en las sienes de Krien. El hombre la soltó inmediatamente y se llevó las manos a la cabeza. El dolor era insoportable, parecía que iba a reventarle el cerebro.
    Lorelan abrió la puerta de la jaula y se echó a un lado. El dragón se rebulló dentro de la jaula, asustado por el combate y por la presencia de la humana.
    —No voy a hacerte daño, eres libre —Lorelan se apartó un poco más, miró al dragón y empezó a hacer señas para que saliera—. Eres libre, nadie te va a hacer daño.
    Krien seguía en el suelo, le dolían los testículos y la cabeza. El dragón, desconfiado y tímido, empezó a salir poco a poco, asegurándose de que aquello no era una trampa. La cabeza era más grande que Lorelan, su cuello enorme, largo y duro. Lorelan estaba fascinada, no comprendía como un animal como aquel había cabido en una jaula. ¿Cómo había conseguido Krien meterlo allí? Solo se le ocurrió que aquel dragón llevaba encerrado en aquella jaula desde que era un cachorro y había crecido encerrado.
    —No sé si podrás volar, pero inténtalo, por favor, eres libre. ¡Huye!
    El dragón miró al pasadizo y luego miró a Lorelan, como si le estuviera entendiendo. Luego, tras un alarido ensordecedor, la bestia echó a correr, haciendo que toda la cueva retumbara. Giró a la izquierda, por el pasadizo que Lorelan había seguido, y se perdió.
    Krien miró con odio a Lorelan, cogió el hacha y se levantó. La chica se puso en guardia, preparada para esquivar cualquier ataque de su compañero, pero en vez de atacarla echó a correr pasillo abajo, siguiendo al dragón.
    —¡No! —gritó Lorelan.
    Ambos corrían a oscuras, siguiendo el retumbar de los pasos torpes de un dragón que llevaba toda su vida enjaulado. Lorelan era rápida, pero Krien le había sorprendido y sus piernas eran mucho más potentes y largas que las suyas. Cada zancada del forzudo equivalía a dos de Lorelan.
    El frío de la noche entraba en la cueva, estaban cerca de la salida y, de hecho, Lorelan vio como el dragón estaba a punto de salir al aire libre por primera vez. Apretó el paso, intentando alcanzar a Krien y derribarlo pero, justo cuando estaba a punto de llegar a él, este saltó y se abrazó a la cola del dragón. Luego empezó a escalar hasta que se puso en su lomo. El dragón salió a la noche y extendió sus alas, pero estaban inutilizadas, nunca las había usado. Krien y el animal cayeron en picado, Lorelan se quedó en el borde del saliente en el que había estado tumbada hacía un rato, mirando hacia abajo con el corazón galopando dentro de su pecho. Un nuevo alarido retumbó y escuchó un batir de alas. El dragón alzó el vuelo y empezó a ascender. Lorelan suspiró, se preparó y, cuando la bestia pasó cerca de ella, saltó y se sujetó al rabo. La piel del dragón era fría como el cristal, y su textura dura realmente asemejaba al vidrio.
    —¡Krien! —gritó Lorelan. Krien la miró desde el lomo, sujeto al nacimiento de las alas del dragón. Estaba montándolo como si fuera un caballo—. ¡Detente, Krien, no empeores las cosas!
    Lorelan consiguió ascender por las escamas del dragón y se sujetó con fuerza a ellas. La bestia rugía y chillaba, por un lado parecía disfrutar de su primer vuelo, por el otro notaba algo en su espalda y empezó a sacudirse, a girar sobre sí mismo. Krien cogió el hacha y la clavó en el lomo del animal.
    —¡Compórtate, monstruo!
    El dragón lanzó un alarido de dolor y su vuelo se normalizó. Voló recto, alejándose de la Atalaya. Lorelan se sentó, aprovechando la estabilidad, y se acercó al grandullón.
    —¡Deja de hacerle daño!
    Krien sonrió, desclavó el hacha del lomo de la bestia y golpeó a Lorelan con la empuñadura. La chica se mareó, su nariz empezó a sangrar, y se venció hacia un lado, cayendo del dragón. Consiguió sujetarse de una escama y notó como el borde de la misma le hacía un corte en la mano.
    —¡Krien!
    Krien miró hacia abajo y vio a Lorelan sujeta al dragón.
    —¡¿Por qué no te mueres de una puta vez?!
    El hombre, lleno de furia y de asco, golpeó a Lorelan con la bota y la escama a la que la mujer estaba sujeta se le clavó más en los dedos. El dolor fue insoportable y se soltó. Lorelan empezó a caer, su cuerpo dejó de pesar, cayó al vacío con los ojos abiertos, y la sonrisa de Krien grabada en la mente.

***

    Se odiaba. El suelo estaba cada vez más cerca. Krien se había salido con la suya, no sabía qué pensaba hacer con el dragón, pero eso poco importaba ya, su muerte estaba cerca.
    Lorelan escuchó un rugido por encima suyo. Intentó fijarse en el punto del que venía y vio una forma enorme descender a toda velocidad. El dragón caía en picado, con las alas plegadas y con Krien sujeto a sus escamas intentando resistir la presión del viento. El dragón empezó a girar sobre sí mismo, primero hacia un lado, luego hacia otro. Las piernas de críen se inclinaban en cada movimiento. Una de sus manos se soltó de la escama y luego, tras otro movimiento brusco del animal, la segunda mano dejó de sujetar la escama y el dragón siguió descendiendo, con Krien cayendo un poco más arriba. La bestia detuvo el descenso con las alas, giró en el aire, describiendo un círculo, ascendiendo con las alas desplegadas y, sin detenerse, abrió las fauces y se dirigió hacia Krien. El hombre vió como las fauces de la bestia se precipitaban hacia él, se cubrió la cara con los brazos, como si eso le fuera a salvar, y el dragón cerró las mandíbulas. Krien desapareció, engullido por el animal que había tenido preso durante años.
    Lorelan seguía cayendo cuando vio al dragón alzar el vuelo. Lo vio alejarse otra vez, libre como cualquier animal debería ser. Sonrió, lloró y el miedo, de repente, desapareció. El suelo estaba a escasos metros y la visión de aquel magnífico ser volando, aleteando de forma majestuosa, fue lo último que Lorelan de Crueen vio antes de golpearse contra el suelo.

© M. Floser

Podéis dejarme vuestras palabras para seguir jugando en los comentarios. Las palabras que me dejéis en esta última entrega servirán para el inicio de la siguiente historia.

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2 comentarios sobre “El cuentacuentos: Lorelan 4 (final)

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