NarrArte 10: Natura

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Se apartó del árbol dando unos pasos hacia atrás, asegurándose de pisar firmemente la hojarasca, inclinó la cabeza y contempló su obra. El corazón le había quedado mejor de lo que esperaba, no era fácil dibujar con una navaja en la corteza de un árbol, las letras le habían quedado incluso mejor. Sonrió satisfecho y guardó la navaja en el bolsillo derecho del pantalón con estampado militar.
    —Soy un puto artista —dijo con un suspiro lleno de orgullo.
    Unos brazos le rodearon desde atrás, dejando las manos colgando a la altura de sus clavículas y luego unos labios carnosos y apetecibles le besaron el cuello.
    —Mi pequeño Romeo, cómo me ponen estas venas romanticonas tuyas.
    La voz arrastraba las palabras, la chica, de ojos azules y pelo rojo, estaba excitada. Mordió el lóbulo de la oreja del chico, apartando la media melena castaña que la ocultaba, y él lanzó un gemido de placer. Se giró y la apretó contra él para que notara que había conseguido lo que se proponía, le había excitado.
Se besaron apasionadamente, ella le mordió el labio inferior y tiró de él, y consiguió que se excitara más. Ambos se dejaron caer al suelo, en medio de aquel claro, y empezaron a acariciarse por encima de la ropa. En el bosque solo se escuchaban los besos, las respiraciones aceleradas y el ulular del viento.
    Tras ellos quedaba el árbol con el corazón y las letras grabadas. Del surco que formaba el trazo surgió una gota roja que empezó a caer por la corteza. Cuando la sangre del árbol tocó el suelo, las hojas que cubrían el bosque como si fuera una alfombra natural, se alzaron creando un muro espeso de hojas secas que rodeó a la pareja que seguía besándose y tocándose, ignorando lo que ocurría a su alrededor, presos de la excitación adolescente.
    Cayó una segunda gota de sangre, seguida de otras dos, el tronco empezó a teñirse de rojo, y las hojas suspendidas en el aire, empezaron a moverse en círculos, formando un torbellino. La pareja fue golpeada por las hojas, algunas partes de sus cuerpos, libres de ropa, empezaron a llenarse de cortes. Las hojas cada vez se movían más deprisa y, de repente, se detuvieron en seco y cayeron de nuevo al suelo, como si nada hubiera pasado. El claro del bosque estaba despejado, el tronco del árbol había dejado de sangrar a pesar de la herida que se quedaría grabada de por vida, y la pareja que había osado herir a un hijo de la naturaleza, simplemente desapareció. Nadie volvió a verlos nunca más.

© M. Floser.

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