Microficción #36

runes1
(Imagen libre de licencia de: Axiomgenius)

Cowgirls

Etaban solas, sus padres habían muerto hacía ya cinco años, cuando ellas eran a penas dos adolescentes. Desde entonces habían luchado por sobrevivir, ganándose el respeto de la gente, haciéndose un nombre entre los más peligrosos forajidos del Sector Azul, el más habitado de los Cinco Sectores.
    Las ciudades más prósperas habían sido desvalijadas por las dos hermanas, armadas con su inteligencia y sus poderes oscuros. Haciendo que incluso los bandidos más valientes temblaran como las últimas hojas del otoño al escuchar sus nombres.
    —¿Dónde vamos ahora, Fiore? —dijo la mayor de las dos, montada sobre el toro negro que bufaba inquieto. Era una chica hermosa, si las mujeres de mirada lasciva y rostro severo son el tipo de mujeres que te gustan. Sus ojos rasgados, marrones, resaltaban enmarcados por unas pestañas espesas y negras. Sus labios finos, crueles, estaban agrietados por los continuos mordiscos que se propinaba como tic perenne.
    —Maeji es la ciudad más cercana, Vireen —respondió su hermana, de pie en medio del desierto, obviando a su montura: un caballo blanco que pastaba no demasiado lejos de allí. Los ojos miel de la chica, algo más amables que los de Vireen, ojeaban un mapa impreso en un pergamino envejecido. También tenía esa belleza pérfida y perturbadora, y sus labios carnosos estaban vigilados por un lunar tentador en la comisura derecha de la boca—. ¿Recuerdas si ya hemos estado?
    —No tengo ni idea. ¡Demonios! ¿Ya hemos saqueado todas las ciudades del Sector Azul?
    Lo habían hecho. Habían vaciado incluso el banco de Prayam, la ciudad demonio, a las afueras del sector. El oro negro del abismo se vendía bien, aunque en manos de un humano, ese dinero era peligroso. Demasiado tiempo en poder de un humano, hacía que el corazón se le consumiera poco a poco. No había problema, entre los dones de las dos hermanas, se encontraba el de la negociación. Habían sacado más de lo que esperaban por él, un hombrecillo superticioso lo compró sin hacer preguntas.
    —¿Qué hacemos?
    —Supongo que tenemos que cambiar de sector, Vireen.
    La chica del toro se sobresaltó. Acceder a otro sector estaba prohibido, los extranjeros eran perseguidos y, cuando los capturaban —cosa que pasaba siempre—, les arrebataban el alma y se la ofrecían a la tierra para que creciera, nutriéndose de los invasores. O eso decían las leyes de los Cinco Sectores.
    —¿No tienes ganas de arriesgar un poco? Imagínatelo, Vireen, nuevas razas, nuevos bancos, nuevos tesoros. ¿Te lo imaginas? ¡Seremos temidas en todos los sectores, las únicas capaces de viajar y burlar las leyes!
    —Si nos pillan estamos acabadas.
    —¿Pillarnos? De eso se trata, hermana, de demostrar que somos mejores que ellos. Los de la Cruzada no podrán ni olernos. ¿No te gustaría ser la mujer más poderosa de los Cinco Sectores? ¿Robar a los orcos del Sector Rojo? ¿A las nayades del Sector Verde? ¿A los dioses del Sector Negro?
    —A los magos y elfos del Sector Blanco…
    —¡Exacto! —exclamó Fiore emocionada al ver que su hermana empezaba a saborear el menú que le estaba poniendo delante, justo delante de sus narices, tan apetecible que podía notar el sabor dulce del poder y el dinero, y el sabor amargo, intenso, del miedo que provocarían en todo el mundo—. Seremos las forajidas más temidas de todo el planeta y, quién sabe, quizá cuando acabemos decidamos que este mundo se nos ha quedado pequeño.
    Vireen sonrió, el toro se revolvió bajo ella, pero le calmó con un par de palmadas en el robusto cuello. Fiore siempre había sido lista, y podría engañar a cualquiera. Sus padres decían que podría venderle una espada de hierro a un elfo1 si se lo proponía. Asintió con entusiasmo, se dejaría convencer por su hermana, y se dejaría arrastrar por los otros cuatro sectores en busca de emociones nuevas, y del reconocimiento que dos cowgirls como ellas se merecían.

Nota del autor:
1) «Venderle una espada de hierro a un elfo» sería una proeza, ya que los elfos no pueden tocar el hierro.

© 2016 M. Floser.

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