Mitología narrada 8: Nions

[Nota fija]→ «Mitología Narrada» es la sección en la que os presento un personaje mitológico seguido de un relato inspirado en el mismo. ←[nota fija]

•NIONS•
NIÑOS DE LOS OJOS NEGROS

Los Nions o Niños de los ojos negros, también llamados en inglés BEKS por sus siglas Black eye kids, son una leyenda americana que inició el reportero de Texas Brian Bethel a raíz de un presunto encuentro con estos seres.

Bethel explica que su encuentro con los nions tuvo lugar cuando volvía del centro comercial en coche. Se detuvo delante de un cine local y, de repente, dos niños golpearon la ventanilla con los nudillos. Decían que se habían olvidado el dinero para ver la película, y pedían al hombre que les acompañara a casa de su madre para poder recogerlo. Sin saber por qué, Bethel sintió un terrible miedo y, aunque estuvo tentado de dejarles subir al coche, algo llamó su atención, se dio cuenta de que los dos niños tenían los ojos completamente negros. Bethel afirma que los niños le dijeron que tenía que ayudarles, que tenía que invitarles a subir al coche, porque sino no podrían hacerlo.

Cuando el reportero publicó su experiencia, decenas de personas afirmaron haber tenido un encuentro similar y que, en todos los casos, eran niños con ojos negros representando una posición de debilidad, pidiendo ayuda y permiso para entrar en una casa o un coche. Se dice que, cuando los nions se dan cuenta de que las personas son conscientes de sus ojos, su carácter cambia y se vuelven violentos.

Todos los casos registrados terminan de la misma forma, los adultos, aterrorizados por el aura misteriosa y tenebrosa que envuelve a los niños de ojos negros, se niegan a dejarles entrar y los críos, sin saber muy bien por qué, desaparecen. No se sabe qué ocurre cuando alguien accede a sus peticiones, no se sabe qué hacen los nions cuando un adulto les invita a pasar a sus casas o a sus coches.

