Microficciones #127

•SOCIEDAD•

—¡Tonterías, queridas! Si quieren comer distinto al resto, que paguen. Es el precio por ser tan… rarito —dijo la mujer con una voz chillona comentando el artículo sobre celíacos que estaba leyendo—. Estas modas nuevas son un fastidio. Si me permitís decirlo, queridas, ahora parece que todo el mundo debe tener una tara para ser aceptado en la sociedad —bebió un sorbo de té, esquivando la rodaja de limón que flotaba en la infusión rojiza. La mesa redonda, cubierta por un mantel impolutamente blanco, estaba rodeada por cuatro sillas, tres de ellas vacías. Delante de cada silla, sobre el mantel, había una taza de humeante té—. ¿Y eso del gluten? En mi opinión, queridas, es un invento de las grandes empresas para que esos pobretones ignorantes se dejen el poco dinero que tienen. ¡Gluten! Suena a algo alemán, ¿no os parece, queridas?
    La mujer volvió a beber y se recolocó la ropa: una camisa naranja a juego con sus pantalones. Se atusó el pelo, se colocó bien los complementos, con especial hincapié en la pulsera identificativa que llevaba en la muñeca derecha, con tal mimo que parecía una joya carísima, y dio un último sorbo antes de que una mujer vestida de enfermera se acercara a ella.
    —Vamos, señora Ferndinald, despídase de sus amigas, es la hora de la medicación.
    —¡Oh, Gertrudis, querida! ¿Ha vuelto ya el señor? —dijo la mujer mirando a la enfermera que sonreía con cariño. Luego volvió la vista hacia las sillas vacías y resopló—, está siendo una temporada difícil en Wallstreet, ¿sabéis queridas? Mi marido está trabajando duro, pero es el precio que hay que pagar por esta vida —la mujer volvió a mirar a la enfermera, esta vez con el ceño fruncido—, Gertrudis, querida, tú por casualidad no serás celíaca, ¿no?
    —No, señora Ferdinald, no soy celíaca —dijo la enfermera que, según la plaquita que colgaba de su pecho, se llamaba Barbara. La enfermera ayudó a la mujer a levantarse y empezaron a andar muy despacio. De pie, la mujer del té, parecía frágil, como si hubiera envejecido varios años de repente.
    La enfermera le puso la mano en la espalda a la mujer que se alejó sin ni siquiera despedirse de las sillas vacías. La paciente empezó a divagar, esta vez sobre un tema completamente distinto y llamó a la enfermera por otro nombre que no era ni Gertrudis ni Barbara. Enfrascada en una vida que no le correspondía, que jamás había existido. Una vida como tantas otras que su mente se empeñaba en crear. Entraron en el hospital psiquiátrico y la enfermera Barbara ayudó a la señora Ferdinald a tomarse sus medicinas.

© M. Floser.

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