(¡Nueva sección!) Ocaso

¡Hola de nuevo! Tengo una sorpresa para todos vosotros/as. Os quiero presentar un proyecto que tengo desde hace un tiempo. Se trata de una serie de fanfics —porque sí, los fanfics también son literatura— en la que he estado trabajando. Tengo varias ideas y, de hecho, hace unos meses publiqué el primero de ellos titulado Dragon Ball, el regreso de Shenlong. Ese fanfic está terminado, pero los siguientes serán publicados por entregas. En cada entrega os facilitaré un poco la vida creando un índice con el que podréis navegar de forma cómoda por el relato.

Pero antes de nada, ¿qué es un fanfic? Un fanfic no es otra cosa que una ficción escrita por un fan. Imaginad que a una persona le gusta mucho Harry Potter —no es difícil de imaginar, ¿verdad?—, ahora imaginad que a esa persona le espantó el final que J. K. Rowling escogió y decide escribir un final alternativo sin ánimo de lucro. Ese relato será un fanfic.

No me enrollo más que ya sabéis que es una especialidad que tengo. Voy al lío y lo hago con Ocaso un fanfic sobre la saga Crepúsculo. ¡Pero esperad! No huyáis, cobardes. Parece que no me conozcáis… ¡dadle una oportunidad, no va a ser lo que parece! Qué carácter tenéis. Vamos a por ello.

Portada

Nota: pulsa sobre el nombre de los capítulos para navegar por el relato.

• Capítulo 1: la llegada.

