Microficción #120

•LA NADA•

El croar de las ranas de un pantano cercano era el único sonido que se escuchaba por allí. Ni siquiera los pasos del niño, ni las ramas secas que se partían bajo sus pies. Era como si aquel lugar, perdido en medio de la nada, enmudeciera todo aquello que no le interesaba escuchar.
    Era verano, y el sol caía a plomo sobre la nuca desprotegida del crío. Tenía calor, su madre nunca le permitía usar pantalones cortos, y caminaba por aquel campo vestido con unos asfixiantes tejanos y una camiseta negra. Lo de la camiseta era culpa suya, solo le gustaba aquel color, aunque en días como aquel se arrepintiera de no llevar nada más claro. Siempre se preguntó por qué la ropa negra almacenaba el calor y lo administraba con tan mala baba.
    El crío silbaba, pero su silbido tampoco sonaba. Sabía que estaba emitiendo sonido, porque estaba silbando como llevaba haciéndolo desde que aprendió, la misma melodía, la canción de Harry Potter, una de sus favoritas.
    Era la primera vez que se adentraba en un sitio así, conocía aquel campo, conocía también las historias que se contaban sobre él, pero tenía ganas de pasear, de hacer algo durante el día.
    Cogió una piedra, pensando en todas las leyendas, y la lanzó con todas sus fuerzas —que nunca fueron demasiadas—, la piedra, de cantos redondeados, se estrelló contra algo que no existía, contra un muro invisible, y luego cayó al suelo. Lo único que se escuchó fue el golpe de la piedra contra la nada, luego volvió el silencio, incluso cuando el proyectil cayó al suelo.
    El crío se acercó al punto donde había ocurrido el choque, llevando las manos hacia delante para asegurarse de que no se chocaba contra nada. Las palmas de sus manos tocaron una superficie dura, fría y seca. Parecía cristal, pero todo lo que podía verse era el campo que seguía su camino extendiéndose hasta el horizonte.
    El chico se giró, miró hacia atrás, hacia los lados, buscando quizá a alguien que pudiera ayudarle a comprender qué estaba pasando allí. Volvió a fijarse en el muro y, al hacerlo, se cayó al suelo de culo, con cara de espanto y el corazón a punto de salírsele del pecho. Delante de él, mirándole con una expresión malévola y peligrosa, había una especie de reflejo suyo. Sus ojos eran negros como el carbón, sin blanco, ni iris, ni pupilas, era lo único que le diferenciaba de él mismo, eso y aquella forma perversa de mirarle. El reflejo no se había caído, seguía de pie, contemplándole con la cabeza ladeada.
    —¿Qué-qué eres tú? —dijo el crío desde el suelo, temblando, sorprendido de que su voz sí que produjera sonido.
    El reflejo no le respondió, solo se rió, y su risa recordaba al sonido de las hienas, estridente, desquiciante.
    —¿Po-por qué no-no-no…¿ ¿Por qué no me contestas? —preguntó el niño mientras se levantaba del suelo—. ¿Qué-qué eres?
    El reflejo caminó hacia delante, al hacerlo pareció cruzar una barrera transparente que se ondulaba repasando su silueta. Se quedó mirando al crío, a pocos centímetros de él, riéndose sin parar, una risita lenta, floja, terrible. Puso la mano en el hombro del crío, se relamió, y abrió la boca para enseñar una lengua larga y de un color que nadie podría describir.
    —Yo soy la nada —dijo con una voz que hizo que el crío se llevara las manos a los oídos—, y ahora, lo voy a ser todo.
    El reflejo llevó una mano a la barbilla del crío, la otra a la nuca y, con un gesto firme y rápido, le partió el cuello. El niño cayó a plomo al suelo, quedando oculto en la maleza, en un campo tan extenso que jamás le encontrarían. Tampoco le buscarían porque, a partir de aquel momento, el reflejo, la nada, ocuparía su lugar en el mundo.

© M. Floser.

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