Mitología Narrada 7: el tártalo

[Nota fija]→ «Mitología Narrada» es la sección en la que os presento un personaje mitológico seguido de un relato inspirado en el mismo. ←[nota fija]

•TÁRTALO•

El tártalo es una criatura perteneciente a la mitología navarra. Se trata de un cíclope gigante que, según las leyendas, residía en las localizades de Zizur Mayor y Astráin, habitando el monte Erreniega —o la sierra del Perdón—.

Pocas cosas se saben acerca del tártalo. Su tamaño era insultantemente grande, quizá tanto como su ferocidad. Se alimentaba de ovejas, humanos —en su mayoría niños, aunque de vez en cuando se llevaba algún que otro adulto a la boca—. Las leyendas dicen que uno de sus mayores entretenimientos era lanzar rocas enormes a través de las montañas y que, dicho hobby, fue el causante de la creación de varias construcciones existentes.

Se dice que esta criatura tenía un objeto misterioso, y es que era poseedor de un anillo mágico que usaba para controlar las mentes de su presa. Cuando el tártalo gritaba «Non Hago?» (¿Dónde estás?) el anillo respondía «Hemen nago, hemen nago», (Estoy aquí, estoy aquí) y su presa quedaba al descubierto y era cazada por la bestia. No queda claro, según esta leyenda, cómo adquiría la presa el anillo. Se puede especular y eso, precisamente, es lo que voy a hacer en el siguiente relato.

