Microficción #74

(Imagen libre de licencia de: Egorshitikov)

El barco

Cenefas

Al suroeste de Australia, en medio del Océano Índico, se descubrió una pequeña isla que no aparece en los mapas. Ninguno de los valientes que la han pisado, han sobrevivido el tiempo necesario como para indicar su localización exacta. Mi abuelo fue uno de los últimos hombres en explorarla, y ahora yo, siguiendo las indicaciones de un diario que escribió antes de partir, piso por primera vez en mi vida, y quizá última, la tierra de este infierno rodeado de agua.
    Es pequeña, casi una montañita de arena en el océano. Lo único que hay es tierra fangosa, y un barco varado, oxidado y ruinoso. Es una isla que pasaría desapercibida de no ser por esta titánica embarcación cadavérica, que se ve desde varias millas de distancia. Me adentro en el barco, sin tener claro qué voy a encontrarme, pisando con cuidado para no tropezarme, o por si el suelo se vence con mi peso, tras años de abandono, expuesto a las inclemencias del tiempo.
    Huele a óxido, una mezcla de sangre y hierro envejecido, un olor que jamás olvidaré, si es que sobrevivo a esta aventura. Me muevo despacio, apuntando con mi linterna a todas partes, con el corazón latiéndome en las sienes, preocupado por lo que pueda encontrarme. No hace falta mucho tiempo, ni muchos pasos, para empezar a encontrar cosas que podrían helarle la sangre al más osado: los esqueletos se suceden, tirados en el suelo, tumbados con sus calaveras de sonrisa perpetua, algunos cadáveres están sentados, con sus espaldas apoyadas en la pared, sujetando entre sus manos huesudas, armas polvorientas, anticuadas desde hace varias décadas. Sé que mi abuelo debe estar en alguna parte, camuflado entre todos esos cadáveres.
    Llego a la sala de mando, el aroma del mar me golpea y elimina mis ganas de vomitar. Es de agradecer un perfume tan agradable, después del hedor a muerte al que me he visto sometido. Igualmente, el olor de la naturaleza transporta con su brisa un matiz que no consigue relajarme del todo. La cabina está despejada, y donde debería estar el timón, encuentro un atril acollado al suelo, y en el que descansa un libro que, a pesar de que todo lo que le rodea está destrozado y con aspecto decadente, muestra un estado perfecto, como si los años resbalaran por su cubierta púrpura, con una estrella de cinco puntas encerrada en un círculo en relieve. Paso mis manos por la cubierta, para notar la forma del grabado y, al entrar en contacto mi piel con la de la portada, en mi mente aparece, seguida con una punzada de dolor, una imagen borrosa de un mundo que no parece el mío, dominado por un ser gigantesco, al que una multitud extasiada vitorea, reza, y ofrece sacrificios humanos. Vuelvo a mi realidad, con una segunda descarga de dolor, pero mi mundo ya no es mi mundo. Ya no puedo mirar a través de las ventanas sin cristal de la cabina, porque el barco ya no existe. No veo un cielo azul, sino negro, con tintes púrpuras, y la pequeña isla en la que desembarqué, ahora es una colina con un atril formado por una pequeña columna de roca maciza. El aroma es más pestilente que en el interior del barco y, frente a mí, un abismo formado por un manto de nubes que giran en un torbellino que deja en el centro un hueco que parece descender al mismísimo infierno. Escucho una voz, que me envuelve y me aprieta, dejándome sin respiración. No entiendo lo que dice, porque habla en un idioma que jamás he escuchado. No entiendo nada, no sé dónde estoy, no sé cómo he llegado a donde quiera que sea este lugar, pero tengo el presentimiento extraño y certero, de que como el resto de exploradores, jamás podré volver a mi hogar.

© 2017 M. Floser.

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