1-la llegada

Cenefas

No dejaba de llover en aquel maldito pueblo. El frío se metía en los huesos de un hombre que se ajustó el abrigo levantando las solapas, creando un cuello alto que ayudaba a que su rostro quedara completamente oculto bajo la sombra que producía el sombrero de ala ancha que lucía. El cabello, blanco y salvaje, salía de la penumbra. El agua de la lluvia se acumulaba en el sombrero y caía en pequeñas cascadas. Ciertamente le habían avisado de que aquel era un pueblo lluvioso, pero no importaba, el viaje desde su Holanda natal había sido largo. Odiaba volar, siempre lo había odiado, pero el chivatazo que había recibido merecía ser comprobado. No todos los días él, Abraham Van Helsing, tenía la oportunidad de adentrarse en un pueblo repleto de vampiros y hombres lobo. Allí estaba, bajo la cortina de agua, contemplando el pueblo de Forks sin poder evitar una mezcla de miedo y emoción.
    Van Helsing empezó a andar por una carretera desierta, cargando con un gran macuto de tipo militar alargado y negro. Sus botas de caña alta hacían que el agua del asfalto salpicara en cada paso. Le gustaba el sonido del agua, le gustaba el olor a lluvia. Nunca había usado un paraguas. ¿Para qué? Solo era agua.
    Abraham vio un motel llamado Forks Motel, entró y, lo primero que vio, fue a un hombre de unos sesenta años sentado tras un pequeño mostrador. El hombre miró al forastero de arriba a abajo. Cuando llegó al espacio negro donde debería estar su cara, el anciano entrecerró los ojos para intentar vislumbrar algo en la penumbra. Van Helsing se quitó el sombrero y el motelero contuvo un grito de disgusto. Aquel hombre debía tener más años que él mismo a pesar del aspecto juvenil que presentaba, erguido y alto. La piel estaba cubierta por una barba rala, blanquecina. No obstante no era la edad del forastero lo que le escandalizó, ni tampoco aquella barba que le otorgaba un aspecto descuidado, lo que escandalizó al anciano fueron las numerosas cicatrices que salpicaban el rostro de Van Helsing. El ojo derecho, cerrado por completo y surcado por una cicatriz diagonal, llamaba especialmente la atención. Van Helsing nunca olvidaría el día que perdió aquel ojo. Jamás podría olvidar aquella lucha que por fin puso punto y final a la no-vida del demoníaco Conde Drácula.
    —Buenos días, buen señor.
    La voz sonó grave y afónica. Su acento era extraño y sus modales demasiado anticuados.
    —Bu-buenos días…
    —Necesito hospedaje, si no es demasiada molestia.
    —Son setenta dólares la noche. Acepto tarjeta. No acepto cheques.
    —Por supuesto.
    Van Helsing sacó el dinero de una cartera de cuero, parecía casera. Las puntadas eran inseguras y bastas, como si la hubiera cosido a mano alguien que no tuviera demasiada idea de costura. Dejó quinientos dólares encima del mostrador. El motelero abrió los ojos exageradamente, no estaba acostumbrado a que nadie le diera tanto dinero de golpe.
    —Quizá esté una semana en este pueblo, quizá esté menos. Sea como sea, quédese con el cambio.
    —¿Aunque se quede un día?
    —Aunque me quede una hora. Me gustaría pedirle un favor, si eso no le incomoda.
    —¿Cuál?
    —Durante el tiempo que pase aquí, no quiero que nadie entre en mi alcoba.
    —¿Por qué? —preguntó el pueblerino, desafiante.
    —Porque soy muy celoso de mi intimidad, porque es un favor muy sencillo y porque le acabo de dar quinientos dólares por adelantado.
    No fue la lógica de las palabras lo que convenció al hombre, fue el tono en la voz del forastero. Era un tono que, a pesar de la serenidad que transmitía, ocultaba amenazas. Amenazas que de bien seguro podían cumplirse.
    Los ojos acobardados del americano dejaron claro a Van Helsing que le haría ese favor. El hombre le tendió una llave y le dijo cuál era su habitación. La número seis. El recién llegado salió a la calle y caminó por debajo de la cornisa, resguardado de la lluvia. Giró una esquina y siguió caminando hasta que se encontró delante de la puerta de su cuarto y metió la llave. Una llave que, sin ser pequeña, parecía diminuta en la enorme y fuerte mano de Van Helsing, musculada y con las venas marcadas en el reverso.
    —No está mal —dijo el holandés al ver su cuarto.
    Las paredes, de color blanco, conjuntaban con unas cortinas color canela. Justo delante de la ventana, a la izquierda del hombre que seguía en el umbral de la puerta, había una mesa circular negra con dos butacas marrones. Lo único que desentonaba en aquella habitación era el edredón, más propio de los años noventa. A Van Helsing eso le daba igual, no dormiría mucho.
    Entró en la habitación y cerró la puerta, luego dejó caer el macuto encima de la cama, se dirigió a la ventana y echó la cortina haciendo que la luz anaranjada y tenue de una lámpara atornillada a la pared, sobre la mesilla de noche, iluminara la habitación. No quería que nadie viera lo que sucedía en aquel cuarto.
    Se quitó el abrigo, largo y pesado por el agua que acumulaba. La moqueta estaba quedando empapada bajo sus botas. No le importaba, tenía cosas más importantes en las que pensar. Lanzó el abrigo sobre la cama. Luego, sin darle mucha importancia a lo que hacía, se acercó al macuto, desabrochó la cremallera y, del interior, empezó a sacar artilugios que escandalizarían a cualquier persona. Cuando hubo terminado de vaciar la mochila sobre el colchón, se apartó un poco y contempló la escena: dos puñales, afilados y con hojas de plata, una ballesta de mano con empuñadura y gatillo de pistola, varias estacas de madera, una caja de madera barnizada, de unos cuarenta centímetros de anchura, veinticinco de largada y una profundidad de unos veinte centímetros, un par de pistolas con varias cajas de munición y, por último, un paquete alargado y negro atado con cuerda del mismo color.
    —Espero que sea suficiente.
    Se agachó, encorvando su cuerpo hacia delante, y sacó un puñal del interior de su bota. Lo añadió al arsenal y luego bajó la cremallera del calzado. Se quedó con los pies desnudos, húmedos y fríos. Anduvo descalzo por la moqueta, de tacto agradable, y se fue directo a la ducha. La necesitaba. La noche iba a ser larga, la caza iba a ser larga. Su vida, en cambio, quizá se terminara en aquel pueblo americano.
    La luz del baño se encendió con el tartamudeo del fluorescente, Van Helsing se miró al espejo, se pasó la mano por la barba y suspiró. Se quitó la ropa y se metió en la ducha, tenía un cuerpo musculoso a pesar de la edad, lleno de recuerdos de sus batallas. Sentía dolores en cada uno de sus huesos, el frío se le había metido dentro. Ya no era un muchacho y, a pesar de su fortaleza, la edad le pasaba factura. Su resistencia no era la misma, tampoco la forma en que sus heridas, sus músculos y sus huesos sanaban. Poco importaba, el agua caliente le relajaba, el olor del jabón le ralentizaba la respiración. No pondría la fragilidad de la vejez como excusa para no enfrentarse a la plaga que se extendía en aquel pueblo.

© 2017 M. Floser.

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