La noticia 5: Bajo el agua

{Nota fija}→ «La noticia» entra dentro de la categoría «Ejercicios de escritura». El título de esta subcategoría no deja mucho lugar a la imaginación: se trata de un relato inspirado por una noticia real. Así de simple. ¿Empezamos? ←{nota fija}

Descubren un castillo de hace 3.000 años sumergido en el lago Van de Turquía.

•BAJO EL AGUA•

Detuvieron sus monturas al filo de un acantilado que rodeaba la superficie de agua calma. El líquido parecía un espejo pulido en el que se reflejaban las montañas y la vegetación que había a su alrededor, como si fuera un submundo del revés en el que las cosas, con un tono más tenue que en la vida real, ocurrieran de forma inversa. Los jinetes miraron el agua, uno de ellos, joven y de aspecto enfermizo, con las ojeras y los pómulos marcados, y un color de piel impropio de los vivos, observaba el lago mientras lanzaba alguna que otra mirada al otro hombre, un anciano de piel bronceada y ojos azules que parecían siempre iluminados. El viejo era calvo y el único vello que se le podía distinguir era el de sus cejas pobladas y despeinadas, y su bigote que le ocultaba los labios y caía a un lado y a otro de su rostro marcado por arrugas. Ambos vestían ropas sencillas: el anciano una camisa blanca de algodón embutida en unos pantalones de lino marrones embutidos en unas botas de caña alta de cuero negro. El más joven vestía parecido, pero su camisa era de un color mostaza, sus pantalones verdes y sus botas, cuyas cañas quedaban ocultas por las perneras del pantalón, eran de un tono caoba. En la espalda del viejo había un cayado, en la del joven una espada envainada.
    —¿Cómo sabremos si está ahí, maestro? —dijo el más joven cuando no pudo aguantar más el silencio que les acompañaba en aquel precipicio inquietante. El viento parecía lamentarse con un gemido agudo, las hojas de los árboles y arbustos provocaban ruidos que parecían enemigos agazapados entre la maleza.
    —Solo se puede saber de una forma, Erion, mirando.
    Dicho aquello, los ojos azules del viejo se iluminaron con un destello y se quedaron en blanco. El anciano acababa de salir de su cuerpo y su esencia flotó transportada por la brisa que tanto incomodaba a su aprendiz. Se lanzó en picado y se zambulló en la superficie pulida del lago. Se sumergió hasta que chocó de bruces contra un pequeño pez que nadaba siguiendo a un banco enorme. El pez, con la esencia del anciano dentro, se detuvo y se alejó del grupo, adentrándose en las profundidades de aquel lago. La fauna marina era maravillosa, el anciano podía verla a través de los ojos del pez, habían algunos especímenes fascinantes, algún que otro monstruo en calma que presentía que aquel pez no era trigo limpio y que, por consiguiente, prefirió dejarlo avanzar tranquilamente. Al cabo de unos minutos ante el animal apareció una forma gigantesca: un castillo medio enterrado en el fondo del lago. Una torre se alzaba atravesando la arena del suelo, mientras la mayor parte del palacio de piedra se encontraba sepultada. Lo habían encontrado. Los ojos del pez emitieron un brillo azul y la esencia del viejo salió del animal y se alejó a toda velocidad hasta que emergió y se coló en el cuerpo de su dueño como si de un bumerán que regresa tras un lanzamiento se tratara.
    —¿Maestro? ¿Maestro? —decía una y otra vez el aprendiz que, por lo visto, llevaba un rato repitiendo aquello, preocupado por la apariencia indiferente que había adquirido el envoltorio en el que se había convertido el cuerpo del viejo.
    —¡Deja de zarandearme, he vuelto! —dijo el viejo apartando la mano del aprendiz que le apretaba el hombro y le mecía como para despertarle—. He usado la proyección, ¿no has aprendido nada en nuestro viaje? Me he metido en el cuerpo de un pececillo y he explorado el lago.
    El aprendiz se irguió en su montura, avergonzado por haberse dejado llevar por el pánico.
    —¿Ha encontrado algo interesante, maestro? —preguntó azorado.
    Está ahí —dijo el viejo tras asentir—. El castillo de Usunguern está en el fondo de ese lago.
    —Pero eso significa que…
    —Que la Gema de la Muerte está en alguna parte de ese castillo. Tenemos que darnos prisa, Erion, en nuestras manos está el final de la guerra.

© M. Floser.

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