Microficción #48

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(Imagen libre de licencia de: Pavstern)

Espía

Jeffrey Burrell se detuvo, jadeante, mirando con su ojo sano el paisaje que le rodeaba, mientras el ojo de cristal se limitaba a llenar la cuenca que antaño ocupaba un globo ocular que tampoco servía de gran cosa. Llevaba horas huyendo por las calles de Londres, girando en esquinas estrechas, intentando perder de vista a sus perseguidores. Giró en Park Street, tomando a toda prisa Upper Brook Street, adentrándose imprudentemente en Hyde Park, donde quedaría expuesto al millar de ojos de los que Seymour Haggard disponía…
    El frío parecía querer escarchar las hojas de los árboles y los arbustos. Aunque parecía que los animales no sentían el gélido aliento del invierno, ese que Jeffrey sentía en aquel momento.
    Se apoyó en el tronco de un árbol, intentando recuperar un aliento que le congelaba los pulmones, y le provocaba un dolor punzante en el pecho. Ya no era tan joven como cuando empezó a trabajar para ese lunático de Haggard, ya tenía más edad de la que recordaba, había visto morir a todos sus amigos, y a los nietos de los hijos de sus amigos.
    Sonó un graznido cerca de Jeffrey, y sus ojos se clavaron en los del cuervo que le observaba posado majestuosamente sobre el respaldo de un banco de madera. Había algo extraño en la forma en la que el pájaro le miraba, sus ojos no eran negros, sino rojos, como la sangre que corría por las venas de Jeffrey. No cabía duda, era uno de los espías de Seymour Haggard. Jeffrey miró a su alrededor, y se vio rodeado de observadores: ardillas que le observaban desde las ramas de los árboles, patos que dejaban de chapotear en el lago para mirar al hombre bajo, encorvado, de barba rala que les devolvía la mirada aterrorizado. Se acababa de dar cuenta de que había sido mala idea entrar en el parque. Se acababa de dar cuenta de que se había metido en la boca del lobo.
    Jeffrey echó a correr, sin mirar atrás, pero sabiendo que los ojos de Seymour veían todo lo que aquellos animales veían, que aquel engendro corrupto por la magia negra, usaría los ojos del más insignificante de los insectos para dar con él. No tenía escapatoria, por más que corriera, por más que intentara huir, Seymour Haggard le encontraría, le arrancaría el único ojo sano que le quedaba y, días después, cuando las torturas a las que le sometieran le hubieran drenado casi toda la sangre, se haría con sus poderes y se convertiría en el mayor hechicero de Europa. Seguir corriendo era absurdo, su vida estaba a punto de llegar a su fin.

© 2016 M. Floser.

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