Ocaso — capítulo 2: Encuentro casual

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• Capítulo 1: la llegada.
• Capítulo 2: encuentro casual.

1-la llegada

Cenefas

No dejaba de llover en aquel maldito pueblo. El frío se metía en los huesos de un hombre que se ajustó el abrigo levantando las solapas, creando un cuello alto que ayudaba a que su rostro quedara completamente oculto bajo la sombra que producía el sombrero de ala ancha que lucía. El cabello, blanco y salvaje, salía de la penumbra. El agua de la lluvia se acumulaba en el sombrero y caía en pequeñas cascadas. Ciertamente le habían avisado de que aquel era un pueblo lluvioso, pero no importaba, el viaje desde su Holanda natal había sido largo. Odiaba volar, siempre lo había odiado, pero el chivatazo que había recibido merecía ser comprobado. No todos los días él, Abraham Van Helsing, tenía la oportunidad de adentrarse en un pueblo repleto de vampiros y hombres lobo. Allí estaba, bajo la cortina de agua, contemplando el pueblo de Forks sin poder evitar una mezcla de miedo y emoción.
    Van Helsing empezó a andar por una carretera desierta, cargando con un gran macuto de tipo militar alargado y negro. Sus botas de caña alta hacían que el agua del asfalto salpicara en cada paso. Le gustaba el sonido del agua, le gustaba el olor a lluvia. Nunca había usado un paraguas. ¿Para qué? Solo era agua.
    Abraham vio un motel llamado Forks Motel, entró y, lo primero que vio, fue a un hombre de unos sesenta años sentado tras un pequeño mostrador. El hombre miró al forastero de arriba a abajo. Cuando llegó al espacio negro donde debería estar su cara, el anciano entrecerró los ojos para intentar vislumbrar algo en la penumbra. Van Helsing se quitó el sombrero y el motelero contuvo un grito de disgusto. Aquel hombre debía tener más años que él mismo a pesar del aspecto juvenil que presentaba, erguido y alto. La piel estaba cubierta por una barba rala, blanquecina. No obstante no era la edad del forastero lo que le escandalizó, ni tampoco aquella barba que le otorgaba un aspecto descuidado, lo que escandalizó al anciano fueron las numerosas cicatrices que salpicaban el rostro de Van Helsing. El ojo derecho, cerrado por completo y surcado por una cicatriz diagonal, llamaba especialmente la atención. Van Helsing nunca olvidaría el día que perdió aquel ojo. Jamás podría olvidar aquella lucha que por fin puso punto y final a la no-vida del demoníaco Conde Drácula.
    —Buenos días, buen señor.
    La voz sonó grave y afónica. Su acento era extraño y sus modales demasiado anticuados.
    —Bu-buenos días…
    —Necesito hospedaje, si no es demasiada molestia.
    —Son setenta dólares la noche. Acepto tarjeta. No acepto cheques.
    —Por supuesto.
    Van Helsing sacó el dinero de una cartera de cuero, parecía casera. Las puntadas eran inseguras y bastas, como si la hubiera cosido a mano alguien que no tuviera demasiada idea de costura. Dejó quinientos dólares encima del mostrador. El motelero abrió los ojos exageradamente, no estaba acostumbrado a que nadie le diera tanto dinero de golpe.
    —Quizá esté una semana en este pueblo, quizá esté menos. Sea como sea, quédese con el cambio.
    —¿Aunque se quede un día?
    —Aunque me quede una hora. Me gustaría pedirle un favor, si eso no le incomoda.
    —¿Cuál?
    —Durante el tiempo que pase aquí, no quiero que nadie entre en mi alcoba.
    —¿Por qué? —preguntó el pueblerino, desafiante.
    —Porque soy muy celoso de mi intimidad, porque es un favor muy sencillo y porque le acabo de dar quinientos dólares por adelantado.
