Mitología narrada 5: Berserker

[Nota fija]→ «Mitología Narrada» es la sección en la que os presento un personaje mitológico, seguido de un relato inspirado en el mismo. ←[nota fija]

BERSERKERS

A pesar de que los berserkers no son figuras mitologías en sí, sino que existieron de verdad, su figura está vinculada de una forma, u otra, a la mitología nórdica. Estos guerreros vikingos luchaban bajo los efectos de una potente sustancia alucinógena que les hacía creer que tenían poderes especiales.

La Amanita muscaria o «Matamoscas», se dejaba secar y luego se cortaba el sombrero de la seta y se cocía en hidromiel. Al consumir esta «poción», los vikingos entraban en trance, y empezaban a sufrir alucinaciones. Estos guerreros, que iban ataviados con pelajes enteros de animales salvajes, como lobos u osos, creían que realmente se convertían en los animales que vestían.

Entraban en batalla, en primera línea de combate, creyéndose invencibles y, en parte, lo eran. Los efectos de la droga eran tan potentes, que los guerreros no sentían cansancio ni dolor, con lo que la única forma de detenerles era matándoles. Su sed de sangre, su violencia, y su rabia, eran tan grandes, que incluso los propios compañeros vikingos debían tener cuidado con ellos, pues una vez bajo los efectos de la drogra, los berserkers no diferenciaban entre amigos y enemigos.

imagen-share
(Ilustración de un Berserker. Por Jumpei)

Los vikingos en general, creían que tras morir en combate, las valkirias les guiarían hasta el gran salón Valhalla situado en Asgard, la ciudad gobernada por Odín, donde se prepararían para la gran batalla del fin del mundo, o Ragnarök. Los berserkers, con su estado de enajenación, creían que sus poderes llamarían la atención del todopoderoso Odín, y su agresividad se veía alimentada por esta motivación.

Los berserkers empezaron a desaparecer con la llegada del cristianismo, donde muchos vikingos abandonaron su condición pagana, para bautizarse y dejar de lado unas creencias que les habían acompañado toda la vida. No obstante, algunos vikingos se resistieron a la conversión, y siguieron luchando y consumiendo Amanita muscaria para sacar a flote sus supuestos poderes de berserker.

A LA LUZ DEL FUEGO

Las casas habían sido incendiadas, y no todos los que las habitaban habían conseguido salir de ellas. Los vikingos se habían encargado de eso al atrancar las puertas con carretas de madera. La noche había llegado y, con ella, el espeso manto de estrellas que contemplaba una escena lamentable.
    Un hombre había sido atado a un poste de madera, frente a una casa en llamas. Estaba sentado en el suelo, cubierto de la sangre que le caía de una terrible herida en la sien. No tenía pelo, tampoco vello facial. Su rostro, lleno de mugre y cardenales, mostraba a un hombre de unos cuarenta años, demacrado y consumido por una vida dedicada al campo.
    Estaba situado de tal forma que el fuego de la casa, le iluminaba de forma fantasmagórica, con reflejos naranjas y rojos. Su casa, donde habían muerto su mujer y sus dos hijas, entre gritos agónicos de ellas, súplicas sollozantes de él, y risas perversas de los vikingos que habían atacado la aldea.
    Entre el hombre y la casa en llamas, se alzaba una figura convertida en silueta recortada por la luz del fuego que crepitaba enmudeciendo a los grillos. Una figura alta, enorme, que le miraba con unos ojos que parecían poder brillar. La silueta avanzó, y se acercó al hombre atado, que empezó a temblar. Cuando el extraño de las sombras se agachó, y se puso a su altura, la escasa luz de la noche iluminó un rostro salvaje, cubierto en su mitad inferior por una poblada barba del color del sol. Sus ojos estaban inyectados en sangre y el azul de sus iris, enmarcaba unas pupilas dilatadas que se clavaban en sus ojos invadidos por lágrimas de terror.
    —No tengas miedo —dijo el hombre de la barba en un idioma que el preso no entendió. El salvaje ladeó la cabeza, y el hombre pudo ver que, sobre ella, como si fuera un gorro, sobresalía el hocico de un lobo. El salvaje vestía una piel entera, que le cubría la espalda, como si de una capa se tratara—. Tu muerte va a servir para que mi señor Odín se sienta orgulloso de mí.
    La incapacidad del maltratado campesino de entender lo que aquel vikingo le decía, hacía que su miedo se acrecentara, amenazando con resquebrajarle el corazón en mil pedazos.
    El salvaje se levantó, y se unió a otras dos figuras igual de grandes que él, ambos ocultos por la luz trasera que les convertía en simples estatuas negras.
    —¡Hoy las valkirias no vendrán a por nosotros, hermanos! —gritó con furia el vikingo, dirigiéndose a todos sus compañeros, o quizá al mundo entero—. ¡El Valhalla tendrá que esperar, pero seguiremos luchando, seguiremos honrando el buen nombre de nuestro señor!
    Alrededor del hombre atado se escuchó una salva de aplausos y vítores que le sobresaltaron. Por primera vez desde que había despertado unido a aquel poste, era consciente de cuántos salvajes habían: una veintena, quizá alguno más.
    El líder de aquel grupo volvió a acercarse a él. Cogió de su cinturón un pequeño odre de cuero con forma de lágrima, se agachó y lo acercó a la nariz del hombre. El contenido olía fuerte. Reconocía el olor del alcohol, ácido y a la vez dulce, pero había algo más que no conseguía reconocer.
    —Vas a tener el honor de ver algo único antes de morir —lo dijo susurrando, como si aquel pobre desgraciado pudiera entender una sola palabra de lo que acaba de decir.
    El vikingo se llevó la boquilla del odre a los labios y bebió un trago de aquel licor. Luego se levantó y lanzó un grito animal mientras levantaba el trozo de piel como si fuera un trofeo. Aulló, como si del propio animal muerto cuya piel vestía se tratase. Se empezó a golpear el pecho y, de pronto, cayó al suelo entre espasmos y gritos que parecían de dolor. Golpeó el suelo, destrozándose los nudillos contra la arena. Levantando hilos de sangre que se estiraban hasta romperse y quedar colgando, goteantes, impregnando la arena bajo ellos.
    El salvaje alzó la cabeza y miró al hombre a los ojos, con una mirada fría, perturbadora y más salvaje que todas las que había utilizado hasta el momento.
    No habló, se limitó a gruñir como un animal furioso. Arrugaba el labio superior y dejaba a la vista una boca de la que caía una cascada de espuma blanca.
    El hombre intentó gritar, pero su voz parecía haberse extinguido. El vikingo se preparó, apoyando todo su peso sobre los brazos y, en un segundo, se lanzó contra él. El campesino no tuvo tiempo ni siquiera de asustarse. El salvaje descargó sobre su cuello la hoja de un hacha que, aunque el hombre hubiera seguido vivo, no podría haber explicado de dónde había salido.
    El vikingo, cubierto por la sangre del granjero miró la cabeza rodando por el suelo, aulló a la luna y se empezó a golpear con fuerza en el pecho. Gritando y saltando como aquello en lo que se había convertido: un monstruo, un animal salvaje… un berserker.

© 2017 M. Floser.

Anuncios

¡Coméntame!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s