Letras invitadas 3: Surgir de entre las piedras — Carla Campos

Nombre Carla
Cenefas

Idriss pestañeó,como si así fuera a eliminar las diminutas centellas que nublaban su visión. No sabía en qué momento había tropezado y empezado a rodar, pero el aire pareció aligerarse justo cuando sus huesos dieron contra un suelo plano y duro.
    Buscó a tientas en la bolsa que colgaba de su cinturón y sacó el dado, uno de los artilugios de la Orden que iluminaba allí donde había oscuridad. Estaba en una sala circular de techo abovedado y muy alto, tanto como el del Gran Templo de Almonsar, y sin ninguna columna que lo aguantara. El suelo estaba cubierto de arena y, ahí donde el tiempo y el abandono habían levantado las baldosas, se veía tierra. A unos cuantos pasos de Idriss, en medio de la sala, había un altar hexagonal con una pila y un caño en el centro del que no manaba agua. Idriss soltó una maldición entre dientes.
    Corrió hacia el altar, apagó el dado y se agachó tras él para que su contrincante no la viera al entrar en la sala. Cogió un puñado de arena con la mano izquierda y tocó la tierra con la derecha, que estaba fría al tacto.
    Su perseguidora llevaba otro dado de luz en la mano, y lo elevó para escudriñar la habitación en cuanto entró. Idriss aprovechó para estudiarla y analizar sus posibilidades en un enfrentamiento abierto. Sus ropas, un mono sin mangas marrón con una banda roja que le cubría el pecho, indicaban que era Karajattar, un rango medio del ejército, y los tatuajes en el cuello decían que había participado en tres guerras. Es demasiado para mí, se dijo. Tengo que huir.
    Sintió el cosquilleo de la energía fluir hasta su mano, y una vez ahí, internarse en el suelo. A los pies de su contrincante, cuatro paredes de piedra reventaron baldosas y levantaron arena hasta erguirse a su alrededor, como una jaula. Idriss salió de su escondite y corrió hacia la puerta por la que había entrado, la única de toda la sala, pero las paredes de la prisión mágica explotaron. Algunos cascotes chocaron contra ella y la hicieron caer al suelo.
    —Buen intento, aguada —dijo la Karajattar mientras pasaba sobre lo que quedaba de los muros de piedra—. Aunque un poco pobre.
    La mujer levantó la mano hacia el techo e Idriss vio cómo salían de él seis estalactitas que iban creciendo en tamaño. Frunció el ceño. Que respondieran a su energía aún sin tocarlas desconcertó a Idriss.
    Se oyó un crack sobre su cabeza y uno de los proyectiles de piedra cayó sobre ella. Idriss rodó sobre su cuerpo para evitar el impacto y quedó peligrosamente cerca de la Karajattar. Uno de sus pies, desnudos, se elevó con energía. Sin embargo, antes de que llegara a impactar contra el suelo, Idriss lanzó la arena que guardaba en su mano hacia ella. Los finos granos se convirtieron en pedruscos del tamaño de un melón. La guerrera acabó de descargar el pisotón. El proyectil que estaba destinado a ensartar a Idriss acabó destruyendo los misiles que esta le había enviado.
    —Aguada, me estás cabreando —dijo la Karajattar, y un remolino de piedras del tamaño de canicas envolvieron a Idriss.
    Algunas la golpeaban, otras no le dejaban ver. La mayoría no permitía que se moviera. Quedaba claro que sus magias de tierra eran totalmente asimétricas y que Idriss no tenía ninguna oportunidad. Si al menos pudiera usar agua, pensó. Aunque eso es lo que la había llevado a esa situación. La magia de agua. Era extraño que una sola persona tuviera dos dones pero, en el Jer, el uso del agua era una abominación. En el reino creían que los elementalistas del agua actuaban en la sociedad como los ríos subterráneos: horadando y arrancando la tierra de paredes y cimientos hasta destruirlo todo.
    Idriss pensó en el caño del altar. En tiempos pasados eso tuvo que ser una fuente así que, quizá, el agua manaba bajo sus pies. Con esfuerzo y las piedras golpeándole el cuerpo mientras la Karajattar se acercaba, utilizó su energía elemental para detectar el agua a su alrededor. Solo la encontró en su cuerpo y en el de su contrincante. Idriss miró a la guerrera, que se acercaba a ella con el brazo extendido. Quizá…
    Antes de que la Karajattar la cogiera, Idriss alargó el brazo magullado por las piedras y le atrapó el antebrazo. Se concentró y ordenó a su energía, cada vez más debilitada, cada vez más escasa, que saliera de su cuerpo hasta el de su contrincante para buscar agua. Y que la expulsara.
    De la piel de la guerrera empezó a surgir líquido rosado, una mezcla de agua y sangre, mientras los músculos se secaban y enroscaban sobre los huesos secos. La mujer gritaba angustiada y forcejeaba, pero la captura de Idriss no aflojó. La energía había creado un lazo tan fuerte que no permitía que se separaran. La Karajattar cayó, aún presa de Idriss, y también lo hizo el remolino de piedra.
    Idriss abrió la mano y observó el cuerpo de la mujer. La piel apergaminada del brazo subía hasta el cuello. Su oreja derecha era un secajo, como el cordón umbilical caído de un recién nacido. Idriss se arrodilló a su lado para comprobar si tenía pulso, pero se lo pensó de nuevo y volvió a ponerse en pie. Había conseguido pararla y, en realidad, daba igual si estaba muerta. Aunque, de ser así, era la primera vez que asesinaba a un ser vivo.
    Por desgracia, Idriss intuía que no sería la última vez que sintiera esa mezcla de alivio por salvar su vida y de menosprecio propio por la facilidad con la que había acabado con otra persona casi sin remordimientos. Miró el cuerpo inmóvil de la Karajattar, se retiró un mechón de pelo castaño de la cara y le dio la espalda. Ese no era un buen momento para dejarse llevar por sus emociones. Dejó a la mujer a su espalda y subió por el pasaje que, esperaba, la llevaría a su nueva vida. Quizá lejos del Jer. Quizá dentro, fluyendo entre sus cimientos para derruir el reino en el que ella no tenía cabida.

SOBRE «LETRAS INVITADAS»

Para saber cómo participar en «Letras invitadas» pulsad sobre la siguiente imagen, y podréis ver las bases explicadas al detalle.

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