El cuentacuentos: Lorelan 2

{Nota fija} ¿Qué es «el Cuentacuentos»? Es una sección que he recuperado de mi antiguo blog. En ella escribiré una historia en cuatro partes, incluyendo palabras que me dejéis —ya sea en los comentarios del blog, o en mi cuenta de Twitter (Una palabra por persona). Cuando la historia llegue al final, las palabras que me dejéis servirán para el inicio de la siguiente historia. ¡Pero no os conforméis con dejarme palabras como «amor» y «paz»! No, no, no… ¡ponédmelo difícil! ¿Jugamos? {Nota fija}

•LORELAN•
SEGUNDA PARTE

runes1

Palabras a añadir:

atalaya.
melocotón.
peluche.

Repasa las anteriores partes.

Lorelan seguía cayendo, las lágrimas empezaban a empañarle los ojos, seguía sin entender porqué aquel fortachón que llevaba con ella desde que nació, aquel antiguo amigo de su padre, le había traicionado. Era mucho dinero, eso estaba claro, pero ella jamás habría vendido a un ser querido. ¿Quizá ese era el problema? Era posible que Kiren nunca la hubiera visto como a un ser querido. Lorelan siguió recordando los últimos momentos de su vida.

***

    La primera parada era obligatoria, tenían que pedir permiso al rey, presentarle su misión y sus respetos, y prometerle que le traerían riquezas. El castillo no impresionaba, era un caserío de piedra, sin torres, más grande que varias casas juntas, pero eso no significaba que fuera necesariamente grande. Lorelan, protegida de la lluvia con la capa, llamó a la puerta de madera fría y mojada. En el centro de esta se abrió una trampilla rectangular por la que se asomaron unos ojos pequeños y desconfiados que parpadeaban más de lo normal debido a las finas gotas que chocaban contra la apertura y le salpicaban las córneas.
    —¿Quién va? —dijo sin mucha autoridad, simplemente vomitando unas palabras que decía una y otra vez.
    —Lorelan de Crueen y Kiren de Greter, queremos ver al rey.
    —Yo en realidad quiero ver salir el sol y que deje de llover —dijo Kiren malhumorado, como de costumbre—, pero me conformaré con ver al viejo.
    Lorelan le miró por encima del hombro, los ojos de la rendija también le miraron, se cerraban un poco más y Kiren supuso que estaba o bien sonriendo, o bien apretando el culo para tirarse un pedo.
    —¿Cuál es el motivo de vuestra visita?
    —Necesitamos consentimiento real para emprender una misión. Aunque a este paso moriremos de una pulmonía, y no tendremos que molestar al rey. ¡Abre la puerta, patán, o le diré a Kiren que la derribe!
    Los ojos se abrieron desorbitados, Lorelan era famosa por su caracter, pero era aún más famosa porque jamás había lanzado una amenaza que no pensara cumplir si era necesario. La rendija se cerró con un sonido de metal chocando contra metal, luego se escucharon unos cerrojos y, por último, la puerta del caserío se abrió perezosamente, bostezando y gimiendo.
    Entraron y se dejaron abrazar por el calor del caserío, el recibidor era pequeño, a penas cabían los tres, los techos eran bajos y Kiren tenía que torcer el cuello para estar minimamente cómododo. El hombre de la rendija les miraba, sujetando una linterna que enfocaba a su cara desde abajo, resaltando unas sombras que agrandaban y deformaban sus facciones. El hombre miraba al suelo, intentando no alzar la vista para no encontrarse con la mirada furiosa de Lorelan. La chica sintió pena por él, estaba tan asustado que parecía dócil y sumiso. Era un peluche, temeroso y frágil.
    —¿Está despierto el rey? —apremió Lorelan.
    —Sí… sí, lo está.
    Kiren miró a su alrededor, con el ceño fruncido, su rostro quedaba tan arriba que la luz de la linterna no le alcanzaba y parecía que su cuerpo empezara en el cuello.
    —¿Por qué estáis a oscuras?
    —Se ha ido la luz en el palacio. Esperamos que vuelva en breve pero… la última vez estuvimos un día entero a oscuras.
    —No me gustan los apagones —razonó Kiren—, en la oscuridad se ocultan amenazas.
    Lorelan no se molestó en responderle, empezó a andar y traspasó una puerta de madera pesada y de color caoba. Daba igual que no hubiera luz, había visitado miles de veces el palacio, se lo sabía como la palma de su mano. Giró a la derecha, acompañada ya de Kiren, y del haz de luz tembloroso del portero. Cruzó un pasillo, dirigiéndose a una tenue luz anaranjada que salía de debajo de una puerta al fondo. Lorelan se detuvo, se quitó la capa, la dejó caer a su lado sabiendo que el portero la recogería antes de que dejara el suelo perdido, y llamó a la puerta con los nudillos.
    —¿Quién es? —dijo una voz masculina pero con un deje femenino desde el otro lado.
    —Lorelan, alteza, Lorelan de Crueen.
