Microficción #130

•ZONA DE GUERRA•

La batalla parecía haber terminado para él. Su nave había sido derribada por un láser directo al motor. No había muerto, aunque en realidad no conseguía explicarse por qué. Su nave estrellada estaba completamente destrozada, envuelta en llamas, y sin embargo él solo tenía un par de cortes en la cara y otras heridas superficiales. La ropa rota y el pelo sucio. Eso era todo.
    No reconocía aquel bosque, ni conseguía recordar en qué parte del planeta había acabado. Su último recuerdo era haber pasado por encima de una Torre Eiffel completamente destrozada, con partes de su estructura fundidas y retorcidas. Pero aquello no era Francia, no sabía dónde estaba, pero aquel frío y aquella niebla no pertenecían a ningún país que él hubiera visitado.
    Los árboles se alzaban, pero la niebla no le permitía ver cuán largos eran. No podía ver nada más allá de tres metros a su alrededor.
    —¡¿Hola?! —gritó y su voz formó un poco de vaho delante de su boca—. ¡¿Hay alguien?!
    Su voz sonaba extraña para un lugar tan amplio como aquel. No había eco, ni un ápice. Parecía que estuviera encerrado en un cuarto más pequeño que una jaula.
    —¡Ayuda! —volvió a gritar esta vez poniendo las manos alrededor de la boca para intentar que su voz sonara más fuerte—. ¡¿Alguien me oye?!
    Giró sobre sí mismo mientras pedía ayuda, lanzando gritos en todas direcciones.
    Algo llamó su atención, no era algo que hubieravisto, era un presentimiento, sintió que había algo detrás suyo. Se giró lentamente y delante de él una sombra, que hasta el momento había confundido con un grupo de árboles, se movió despacio. El movimiento era parecido al de alguien que, tumbado en el suelo, empieza a incorporarse poco a poco. Vio que a los laterales de la inmensa silueta se separaban dos extremidades, brazos largos, finos en comparación con el resto de la mole. Luego siguió girando y desplegándose, una cabeza se había alzado y se giró para mirar al hombre por encima de los hombros. Sus ojos brillaban atravesando la cortina de niebla.
    El hombre cayó al suelo al distinguir perfectamente a uno de esos seres contra los que había estado luchando en el cielo, solo que aquel era cien veces más grande que sus compañeros. Era más grande que una montaña y, a su lado, él parecía una insignificante hormiga.
    El hombre sintió algo en el pecho, su corazón acelerado se contrajo ante aquella visión terrorífica. Su cerebro parecía luchar con todas sus fuerzas para entender qué era aquello que sus ojos veían, pero el miedo petrificó al humano, le nubló la mente, lo poseyó. Quiso correr, pero sus piernas parecían negarse a moverse, por si aquel monstruo interpretaba la huida como un ataque y decidía exterminarlo.
    Era inútil porque, aunque él no lo supiera aún, aquel bosque sería el último lugar en el que estaría y aquella criatura la única cosa que vería.

© M. Floser.

Anuncios

2 comentarios sobre “Microficción #130

¡Coméntame!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s