•LA LLAMADA•

Era un día normal, de esos en los que el aire espeso y húmedo mueve las copas de los árboles de tal forma que sus troncos parecen de goma. Las brizas de la hierba del campo se mecían como un oleaje verde, y las nubes circulaban por el cielo con fluidez, alejándose hacia el mar. Eso estaba bien, no llovería.
    Lander era joven, tenía dieciséis años y, como a todos los niños de dieciséis años, no le apetecía trabajar. Su padre le había obligado a ayudar en casa, vigilando a los animales, regando el huerto y arando la tierra. Aquel día tocaba pastorear y, dentro de lo malo, no era lo peor que podían mandarle hacer. Le gustaba ver a las ovejas pastando, era un buen momento para estar a solas consigo mismo. Pensaba en lo rápido que había pasado el verano, en cómo la tierra empezaba a impregnarse de ese olor a humedad tan característico del otoño. Pronto tendría que volver al colegio y, a pesar de lo mucho que se quejaba de sus obligaciones domésticas, aquello era mil veces mejor que asistir a clase de matemáticas con la profesora Garate, Taresa Garate, la Caracuervo. Tampoco le apetecía especialmente enfrentarse de nuevo a los abusones, a pesar de que aquel verano había crecido unos centímetros y sus facciones se habían endurecido un poco, y seguramente podría plantarles cara. Las niñas no le hacían mucho caso en el colegio, pero en los últimos meses había sido el blanco de las miradas de algunas chicas de su edad que, a diferencia de lo que ocurría en el curso anterior, parecían no despreciarle sino que mostraban un interés genuino. Fuera como fuere, Lander tenía aún unos días de relajación antes de volver a los madrugones, al estrés de las clases y a las exigencias de los adultos que parecían haber olvidado lo que significaba ser niño y tener demasiadas obligaciones.
    Lander lanzaba piedras a la hierba mientras veía como Pardo, el border collie de pelo marrón de la familia, corría y ladraba detrás de las ovejas, haciendo que cambiaran su rumbo y siguieran por la senda correcta. Era divertido ver lo afanado que estaba el perro, cómo demostraba un compromiso por el trabajo que Lander no conseguía sentir. En parte le envidiaba, pero solo en parte.
    —¡Vamos, Pardo! —gritó Lander tras un silbido.
    Pardo se había rezagado, mirando con las orejas tiesas hacia el horizonte. No se movía, estaba completamente rígido, con una pata delantera levantada, y la cola completamente recta, tomando una pose de caza.
    —¿Pardo? Vamos, chico, hay que volver a casa.
    Lander lanzó las piedras romas que tenía en la mano y echó a correr hacia el perro. Se agachó, le acarició el lomo, la cabeza y le pidió que le siguiera.
    —¿Qué miras, Pardo? —preguntó Lander siguiendo la vista del animal—. ¿Has visto un pájaro?
    Pardo seguía mirando fijamente hacia las montañas, gruñendo de vez en cuando, lanzando pequeños ladridos inquietos mientras miraba a su dueño y movía la cola. Parecía que el perro le estuviera diciendo que había visto algo que no le gustaba.
    —Vamos, chico, no podemos quedarnos a…
    Antes de que Lander pudiera terminar la frase vio algo. Tras la montaña apareció un ser gigantesco solo superado por el propio monte. El ser lanzó una roca del tamaño de una casa a la montaña vecina y se limitó a mirar cómo caía rodando por la ladera, desmembrándose en el descenso y convirtiéndose en un alud de escombros. El sonido parecía el de un trueno proveniente del interior de la tierra. El ser gruñó, rugió y luego lanzó un alarido salvaje que ensordeció a Lander.
    El chico cogió al perro con todas sus fuerzas, lo alzó, y corrió a esconderse detrás de un árbol grueso que había cerca de allí.
    El monstruo se giró hacia la posición donde había estado agachado Lander, había escuchado sus pasos y, aunque no podía verlo, sabía que estaba ahí. El crío se asomó con cuidado, sin soltar a Pardo, y contempló el rostro de la criatura. Solo tenía un ojo, saltón y que le ocupaba gran parte de la cara. No tenía nariz y su boca carecía de labios. Los dientes, largos y afilados, crecían en todas direcciones y, cuando cerraba la bocaza, parecía una gigantesca piraña. No pestañeaba, no tenía párpados.
    La respiración de Lander se aceleró, no sabía qué hacer. Las ovejas echaron a correr, algunas en la dirección que llevaba a casa, otras hacia un lugar desconocido para ellas y, algunas, hacia el ser gigantesco. Lander quiso hacer algo, no podían quedarse sin ganado, pero qué podía hacer, no sabía ni qué era aquella bestia, no sabía ni siquiera si estaba teniendo una pesadilla demasiado realista. El crío volvió a asomarse justo en el momento en el que el monstruo cogía una oveja con una sola mano como si fuera un cachorro, la alzaba en vilo y, tras mirarla con el ojo que era casi igual de grande que el animal, abrió las fauces y se la introdujo en la boca. Lander escuchó el crujido de huesos, y tuvo ganas de vomitar. No se esforzó por controlarse, echó todo el desayuno en la hierba verde del campo. Tuvo que soltar a Pardo que, para sorpresa del chico, no se movió de su lado. Estaba demasiado asustado, como él.
    Junto a Lander cayó un objeto, como si hubiera descendido del mismo cielo, o como una fruta madura que se independizara de las ramas del árbol que les estaba ocultando. El crío estiró la mano, asegurándose de que el monstruo no le veía, y cogió el objeto. Era un anillo, viejo y sin lustre, pero un anillo. Tenía una forma curiosa, a pesar de que el interior estaba perfectamente liso, el exterior mostraba un aspecto horrendo, como si no se hubieran preocupado de darle forma, como una corona hecha de madera. Lander, sin saber muy bien por qué lo estaba haciendo, sostuvo el anillo con el dedo índice y el pulgar de la mano izquierda y se lo acomodó al dedo anular de la mano derecha. Era enorme, seguramente le habría quedado holgado incluso en el pulgar. Lander se lo fue a quitar pero el anillo, por arte de magia, se ciñó al dedo del niño, quedando incluso apretado. El crío se volvió a apoyar en el tronco del árbol y empezó a tirar del anillo, arañándose la mano izquierda con la forma tosca de la superficie deforme, y notando como el dedo anular parecía estar a punto de desencajarse por la fuerza con la que estaba tirando. La respiración se le agitó, Pardo empezó a gemir, helando la sangre del niño que pensaba que el monstruo les había encontrado. Miró hacia las montañas y el cíclope había desaparecido. El ceño del niño se frunció, confundido. No era un simple ratón, era un monstruo gigante, cómo era posible que no estuviera allí.
    —Non hago?!
    Gritó una voz pastosa, nasal y chillona, escuchñandose por todo el campo. Lander se sobresaltó, la voz resonaba de tal forma que la notaba en su pecho y modificaba el ritmo de su corazón.
    —Non hago?!
    Volvió a decir la voz. Lander supo que pertenecía a aquel ser. Entendía también qué estaba diciendo, conocía el idioma a pesar de que no lo hablaba habitualmente. Estaba preguntando dónde estaba. No pensaba decírselo.
    —Non hago?!
    Lander sintió miedo, la voz se movía, lo que significaba que el gigante estaba moviéndose también.
    —Non hagooo?!
    —Hemen nago! —gritó Lander que se llevó las manos a la boca. No lo había hecho voluntariamente, ni siquiera sonó su voz. De su boca salió la misma voz que la que estaba llamándole. También entendió aquellas palabras, estaba delatando su posición.
    —Non hago?
    Esta vez la voz no sonó furiosa, sonó curiosa y cercana, cada vez más cercana.
    —Hemen nago!
    Lander habló a través de sus manos que le apretaban la boca, pero aún así sonó demasiado fuerte. Empezó a llorar, sin entender qué estaba pasando.
    —Non hago!
    Ya no sonó como una pregunta, sonó como una afirmación salvaje y llena de satisfacción. Tan cerca que Lander notó el hedor pútrido que salía de la boca del monstruo. Pardo empezó a ladrar, a gruñir, a intentar defender al crío. Este, por el contrario, se levantó, cogió al perro y echó a correr. Inútil. Ni con cien zancadas habría podido situarse lo suficientemente lejos como para que la extensión del brazo del monstruo no le pudiera alcanzar. El cíclope cogió al niño y a su perro, los acercó a él a una velocidad tan exagerada que Lander sintió como si estuviera cayendo por la bajada de una montaña rusa y, sin darle tiempo siquiera a lanzar un grito de auxilio, Lander y Pardo cayeron al foso negro que era la boca del monstruo. Sus gritos se apagaron tan rápido como lo hicieron sus vidas. El monstruo eructó, lanzó un grito de victoria y volvió a ocultarse en la montaña, desapareciendo como un espectro absorbido por el monte, esperando a que otro humano pisara sus tierras, esperando al próximo festín.

© M. Floser.

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