    No fue la lógica de las palabras lo que convenció al hombre, fue el tono en la voz del forastero. Era un tono que, a pesar de la serenidad que transmitía, ocultaba amenazas. Amenazas que de bien seguro podían cumplirse.
    Los ojos acobardados del americano dejaron claro a Van Helsing que le haría ese favor. El hombre le tendió una llave y le dijo cuál era su habitación. La número seis. El recién llegado salió a la calle y caminó por debajo de la cornisa, resguardado de la lluvia. Giró una esquina y siguió caminando hasta que se encontró delante de la puerta de su cuarto y metió la llave. Una llave que, sin ser pequeña, parecía diminuta en la enorme y fuerte mano de Van Helsing, musculada y con las venas marcadas en el reverso.
    —No está mal —dijo el holandés al ver su cuarto.
    Las paredes, de color blanco, conjuntaban con unas cortinas color canela. Justo delante de la ventana, a la izquierda del hombre que seguía en el umbral de la puerta, había una mesa circular negra con dos butacas marrones. Lo único que desentonaba en aquella habitación era el edredón, más propio de los años noventa. A Van Helsing eso le daba igual, no dormiría mucho.
    Entró en la habitación y cerró la puerta, luego dejó caer el macuto encima de la cama, se dirigió a la ventana y echó la cortina haciendo que la luz anaranjada y tenue de una lámpara atornillada a la pared, sobre la mesilla de noche, iluminara la habitación. No quería que nadie viera lo que sucedía en aquel cuarto.
    Se quitó el abrigo, largo y pesado por el agua que acumulaba. La moqueta estaba quedando empapada bajo sus botas. No le importaba, tenía cosas más importantes en las que pensar. Lanzó el abrigo sobre la cama. Luego, sin darle mucha importancia a lo que hacía, se acercó al macuto, desabrochó la cremallera y, del interior, empezó a sacar artilugios que escandalizarían a cualquier persona. Cuando hubo terminado de vaciar la mochila sobre el colchón, se apartó un poco y contempló la escena: dos puñales, afilados y con hojas de plata, una ballesta de mano con empuñadura y gatillo de pistola, varias estacas de madera, una caja de madera barnizada, de unos cuarenta centímetros de anchura, veinticinco de largada y una profundidad de unos veinte centímetros, un par de pistolas con varias cajas de munición y, por último, un paquete alargado y negro atado con cuerda del mismo color.
    —Espero que sea suficiente.
    Se agachó, encorvando su cuerpo hacia delante, y sacó un puñal del interior de su bota. Lo añadió al arsenal y luego bajó la cremallera del calzado. Se quedó con los pies desnudos, húmedos y fríos. Anduvo descalzo por la moqueta, de tacto agradable, y se fue directo a la ducha. La necesitaba. La noche iba a ser larga, la caza iba a ser larga. Su vida, en cambio, quizá se terminara en aquel pueblo americano.
    La luz del baño se encendió con el tartamudeo del fluorescente, Van Helsing se miró al espejo, se pasó la mano por la barba y suspiró. Se quitó la ropa y se metió en la ducha, tenía un cuerpo musculoso a pesar de la edad, lleno de recuerdos de sus batallas. Sentía dolores en cada uno de sus huesos, el frío se le había metido dentro. Ya no era un muchacho y, a pesar de su fortaleza, la edad le pasaba factura. Su resistencia no era la misma, tampoco la forma en que sus heridas, sus músculos y sus huesos sanaban. Poco importaba, el agua caliente le relajaba, el olor del jabón le ralentizaba la respiración. No pondría la fragilidad de la vejez como excusa para no enfrentarse a la plaga que se extendía en aquel pueblo.