    Se escucharon unos pasos, zancadas más bien, y la puerta se abrió de par en par dejando escapar la luz de decenas de velas. En el umbral había un hombre de unos sesenta años, vestido con un albornoz carmesí con las siglas L. M. en el pecho. Era alto, delgado, y tenía unos ojos del color del cielo despajado. Su sonrisa, enmarcada por una barba poblada y gris, se ensanchó al encontrarse con los ojos de ella.
    —¡Lorelan! —dijo antes de abrazarla. Kiren se quedó mirando atónito, siempre ocurría lo mismo, y siempre le sorprendía que aquel monarca se mostrara tan abierto con Lorelan—. ¡¿Cómo te encuentras, querida?! —el rey se alejó un poco para mirarla de arriba a abajo, sosteniéndola por los dedos de la mano izquierda—. Oh, estás estupenda, querida. Siento que tengas que venir teniendo el castillo en penumbras, pero… ¡las tormentas! Las odio, las odio más que a nada en este mundo —el rey miró a Kiren, también de arriba a abajo, luego dio un golpecito en el hombro de Lorelan—. Chica, cómo me gusta que te traigas a esa montaña contigo. ¡¿Qué tal, guapo? —dijo el rey dirigiéndose esta vez a Kiren que se sintió cohibido—, no te preocupes, solo muerdo cuando me lo piden. ¡Pero pasad! Aquí se está más caliente. Yuggren, chato, haz el favor de traerles algo caliente a nuestros invitados, ¿quieres?
    —Sí, mi señor.
    Entraron a la habitación y en seguida advirtieron el olor a melocotón que invadía toda la estancia. El rey era conocido por su pasión por los perfumes, había rociado las cortinas, las sábanas, quizá incluso había echado perfume al pequeño pekinés que dormía en una camita hecha de cojines cerca de la puerta.
    —¿Qué os trae al palacio? —dijo el rey mientras cerraba la puerta. Luego se acercó a un sofá que había cerca de una ventana tapada con cortinas de terciopelo rojo, se sentó, cruzó las piernas, y el albornoz se deslizó y le descubrió el muslo completamente depilado.
    —Queríamos pedirle permiso para emprender una misión, alteza.
    —¡Una misión! Eso suena apasionante. Pero sentaos, sentaos. Podéis poneros cómodos, tú más, guapo, si quieres nos tumbamos juntos y dejamos que Lorelan se siente en este sillón. ¡Es broma, no me mires así! Vamos, sentaos. ¿Qué misión es esa, querida?
    —Huevos de dragón.
    Kiren miró a Lorelan, él tampoco sabía cuál era la misión, y aquello que acababa de decirle le parecía estúpido incluso a él. El rey se quedó con la boca abierta de par en par, con la mano derecha en el aire, colgando flácida.
    —¿Huevos de dragón? Querida, ¿es eso posible?
    —Lo es. Mis contactos me han dicho dónde se encuentra una de las cuevas con más afluencia de dragones de todo Gruferz. Entraremos, cogeremos un huevo de dragón cada uno, y volveremos.
    —¿Dónde está esa cueva, querida?
    —La cueva está en la Atalaya, alteza.
    Los ojos de Kiren y del monarca se abrieron de par en par. La Atalaya era la montaña más alta de todo el continente, su cima parecía querer apuñalar al cielo, y cuando estaba nublado, quedaba oculta, atravesando las nubes.
    —¿Estás loca, Lorelan? —dijo Kiren—, ¿pretendes que escalemos a esa mole, y que robemos dos huevos de dragón de un nido? ¿Y luego qué? ¿Cómo pretendes descender de nuevo? ¡Los huevos de dragón pesan como un demonio y son enormes! ¿Por qué quieres robar eso?
    —Por los cien mil liris que nos darán por los huevos. Nuestra última misión.
    —¡Ni por un millón! ¿Estás lo…?
    —¿Y qué me traeréis a mí? —dijo el rey con la boca seca, interrumpiendo a Kiren.
    —Uno de los huevos será para usted, alteza. Podrá venderlo, o criarlo. Eso es decisión suya.
    Kiren seguía mirando a Lorelan, sin entender lo que le estaba diciendo. Acababa de pedir permiso para embarcarse en la misión más suicida de todas en las que habían participado, y acababa de prometerle un huevo de dragón a aquel viejo. ¿Pensaba que se sacrificaría de aquella forma para que ese idiota tuviera una mascota nueva o más riquezas? Abrió la boca para protestar, pero su voz se apagó al escuchar la del rey, excitada y temblorosa:
    —Tenéis mi permiso, podéis llevar a cabo esta misión con la condición de que me traigáis un huevo de dragón. Partiréis al amanecer, buenas noches, querida.
    Ya no podía negarse, Kiren acababa de verse atrapado en una misión estúpida. No podía contradecir al rey, si lo hacía le ejecutarían en la plaza del pueblo, cortándole la cabeza, o ahorcándole. Suspiró, gruñó, se removió inquieto, y miró con odio a Lorelan. Daba igual, ya estaba metido en el ajo. Cuando el sol saliese al día siguiente, se dirigirían al final de sus días.

© M. Floser.

Podéis dejarme vuestras palabras para la tercera parte en los comentarios.

Anuncios

¡Coméntame!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s