•ENCUENTRO•

—¡Buenas noches, Sally! —dijo el último cliente antes de cerrar la puerta tras él.
    —Buenas noches, Nicholas, ve con cuidado y abrígate, dicen que va a nevar.
    La voz de Sally era suave, dulce y con el punto justo de gravedad. Era una mujer de cuarenta años a la que las arrugas no hacían más que embellecerla. Le otorgaban un atractivo hipnótico. Era pelirroja aunque casi todo su pelo se escondía dentro de la gorra del uniforme. Llevaba un polo rojo bajo un delantal gris marengo que le llegaba hasta las rodillas y un pantalón del mismo color. En el pecho, justo en el centro, tenía el logo de la cadena: una niña pelirroja con trenzas y lazos azules.
    El local se quedó vacío, aunque aún quedaba una hora para cerrar. En aquella época del año la gente no estaba muy dispuesta a desplazarse hasta un fast food, y menos con los avisos de tormentas y nieve. Sally miró a su alrededor y suspiró, pensó en sentarse, pensó en cenar algo, pero prefirió ponerse a limpiar las mesas para salir pronto.
    Cogió un trapo húmedo y se acercó a la puerta, giró el cartel en el que ella podía leer «cerrado» y dejó la palabra mirando hacia el exterior. Cerró la puerta con llave y volvió a encarar el local. Antes de dar más de cinco pasos alguien llamó a la puerta, golpeando el cristal con los nudillos. Sally se giró, pensando que tendría un cliente nuevo, pero en vez de eso vio a una niña mirándola desde la fría noche.
    —¿Me deja entrar, señora? Me he perdido y me gustaría llamar a mi mamá.
    La niña no debía tener más de ocho años, pero su forma de hablar era extremadamente adulta. Decía cada palabra con seguridad, vocalizando más de lo que vocalizaría cualquier crío de su edad. Sally miró a la niña, sentía algo extraño al mirarla, sentía como su corazón se aceleraba, se estremecía y se retorcía dentro de su pecho. Llevó las manos a la llave de la cerradura, sin darse cuenta, y la sostuvo mirando con el ceño fruncido a la pequeña. Esta, en cambio, miraba la mano que sujetaba la llave, la miraba…
    Sally apartó la mano de repente, y se la llevó a la boca. Dio unos pasos atrás y sintió como se le saltaban las lágrimas. La niña tenía los ojos negros, sin iris ni pupila, solo un negro en el que se reflejaban todas las luces.
    —Por favor, señora, hace frío y mi mamá debe estar preocupada. Quisiera llamarla, ¿me deja entrar y usar el teléfono?
    Sally notó algo extraño en la voz, un tono apremiante e impaciente. Parecía que aquella niña se estaba esforzando por mantener la calma.
    —¿Quién eres? —dijo la camarera, asustada, confusa, a punto de vomitar por lo rápido que se movía el mundo a su alrededor.
    —Solo quiero llamar por teléfono. Por favor, señora, me he perdido, tengo frío. Déjeme entrar, abra la puerta e invíteme a entrar. Si no lo hace no podré entrar. No le haré daño.
    Fue precisamente aquello lo que heló la sangre de la mujer. Acababa de decirle que no le haría daño. Lo había dicho de tal forma que Sally entendió que era exactamente lo que quería hacerle. Le pareció una amenaza velada. La mujer se apartó más de la puerta, sintiéndose fuera de sí, casi no notaba el suelo que pisaba, casi no notaba las llaves que se le clavaban en la palma de la mano cerrada con fuerza.
    —¡Vamos señora, ábrame la puerta y déjeme entrar! —la niña puso las dos manos en el cristal, no lo golpeó, solo se apoyó en él—, ¡déjeme entrar para usar el teléfono!
    En aquel momento el local entero se iluminó con una luz fuerte, amarilla. Un coche pasó por delante de la entrada con los faros encendidos, pasó de largo ante la mirada aterrorizada de Sally y la de la niña que mostraba mucho interés. El coche giró en la esquina y su luz se vio por las ventanas de la derecha. El motor se detuvo y, acto seguido, sonó una voz masculina a espaldas de Sally, una voz distorsionada, robótica.
    —Buenas noches, ¿hay alguien?
    —Creo que está cerrado, Charlie —dijo una segunda voz, esta vez la de una mujer.
    —No creo, cariño, hay luz.
    Estaban hablando por el interfono, el coche se había detenido para hacer un pedido. La respiración de Sally se aceleró, se espabiló de repente y corrió hacia el micrófono para pedir ayuda. Entró en la cocina, pulsó el botón para desbloquear el micro y, antes de que pudiera hablar, escuchó una voz infantil. La voz de la niña.
    —Buenas noches, me he perdido y quisiera ir con mi mamá. ¿Serían tan amables de llevarme con ella?
    —¡Pobrecita! Charlie, tenemos que llevarla.
    —¿Eh? ¡Ah, sí, sí! Claro, la llevaremos con su madre.
    Los ojos de Sally se abrieron como platos, las palabras se le atascaron en la garganta.
    —¿Sabes dónde vives, pequeña?
    —Sí, si me dejan subir a su coche puedo decirles dónde vivo, me pueden llevar con mi mamá.
    Dos lágrimas cayeron por las mejillas de Sally, sus labios temblaban, luchando contra el bloqueo de sus cuerdas bocales. Visualizó a una pareja joven llevando en el asiento trasero de su coche a una niña de ojos negros, una niña con un aura peligrosa, y los distintos desenlaces que se le ocurrieron a Sally no fueron precisamente amables. Aquello hizo que la garganta de la mujer le diera una tregua.
    —¡No la inviten a entrar al coche, es peligrosa!
    Sally empezó a jadear, ya lo había dicho. Hubo un momento de silencio, Sally se desesperó, estuvo a punto de hablar, pero no sabía qué más decir.
    —¿Está de coña? —dijo la voz del chico—, ¡no podemos dejar a una niña en la calle con el frío que hace! ¿Sabe que dicen que va a nevar? ¡Debería darle vergüenza! Vamos, pequeña, sube al coche.
    Se escucharon varios ruidos reconocibles: el desbloqueo del seguro de una puerta, la apertura y cierre de la misma, un bufido, un suspiro, y un «que le follen, no volveremos a este sitio», luego el motor del coche se encendió y las ruedas se deslizaron por encima del asfalto. El coche se alejó y Sally se quedó sola de nuevo, temblando, llorando, y sin saber qué había ocurrido aquella noche. ¿Quién o qué era esa niña? Aunque lo que más angustió a la mujer era el pensamiento continuo de que algo malo le iba a pasar a aquella pareja.

© M. Floser.

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4 comentarios sobre “Mitología narrada 8: Nions

  1. Me ha encantado! En muchas culturas también se hablan de adultos con esos ojos negros… Normalmente se considera que los entes demoníacos suelen tener esos ojos negros completamente y suelen hacerse pasar por niños, imitándolos para ganarse la confianza de sus objetivos y ser capaces de oprimirles y poseerles más fácilmente. Quién sabe si se tratarán de entes o mitos distintos, o con la misma base!

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