La noticia 3: Abandonado

{Nota fija}→ «La noticia» entra dentro de la categoría «Ejercicios de escritura». El título de esta subcategoría no deja mucho lugar a la imaginación: se trata de un relato inspirado por una noticia real. Así de simple. ¿Empezamos? ←{nota fija}

Localizado un recién nacido entre la basura de un contenedor en Ourense.

•ABANDONADO•

El agua se colaba en la casa a través de una gotera, cada gota resonaba en el eco de la buhardilla sin amueblar. Se escuchaban los pasos de las ratas, olisqueando el suelo en busca de algo de comer. Y sobre todas esas cosas se escuchaban los sollozos de la mujer que estaba atada y amordazada a una silla de madera situada en un rincón de la estancia. Tenía la cabeza gacha, su cabello sucio caía sobre su ropa llena de sudor y otros fluidos, y le ocultaba el rostro. Estaba descalza y, de vez en cuando, tenía que patear a alguna rata que se acercaba a ella con ganas de hincarle los dientes.
    La trampilla en el suelo que daba al piso inferior se abrió y por ella ascendió una figura alta, musculosa, vestida solo con un peto vaquero. Sus brazos, fuertes y sin vello, estaban repletos de cortes, desde la muñeca hasta los hombros. Cortes horizontales, casi todos paralelos, pero algunos pocos se cruzaban entre sí. Su piel estaba sucia, sudorosa, grasienta. Su pelo largo, rubio, caía sin control por encima de sus hombros y envolvía unas facciones duras, salvajes. Sus ojos azules parecían centellear en las sombras, su nariz afilada se hinchaba al respirar y su labio superior se deformaba por un corte espantoso. Tenía una perilla rala, dura, y su mentón daba a la mandíbula un aspecto cuadrado. La nuez subía y bajaba cada vez que tragaba saliva, excitado por el momento que estaba viviendo desde hacía una semana.
    La mujer alzó la cara, su nariz angulosa estaba húmeda y roja por el llanto constante, sus ojos brillaban por las lágrimas y la máscara de pestañas, corrida, le ennegrecía las mejillas. Su boca temblaba alrededor de la mordaza compuesta por un pañuelo rojo. No tenía ninguna herida, ningún cardenal, parecía que físicamente estaba ilesa. El hombre acercó sus dos manazas a la mujer, que dio un respingo, y le apartó la mordaza.
    —¿Qué quieres de mí? —preguntó la mujer con voz quebrada en cuanto pudo—. ¡¿Por qué no me hablas?!
    Lo único que la mujer escuchaba durante el día eran aquellos roedores asquerosos, las gotas de agua y las risas enlatadas de alguna serie de televisión en el piso de abajo. El gigante se sentó en el suelo, delante de ella, con las piernas cruzadas, los codos apoyados en las rodillas y la cabeza apoyada en sus manos. Su aspecto infantil era perturbador, aquel individuo debía medir dos metros, pero ahí estaba mirándola como si fuera un niño ensimismado.
    —¡¿Qué narices quieres de mí?! ¿Por qué no me hablas? ¡¿Por qué no haces nada más que mirarme?!
    El hombre sonrió y, al hacerlo, mostró su dentadura incompleta. Le faltaban las cuatro piezas centrales superiores.
    —Ma…
    La voz del hombre era profunda, torpe, como si nunca hubiera aprendido a hablar. Pero estaba intentándolo, por primera vez estaba intentando hablar.
    —Ma… ma… ma… ma… mamá…
    Los ojos de la mujer se abrieron, su ceño se contrajo, y negó con la cabeza. Le acababa de llamar mamá, pero ella no era madre, no tenía hijos. Solo aquel bebé que abandonó cuando era tan solo una adolescente idiota e irresponsable. Un bebé que debería estar muerto, un bebé que… un bebé que había crecido, la había buscado, y ahora le miraba mientras ella se pudría en una buhardilla, atada a una silla. Aquel gigante era su hijo, no sabía cómo era posible, pero ahí estaba, y no parecía ser capaz de entender que lo que estaba haciendo estaba mal. La dejaría morir, subiendo cada día a contemplarla, hasta que su cuerpo se marchitara, o quizá incluso después de que eso ocurriera.

© M. Floser.

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