Mitología 6: Vodyanoi

[Nota fija]→ «Mitología Narrada» es la sección en la que os presento un personaje mitológico, seguido de un relato inspirado en el mismo. ←[nota fija]

VODYANOI

Cenefas

El Vodyanoy es una criatura de la mitología eslava. Un espíritu maligno del agua, al que normalmente se le describe como un anciano de pelo y barba verdes, a veces incluso se le atribuye cola de pez. El Vodyanoy puede controlar los peces, así como convertirse en cualquier criatura marina que desee. Controla el destino de marineros, pescadores y bañistas.

El Vodyanoi, a parte de convertirse en diversas criaturas marinas, puede convertirse también en objetos inanimados, camuflándose para poder atacar a aquellos que se atreven a cruzar o surcar el río.

No obstante, el Vodyanoi no siempre es un ser peligroso. En ocasiones se limita a gastar bromas macabras a los humanos. Una leyenda popular cuenta que un pescador encontró un cadáver en el agua, al subirlo a su barca, el cuerpo cobró vida y, tras soltar una sonora carcajada, se lanzó al agua y desapareció, recobrando su aspecto de espíritu del agua.

Esta criatura es nocturna, durante el día duerme en su hogar, situado en el fondo del río, pero por la noche emerge a la superficie. En ocasiones se le puede ver chapoteando y saltando en el agua para sumergirse, y volver a saltar. Por este motivo no es recomendable adentrarse en el agua después de la puesta de sol.

Fuente de la información: Sobreleyendas.

Cruzando el río

Luka Semiónov no quería cruzar el río, faltaban pocas horas para el anochecer, y todo el mundo sabía lo peligroso que era cruzar el Volga cuando el sol caía. Pero tenía que llegar a Vyselki y volver con un médico antes de que su madre muriera debido a una terrible fiebre que no dejaba de aumentar su temperatura corporal. Se subió a la barca y empezó a remar, con el sol acariciándole la mejilla con suavidad, y el frío agrietándole la piel. Por suerte el río no estaba helado, y aunque le costaba respirar debido a las múltiples bufandas que le cubrían la cara pálida, de mejillas encendidas, y ojos azules vidriosos, Luka pudo avanzar más deprisa de lo que esperaba.
    Cuando hubo estado en la otra orilla del río, Luka, de tan solo diecisiete años, pero con una estatura que superaba a la de muchos adultos, amarró la barca en el tronco de un árbol cercano. Echó a correr, no había tiempo que perder, no sabía si su madre aguantaría mucho más. Corrió, ignorando el dolor punzante de sus pulmones, y el ritmo salvaje de su corazón. Le habían dicho dónde podría encontrar al médico, y le habían dado algo para convencerle de que le acompañara.
    Delante de él, en un lugar desolado, se alzaba una casa modesta, de piedra fría y puertas de madera. Habían restos de alguna civilización que parecía haber desaparecido, y de la que solo quedaban unas ruinas llenas de musgo congelado. Luka llamó a la puerta tan fuerte que incluso él mismo se sorprendió. La adrenalina mandaba ahora en su cuerpo, solo ella decidiría cómo actuar.
    —¡Abra! —gritó Luka con una fuerte pero armónica voz.
    El muchacho, al ver que nadie abría la puerta, y llevado por la desesperación, dio unos pasos hacia atrás, preparó su hombro y, tras soplar varias veces para envalentonarse, corrió hacia la entrada y se lanzó con todas sus fuerzas, golpeando con el hombro, y el peso de su cuerpo bien formado. La puerta cayó en plano, provocando un estruendo terrible. Luka cayó encima de la madera y, cuando se recuperó de la impresión y dejó de toser por la nube de polvo que se había levantado, notó el hedor que invadía la casa. Delante del muchacho, sentado en un sillón con manchas de humedad y podredumbre, descansaba el cadáver de un hombre en un estado avanzado de descomposición. El cuerpo del doctor mostraba marcas de mordiscos, seguramente de ratas, o de cualquier otra bestia.
    Luka se levantó de encima de la puerta y empezó a llorar, pensando en su madre. Su madre. No había tiempo que perder, el sol empezaba a ponerse, el cielo pasaba del azul al rosa, para luego teñirse de púrpura y, más tarde, salpicarse de estrellas. Regresó a la orilla del río, desató el nudo que sujetaba la barca al árbol, se subió de un salto a la embarcación y, a golpes potentes de remo, se alejó de aquella orilla. Se arrancó las lágrimas de las mejillas, congeladas por el frío del ocaso. Las nubes cobraron vida propia y se apresuraron para tapar el cielo, con un manto negro que erizaba el vello del cogote de Luka. Un rumor, lastimero y profundo, resonó bajo la quilla de la barca, haciendo que el corazón de Luka se detuviera un segundo. Conocía aquel sonido, su abuela le había contado cientos de historias acerca de lo que ocurría cuando se escuchaba el rumor.
    La barca saltó del agua violentamente, partida exactamente por la mitad, y Luka, sin tener tiempo de reaccionar, se vio atraído hacia el río. Se zambulló, notando un potente golpe en la espalda, como si hubiera golpeado el hormigón, en vez de el agua. Emergió rápidamente, era un excelente nadador, pero justo en el momento en que su cabeza quedaba al aire libre, Luka vio como la barca, acompañada de decenas de astillas, y los remos, se venían hacia él. Se sumergió de nuevo, y en aquel momento, cuando sus ojos azules se abrieron bajo el agua, lo vio, por primera vez. Un ser enorme, tanto como dos hombres juntos. Era anciano, su pelo y barba estaban compuestos por algas que se encendían, iluminando el fondo oscuro del río. Le miraba, con ojos pequeños, como botones negros, brillantes. Tenía un pecho robusto, y la parte inferior de su cuerpo estaba compuesto por una enorme cola de pez, con escamas que se movían independientemente. El vodyanoi, el espíritu maligno del agua, protagonista de un sinfín de historias que habían quitado el sueño a Luka en multitud de ocasiones. Pero ya no era solo una leyenda, no era una simple historia que su abuela le contaba sentada en el borde de la cama, aquel ser estaba allí, mirándole con una furia que hacía que los latidos del corazón de Luka se acelerasen. El chico intentó emerger, entre los trozos de la barca que ya se habían sumergido. Pero algo le detuvo, miró hacia abajo y vio como una tira de alga, proveniente de la cabeza del vodyanoi, le sujetaba el tobillo. Luka miró hacia arriba, y pudo ver el brillo de la luna que se colaba por algún claro en las nubes. El aire contenido dejó de ser suficiente, y Luka, sin poder evitarlo, dio una bocanada que le llenó los pulmones de agua. Tosió, se asustó, se llevó las manos al cuello e intentó soltarse de la atadura de aquel monstruo. Pero el vodyanoi no le soltaría, no dejaría que volviera con su madre. Su madre… nunca la volvería a ver. El río iluminado por las algas del ser, empezó a apagarse alrededor de Luka, dejó de luchar por emerger, se rindió, porque su cuerpo, cansado y aterrado, no podía hacer nada más. Luka acompañaría al vodyanoi hasta que su cadáver, consumido por multitud de bestias acuáticas, dejara de existir.

© 2017 M. Floser.

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