Microficción #69

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(Imagen libre de licencia de: Unsplash)

El andén de las almas perdidas

Cenefas

En el andén de las almas perdidas no pasan trenes, ni hay despedidas. Sus rostros, ocultos en las sombras, están condenados a pasearse de arriba a abajo, mirando un reloj sin agujas, sin horas, ni minutos, ni segundos.
    Esas almas, olvidadas y vacías, se cruzan las unas con las otras, y sus sombríos rostros sin facciones pasan desapercibidos. Los raíles, oxidados, nunca han vibrado, nunca se ha escuchado en ese lugar el traqueteo de los trenes, ni el murmullo de las gentes inmersas en sus ajetreos. Porque las almas no hablan, solo se lamentan, arrastrando las acciones despreciables que cometieron en vida, sujetos a sus propios arrepentimientos que jamás serán perdonados, sino recordados constantemente, como si alguien se los gritara al oído. En el andén de las almas perdidas, no hay sitio para la compasión, porque las personas que allí son enviadas, se merecen el peor de los castigos: la consciencia eterna de su vida incierta.

© 2017 M. Floser.

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