Microficción #49

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(Imagen libre de licencia de: Sasint)

Niños

—¡Se te escapa! —gritó el más pequeño, señalando el diminuto demonio acuático que se impulsaba con sus potentes ancas, surcando el agua cristalina.
    —¡Deja de gritar, lo estás espantando!
    El otro niño corrió, sujetando la lanza improvisada. La descargó contra la figura del demonio, cuya piel roja se volvía rosada al estar sumergida. El demonio se revolvió y se zafó de la punta del arma de madera, haciendo que esta atravesara a un pez despistado. El demonio tenía el tamaño de una rana, y el aspecto espinado de un erizo.
    —¡Está ahí, ahí!
    —¡¿Quieres callarte?!
    El demonio dio una vuelta, se detuvo en el agua, ignorando la corriente que le azotaba en la cara de besugo. Abrió las piernas, y luego las plegó, impulsándose con fuerza, recorriendo el espacio que le separaba de los niños a una velocidad imposible. El crío de la lanza se preparó, pero cuando lanzó el arma hacia el agua era demasiado tarde, la pequeña bestia ya se había colado por entre sus piernas, y le miraba desde su espalda.
    —¡Lo tienes detrás! —gritó de nuevo el más pequeño—, ¡se está riendo de ti!
    El mayor miró a su hermano, con cara de pocos amigos, le lanzó el arma de madera, que el crío cogió al vuelo a regañadientes, y se dejó caer, sentándose en el fondo de aquel riachuelo, dejando que el agua le cubriera hasta el hombligo, contemplando la niebla que les envolvía.
    —Estoy harto —dijo cruzando los brazos sobre el pecho—, si tanto quieres que ese bicho te cumpla tus estúpidos deseos, cázalo tú mismo.
    Su hermano le miró, confuso. El mayor le señaló al demonio con la cabeza, haciéndole entender que ya podía espabilarse. El pequeño miró la lanza, miró al demonio, y luego a su hermano. Se encogió de hombros, hacía rato que quería probar él mismo, pero su engreído hermano se había empeñado en cazarlo él mismo. Se preparó, cogiendo con fuerza la lanza, mirando con atención al demonio que le contemplaba con aquellos ojos enormes, saltones y completamente negros. Sonrió, alzó la mano que empuñaba el arma e hizo un amago de lanzamiento. El demonio salió disparado, esquivando un ataque que aún no se había producido. El crío aprovechó la torpeza de la bestia y arrojó el arma con todas sus fuerzas, haciendo que el demonio, desconcertado, se viera ensartado por la punta de madera tallada a golpe de cuchilla.
    —¡Lo tengo! —gritó el crío saltando al agua, salpicando a su hermano al caer de pie en el riachuelo—, ¡en cuanto me lo coma se me cumplirá cualquier deseo! ¡Podré revivir a papá y a mamá!
    Su hermano, boquiabierto, miraba al pequeño con lágrimas en los ojos. No le había dicho cuál sería su deseo. Sonrió, nunca había querido tanto a aquel pequeño alborotador.

© 2017 M. Floser.

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