Microficción #71

(Imagen libre de licencia de: Gonzalodago)

Mister Maccus, 1ª parte

Cenefas

Cuando conocí a Mister Maccus no podía imaginarme cuánto iba a cambiar mi vida. La tormenta había empeorado aquella noche, como suele pasar en estas historias, los relámpagos iluminaban el cielo y su luz se filtraba por la ventana, convirtiendo las sombras de los objetos cotidianos de mi habitación, en grotescas figuras gigantescas con apariencias amenazadoras proyectadas en las paredes, forradas con papel azul con estampado de nubes blancas. Sobre mi cama, en la que me tumbaba boca arriba tapado hasta la nariz, como si las sábanas y la colcha de Dragon Ball fueran a protegerme de cualquier peligro, había una avioneta colgada por un cable fijado en el techo. La avioneta se balanceaba, a pesar de que no había ninguna corriente de aire en la habitación. Se escuchó un trueno, que hizo que diera un bote, después, dentro del armario que tenía delante de la cama, se escucharon una serie de ruidos, como si alguien estuviera revolviendo entre mis cajas de zapatos llenas de cromos, o en el barreño de plástico repleto de juguetes.
    —¡Silencio, nos va a oír! —dijo una voz masculina, aunque ligeramente aguda.
    Volví a taparme con las sábanas, esperando que Son Goku me defendiera si alguien salía del armario con la intención de atacarme.
    —No puede oírnos, jefe —dijo una segunda voz, femenina y sedosa—, aún no nos hemos presentado. No podrá ni vernos.
    —Aún así no hace falta armar tanto escándalo, no debemos asustar al chico, tiene que ayudarnos.
    La puerta del armario se abrió despacio, y en el canto de la hoja de madera blanca se acomodaron unos dedos rojos, aterciopelados. Luego salió una chistera negra, y luego una nariz roja, enorme. Cuando la puerta se abrió del todo, el extraño individuo entró en la habitación, o salió a ella, aún no sé muy bien cómo contar esa parte de la historia. Tenía el pelo rojo, del mismo tono exacto que las manos enguantadas y la nariz, el resto de su piel era completamente blanca, a excepción de unas líneas verticales negras que descendían de sus ojos castaños. Vestía una levita negra, que le llegaba hasta los pies, cubiertos por unas botas de cuero que parecían ridículamente grandes. El hombre anduvo cuidando mucho sus pasos, exagerando mucho cada movimiento, sin dejar de mirarme. Me tapé más, hasta que casi no pude verle. Tras él, saliendo o entrando del mismo armario, una chica joven, no mucho mayor que yo que, en aquel entonces, tenía exactamente trece años recién cumplidos, imitaba los movimientos del extraño payaso. La chica tenía aspecto normal, a excepción de aquella indumentaria que parecía pertenecer a otra época. Vestía chaleco marrón sobre camisa de algodón blanca, remetida por unos pantalones canela que, a su vez, se introducían en unas botas de caña alta, de cuero marrón. Sobre su cabeza, perfectamente rubia y de pelo corto y despeinado, descansaba una chistera que iba a juego con el resto de su ropa. De su cuello colgaban, como si fueran un collar, unas gafas de esas que usan los pilotos de avionetas. Era hermosa, su nariz alargada y a la vez respingona le daba el aspecto de un duende, y sus orejas, algo más alargadas de lo normal, no contribuían a que aquella sensación fuera menor.
    —Nos está mirando, Marín, nos está mirando —dijo el hombre de la nariz roja deteniéndose en seco y hablando a su compañera por encima del hombro.
    —Eso es imposible, jefe, es imposible.
    Ambos me miraron, los ojos de ella eran azules y brillaban con la luz de los relámpagos.
    —Eh, muchacho —empezó ella, haciendo que el corazón me diera un vuelco. No estaba acostumbrado a que las chicas me hablaran—, chico, chico te digo… ¿nos estás mirando?
    Me pareció tan absurda aquella pregunta, que no pude usar mi voz para responderles, solo pude asentir.
    —¿Ves? Te he dicho que nos estaba mirando.
    —Pero no nos hemos presentado, no debería poder vernos, ni oírnos.
    —¿Y cómo explicas esto? —dijo él señalándome con las dos manos abiertas. Estaban uno de cara al otro, discutiendo sobre la verosimilitud de que les estuviera percibiendo.
    —Per-per-perdón —dije con el débil hilo de voz que me salió—, ¿vienen a matarme?
    —¡A matarte! —exclamó él, poniendo los brazos en jarra y resoplando ofendido—. ¿Para qué íbamos a querer matarte? Si hiciéramos tal cosa, acabarías muerto.
    —Entonces… ¿qué quieren de mí?
    —Deja que me presente —el hombre de la nariz roja dio unos pasos gráciles hasta el lado derecho de mi cama, yo dí un respingo, y luego otro al ver como estiraba el brazo con la mano abierta—, mi nombre es Maccus, ¡Mister Maccus! —Mister Maccus se quedó un momento con la mano colgando delante de mi cara. La miré, él la miró, y luego se giró para mirar a la chica—. ¿No es costumbre entre los humanos estrechar la mano de alguien que se presenta, Marín?
    —Eso leí —dijo ella encogiéndose de hombros—. Quizá el libro de los humanos está desfasado.
    —Bueno, da igual —Mister Maccus se limpió la mano en la levita, como si el aire le hubiera ensuciado los guantes—… como iba diciendo, mi nombre es Maccus, soy de Vureenen, un mundo que no se parece a este, pero al que solo se puede llegar desde este, ¿entiendes?
    —No…
    —Entiendo. Qué más da… el caso es que te necesitamos para encontrar la Cosa.
    —¿Qué cosa?
    —La Cosa, es un demonio altamente poderoso y peligroso que ya ha desmembra —Marín carraspeó, interrumpiendo a Mister Maccus—… quiero decir… que ya ha dado esquinazo a otros buscadores.
    —¿Quiénes sois? ¿Estoy soñando?
    —No sé qué es un soñando, pero como te he dicho yo soy Mister Maccus, y ella es Marín, mi amiga, mi hermana, mi… bueno, mi Marín. Soy mago, el más poderoso de Vureenen.
    —Sí claro —bufó Marín—, el más poderoso de Vureenen, empezando a contar desde la cola. Es un mago competente, no te dejes engañar, muchacho.
    Miré a ambos, ellos me miraban a mí con expresiones llenas de optimismo. Él sonreía, aunque después supe que lo hacía constantemente, era su expresión habitual. No entendía nada de lo que estaba pasando, pero por algún extraño motivo, supe que podía confiar en ellos.

Continuará el miércoles…

© 2017 M. Floser.

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