Microficción #52

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(Imagen libre de licencia de: Funky Focus)

Magia 2.0

El niño, sentado en una silla, con los brazos comodamente apoyados sobre la mesa de madera que su padre había tallado, miraba a su abuelo, que caminaba de arriba a abajo, metiendo cosas en una maleta que había puesto sobre el sofá de terciopelo rojo en el que se proyectaban cuatro cuadrados de luz formados por la ventana que se bañaba por el sol. Todo lo que el anciano, calvo y con una barba poblada y redonda, metía en la maleta, eran pertenencias del crío.
    —¿Por qué me haces la maleta, abu? —el niño movía los pies, colgantes de la silla, que no alcanzaban el suelo, mientras contemplaba fascinado la afanosa labor del hombre.
    —Tienes que saber algunas cosas, Marcus. Necesitas saberlas —la voz del anciano sonaba agotada, afónica, y llena de tristeza. Nunca había sonado así.
    —¿Qué cosas, abu?
    —Para empezar —dijo el abuelo, deteniéndose un segundo para mirar con sus ojos azules al niño—. Yo no soy tu abuelo, Marcus.
    Como si quisiera esquivar la mirada del niño, abierta de repente de par en par, el hombre volvió a su tarea. Metió una navaja suiza que él mismo le había regalado, metió algunas prendas de ropa y cajas extrañas que el chaval nunca había visto.
    —¿Por qué dices eso, abu? ¡Cuando vengan papá y mamá pienso decírselo!
    —Escúchame, Marcus —el anciano recorrió los escasos metros que le separaban del niño en un par de pasos, le sujetó de ambos brazos y le apretó sin querer—. Tus padres no van a venir, ya no van a venir nunca más. Yo tenía que protegerlos y he fallado, pero no me pasará lo mismo contigo. Tienes que marcharte, tienes que desaparecer de la ciudad, ¿me oyes?
    La cara del niño era una mezcla de confusión y dolor, los dedos del hombre, huesudos y fuertes, se le clavaban en la piel tierna.
    —¿Dónde están papá y mamá?
    El anciano negó con la cabeza como única respuesta. Los ojos del niño se volvieron brillantes y húmedos.
    —Tenemos que marcharnos, o te encontrarán a ti también.
    El hombre cerró con fuerza la maleta, corrió la cremallera, y la colocó con brusquedad en la mesa, cerca del niño. Sacó su teléfono móvil del bolsillo derecho del pantalón tejano y desbloqueó la pantalla táctil. Las teclas digitales sonaron como si fueran el teclado de una máquina de escribir. Abrió el menú y empezó a buscar nerviosamente entre el centenar de aplicaciones que tenía en el smartphone.
    —Aquí está —dijo con más cansancio que entusiasmo—. Marcus, quiero que confíes en mí. Vas a ver cosas que jamás habrías soñado ver, pero cuando estemos a salvo te lo contaré todo.
    —¡No quiero ir a ningún sitio! ¡Eres malo, abu! ¿Quiero que vengan papá y mamá?
    El anciano se agachó cerca del niño, le secó las lágrimas con el pulgar, y le sonrió, haciendo que la barba se moviera de forma sutil.
    —Ya te he dicho que no soy tu abuelo, Marcus. No me llamo Francis, y no soy el padre de tu madre. He vivido con vosotros desde que naciste tú, porque os tenía que proteger. Escúchame, Marcus, esto es importante. He fracasado con tus padres, pero no te dejaré morir a ti también —el hombre abrió la aplicación del móvil. Esta tenía un icono cuadrado con una llama blanca sobre un fondo azul. Bajo el icono había unas letras blancas que formaban un nombre que pocas personas podrían leer. Al abrirse la aplicación, la pantalla del móvil se volvió completamente blanca y, segundos después, mostró una colina repleta de árboles desde las alturas. En el centro de la colina se alzaba un majestuoso castillo bañado por el sol. Parecía una foto, en una galería digital, pero las copas de los árboles se mecían gracias al aire que debía provenir del este de la pantalla. El hombre acercó el dedo índice y el pulgar, unidos por las yemas a la pantalla, y luego los separó, haciendo que la colina se acercara cada vez más hasta que, literalmente, sobresalió del smartphone. El niño saltó de la silla, respirando a toda velocidad, sorprendido por lo que acababa de ver. Las aves en miniatura volaban sobre los árboles. Miró al anciano, que ahora le sonreía con una expresión serena y llena de misericordia—. Te protegeré, aunque tenga que dar mi vida para ello. Vamos, tu castillo te espera. Crucemos al otro lado.
    El niño miró al móvil, luego a su abuelo, y de nuevo al móvil.
    —¿Quién eres?
    —Mi nombre es Merlín —dijo con solemnidad—, y tú eres el último descendiente del rey Arturo.

© 2017 M. Floser.

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2 comentarios sobre “Microficción #52

  1. Esta unión de tecnología y magia me ha encantado, pero que hayas resucitado y traído a la actualidad el mito del Rey Arturo me gusta aún más. Voy a compartirlo enseguida.

    1. Carla, mil gracias y te pido disculpas por haber tardado tanto en responderte. He estado en Londres unos días (por cierto, visité la casa museo de Charles Dickens, me pareció fascinante).

      Me alegra muchísimo que te haya gustado el relato, la verdad es que siempre me ha llamado la atención esta mezcla de modernidad y fantasía. Y qué decir del rey Arturo y Merlín… creo que son dos esenciales de cualquier amante del medievo y de la fantasía.

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