Microficción #124

•CANTA PARA MÍ•

Su voz sonó tras unos cuantos acordes de guitarra. Era una voz suave, algo afónica, con mucho carácter y, a pesar de su juventud, parecía que una estrella del jazz de los años cincuenta se hubiera apoderado de sus cuerdas vocales. Era hermosa, rebosante de confianza y fuerza, y el mástil de la guitarra parecía otorgarle un poder que convertía en notas furiosas que bailaban con otras más tranquilas.
    El público se reunía en torno al escenario, sentados en sillas de madera, apoyando sus brazos o sus bebidas en mesas redondas del mismo material. El pequeño local solo estaba iluminado en ese momento por la luz que enfocaba al escenario, y la luz tenue que había en la barra, en el otro extremo de la sala. Tras ella un camarero alto, fuerte, y completamente calvo, servía combinados y, de vez en cuando, miraba a la cantante que ahora sonreía mientras cantaba haciendo scatting *. La canción, en perfecto inglés, no era reconocible, por lo que los que entendían de jazz supusieron que la había compuesto ella misma. Era bonita, hablaba de experiencias dolorosas, pero también de cómo superarlas, de como la vida no debe verse condicionada por los traumas del pasado.
    Entre el público había una mujer que, de no ser por la poca iluminación del local, no habría pasado desapercibida para nadie. Era rubia, con el pelo ondulado, los ojos grandes, azules, perfectamente maquillados, una nariz respingona y unos labios de color cereza. Llevaba un vestido a juego con los labios, delicado, sin escote, anudado a la nuca por una tira fina. En la mano, pequeña y de dedos largos, tenía un cigarro sin encender. Lo había sacado cuando la chica empezó a cantar y no había podido llevárselo a la boca, estaba embobada, entusiasmada por lo que estaba escuchando.
    La mujer cogió el vaso de tubo de su mesa y, antes de introducirse la pajita negra en la boca para sorber un poco de su Tom Collins, sonrió y susurró con una voz muy sensual y confiada:
    —Canta para mí.
    Dio un trago del cóctel mientras sus ojos azules centelleaban un segundo. También lo hicieron los de la cantante, un destello azulado cubrió sus ojos y, acto seguido, giró la cara hacia la mujer del público, como si supiera perfectamente dónde se encontraba a pesar de que, desde el escenario, el público era una masa de sombras. Siguió cantando, sin dejar de mirar al punto negro en el que se sentaba la mujer, perfectamente oculta en la penumbra que provocaba la luz de los focos sobre el escenario.
    La mujer rubia sonrió y saboreó el líquido que le llenaba la boca. El Tom Collins estaba aún más exquisito ahora que la cantante había sucumbido a sus poderes Era suya, le pertenecía hasta que decidiera romper el conjuro. Bebió un poco más de su cóctel y tomó una decisión: no pensaba romper el embrujo aquella noche.

* N. del A. Scatting: improvisación bocal que se da en jazz generalmente a base de sonidos y sílabas sin relación aparente.

© M. Floser.

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