Microficción #53

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(Imagen libre de licencia de: Peakshow)

Mirada

Su mirada, eso es lo que más recuerdo. Sus ojos azules, desorbitados, asustados, nerviosos. La última mirada del hombre que me crió durante toda mi vida. El único que no me abandonó jamás, el que secó mis lágrimas cuando mis padres murieron. Ese hombre, y esa mirada que me atraviesa el corazón cada vez que la recuerdo.
    Sus pupilas, contraídas, topándose con mi verdadera naturaleza, y su rostro, y sus cabellos nevados, iluminados por mi propia luz. No tenía que verme, no tenía que descubrirlo. Él no, mi abuelo era la única persona que deseaba que no me viera de aquella forma.
    Maté a mis padres cuando lo descubrieron, pero no me supuso un esfuerzo, ni físico, ni mental. Jamás he sentido un apego especial por ellos. Mi madre bebía, mi padre me pegaba, así que quizá podría decir que fue un alivio que me vieran, matarles fue un placer. Pero con mi abuelo… con él es completamente distinto.
    Cuando entró en el garaje se me rompió el alma en mil pedazos. Pensaba que estaba durmiendo, siempre tomaba somníferos para descansar mejor, jamás se despertaba hasta que yo le mecía por la mañana para que desayunase conmigo. Yo aprovechaba la noche para liberar mi verdadero ser. La carne humana, su piel y sus huesos, no pueden contener el fuego del que estoy creado. Es un disfraz frágil, un simple apaño para poder convivir con el resto de personas, para no llamar la atención, y me merecía la pena el sufrimiento, si con eso podía vivir con mi abuelo. Pero cuando abrió la puerta del garaje, quizá atraído por la luz que se filtraría por debajo de la puerta, y me vio: tan alto, tan distinto a la imagen que él tenía de su nieto, formado por llamas azules, crepitantes y ondulantes; en ese momento supe que jamás podría volver a disfrutar de aquel hombre, de su compañía. Mi abuelo era un hombre temeroso de Dios, yo… una especie de demonio. No sé de dónde he salido, no sé qué pervertido juego se trajo mi madre con mi padre, mi verdadero padre, no ese cabrón al que tuve que matar, pero sé que no soy humano. Y también sé que no podía permitir que mi abuelo me delatara, la caza a la que me habría visto sometido habría sido terrible, por eso… lo siento mucho abuelo, estés donde estés, espero que sepas que te quiero, y que tenía que hacerlo.

© 2017 M. Floser.

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