2-Encuentro casual

El cielo pareció querer aliarse con Van Helsing. La lluvia se había detenido y las estrellas se dejaron ver en un cielo completamente despejado. Desde la puerta de su habitación, el hombre contempló aquella bóveda oscura salpicada de plata, asombrado de ver tantos astros reunidos sobre su cabeza. La contaminación lumínica de aquel pueblo era mínima y eso permitía que el techo estrellado, espeso y majestuoso, se mostrara con toda su magnificencia.
    También la luna parecía dispuesta a bañar al hombre con su brillo pálido. No era luna llena, se decepcionó al saber que aquella noche no podría acabar con los licántropos de Forks. Se conformaría con algunos chupasangre.
    Volvía a llevar su abrigo y el macuto empapado se lo había acomodado a la espalda, dejando que las cintas le cruzaran el pecho. Sacó un cuaderno del bolsillo interior de su abrigo, tenía las tapas de cuero marrón y se cerraba con una goma elástica. Apartó la goma y se colocó en la página separada con una tira de color rojo. Posó sus ojos en la página, en aquella lista de nombres propios: Edward Cullen, Carlilse Cullen, Esme Cullen… habían varios miembros del clan Cullen. También tenía una lista de hombres lobo, entre ellos el nombre de Jacob Black estaba subrayado, debajo de él había una nota: «adolescente, impulsivo, peligroso».
    Van Helsing siguió repasando la lista, parecía interminable. ¿Cuántos monstruos habían en aquel maldito pueblo? Cada vez tenía menos esperanzas de salir de allí con vida. Los ojos del anciano holandés se detuvieron en un nombre escrito con tinta roja: Isabella (Bella) Swan. Junto al nombre había un apunte que perturbó al cazador: «humana, prometida con el vampiro Edward Cullen». Van Helsing volvió a la primera página de la lista para comprobar que el tal Edward estaba anotado como uno de los más peligrosos vampiros del clan.
    —¿Qué le pasa a esa chica? —dijo Van Helsing en voz alta después de escupir al suelo con desprecio.
    Guardó el cuaderno y empezó a andar por la carretera iluminada con farolas de luz amarillenta. El aire de Forks era frío y seco, pero traía perfumes agradables de los bosques. Los pinos se alzaban majestuosos con la firme intención de acariciar el cielo.
    Anduvo largo rato, pensando en cómo iba a hacer para llevar a cabo su misión. Nunca se había enfrentado a un reto como aquel. Estaba ensimismado, inmerso en sus pensamientos y no se percató de las luces del coche que se acercaba por detrás suyo.
    —¿Se ha perdido? —dijo una voz masculina, acostumbrada a sonar paternal.
    Van Helsing miró a su izquierda y vio los ojos del hombre que le hablaba desde el coche. Estaba inclinado hacia la derecha, con el brazo posado en el asiento del copiloto, mirando al extranjero. Tenía un bigote negro y el pelo completamente despeinado. Helsing observó el coche patrulla, las luces de la sirena desactivada.
    —¿Hola?
    —Disculpe, agente…
    —Swan. Soy el jefe de policía Swan.
    Van Helsing se sorprendió al escuchar el apellido de aquel hombre. Le miró a los ojos, intentando indagar en sus más profundos pensamientos. «Jefe de policía Swan», no podía ser una simple coincidencia.
    —¿Se ha perdido? —repitió el hombre.
    —No exactamente —dijo intentando disimular su sorpresa—. Estoy buscando a unas… personas.
    Le costó no decir «criaturas», no estaba acostumbrado a sentirse desubicado, pero aquel lugar era extraño y no sabía qué pensar.
    —Si me dice de quién se trata quizá pueda ayudarle.
    «Seguro» pensó el holandés.
    —Estoy buscando a la familia Cullen.
    El jefe de policía detuvo el coche. Van Helsing se detuvo también y se acercó a la ventanilla del copiloto.
    —¿Es amigo de los Cullen?
    —No sé si «amigo» es la palabra correcta… soy un paciente del Dr. Cullen —mintió el hombre recordando los informes que su contacto le había facilitado—. Estoy buscándolo para hablar con él sobre un tema personal.
    —Entiendo —dijo Swan—. Suba, puedo acercarle. Si va andando no llegará hasta que salga el sol.
    Van Helsing se irguió, miró hacia delante, al camino que le quedaba por recorrer, luego hacia atrás, al camino que ya había recorrido. Suspiró ante la idea de meterse en un coche de policía, cargado con un macuto repleto de armas.
    —No voy a secuestrarle, puede estar tranquilo.
    Van Helsing sonrió ante el comentario y abrió la puerta trasera del coche. Dejó el macuto con mucho cuidado para que las armas no hicieran ningún ruido sospechoso, luego se sentó en el asiento de copiloto. Se sintió pequeño en aquel coche, a pesar de que el coche era amplio.
    —Me llamo Charlie —dijo el policía ofreciéndole su mano.
    Van Helsing se quedó mirando al hombre sonriente.
    —Van der Woude —mintió el cazador mientras estrechaba la mano de su interlocutor—. Jan Van der Woude.
    —¿Alemán?
    —Holandés.
    —Casi lo acierto.
    Charlie Swan rió, también lo hizo Helsing. Enfilaron la larga carretera con una velocidad que el pasajero agradecía. No quería esperar al día para enfrentarse a esos vampiros. No lo haría mientras dormían, quería enfrentarse al menos a uno de ellos en plena noche. Luego decidiría qué hacer con los cadáveres, si los quemaba en una hoguera, o si los arrastraba a la luz del sol para que ardieran.

© 2017 M. Floser.

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