Plagio creativo 2: Hijo de la luna

[Nota fija]→ «El plagio creativo» es una sección dentro de «Ejercicios de escritura». Así mismo, este ejercicio ha sido extraído del libro «Escribir. Manual de técnicas narrativas.» de Enrique Páez En esta sección haré relatos Cambiando el argumento de historias conocidas (cuentos, poesías, películas, canciones, etc).

Luna

Basado en «Hijo de la luna» de Mecano

Moon
(Imagen libre de licencia de: Stevepb)

La mujer ascendió la pequeña colina, dejando su poblado en la distancia, con las luces de las velas iluminando de forma fantasmagórica las casas de piedra y paja. Las estrellas parecían proteger al mundo, con su pesado manto. Se puso de rodillas, dejando su espeso pelo rizado, negro como la propia noche, cayéndole sobre los hombros descubiertos por la blusa que se ceñía sobre su cadera con la goma de la falda larga, de color salmón, que le dejaba al aire libre unos pies descalzos, mugrientos. Su piel era color café, y sus ojos tan negros que a penas se diferenciaban las pupilas.
    La gitana alzó la cabeza hacia el cielo, y los ojos negros se le iluminaron con la luz de la luna llena, haciendo que sus lágrimas contenidas brillaran como luceros a punto de descender sobre el suelo verde y húmedo de la colina.
    —¡Luna! —gritó la mujer desgarrándose la garganta, ahogada por el sollozo que amenazaba con romperle el alma—. ¡Luna, escúchame, te lo ruego! Escucha mi súplica y hazla tuya, deja que mis lágrimas conmuevan tu corazón, concédeme el deseo que tanto anhelo. ¡Luna! Si no eres una simple leyenda, si no estás ahí solo para contemplar nuestra miseria, por favor, escucha mis plegarias y hazlas realidad, llenando de dicha mi corazón destrozado.
    La mujer rompió a llorar, llevando su cabeza a la hierba, apoyando su frente en la humedad. Sintió como el nudo que llevaba en el pecho se le deshacía, y el llanto le vació los pulmones. Jamás había sentido nadie una pena tan honda.
    —¿Por qué lloras, gitana? —dijo una voz profunda como el núcleo del mundo, y tan sedosa que parecía de terciopelo. No sonaba en ningún sitio y, a la vez, sonaba en cada punto del mundo. La escuchaba ella, en su cabeza, como un susurro íntimo y conmovedor.
    La mujer alzó de nuevo la mirada, y miró a su alrededor.
    —¿Quién me habla? ¿A caso mi cabeza se ha perdido en las tinieblas de la locura? Escucho palabras, mas nadie hay a mi vera que pueda pronunciarlas.
    —Tu cabeza sigue en el sendero de la luz, gitana. Hablo yo, respondiendo a tu llamada. Yo, la Luna, que no existe solo para regocijarse en las penurias de los humanos, yo, que sueño y río con vuestras dichas, y lloro y sufro con vuestras desdichas. Así pues, gitana, ¿por qué lloras?
    —¡Luna! ¿Eres tú realmente? Mis anhelos tengo que compartir contigo, deja que te cuente mi desespero, y concede a esta humilde desesperada un resquicio de tu bondad. Desposarme con un hombre quiero, mas nadie encuentra en mí la mujer de sus sueños. Haz que un hombre amable y temeroso de Dios me ame como yo, de seguro, podré amarle a él.
    —¿Esos son tus deseos? —preguntó la luna con la voz llena de indignación—. ¿Qué me ofreces a cambio, gitana?
    —Todo lo que esté en mi mano, tuyo es. Y si no se encuentra en mi poder, ¡oh, Luna amable y generosa! Ten por seguro que tuyo será también.
    Hubo un instante de silencio roto solo por el cantar de los grillos, amplificado por el eco de la noche. La luna parecía haber enmudecido, la gitana, de no ser por los constantes gimoteos, también habría parecido una figura silenciosa.
    —Un hombre se desposará contigo, pero a cambio quiero al hijo primero que le engendres.
    —¿Mi primer hijo? Luna de mi alma, ¿es eso lo que me pides? ¿Mi primer hijo deberá ser tuyo si un gitano amoroso y protector se enamora de mí? Si es eso lo que pides, ¡oh, redonda belleza! Tuyo será por su amor.
    —Eso es lo que pido, gitana, pues una mujer dispuesta a dar a su hijo por el amor de un hombre, poco le iba a querer. Así pues, gitana, recuerda que tu primer hijo, mío será.

    Pasaron los años y la gitana, felizmente casada con un calé que la protegía y la trataba como a una reina mimada y cuidada, dio a luz a un niño. Su piel, para sorpresa de todos, era pálida y contrastaba de manera atroz con el café de los brazos de su madre, y el canela del rostro estupefacto de su padre. El gitano miró a la mujer, y al niño de ojos grises, sin poder ocultar su enfado. Salió de la casa y se alejó del poblado, corriendo, ignorando los latidos de su corazón que se acumulaban en las sienes. Subió a la colina, donde años antes su mujer suplicó por su amor, y se lanzó al suelo de rodillas, golpeando la hierba con sus puños hasta que la sangre le cubrió los nudillos.
    —¡Maldita sea su estampa! —gritó con voz queda—. La he amado cuanto he podido, la he llenado de gozo y de cuidados. ¡La he protegido de peligros y deshonras, y la he querido a pesar de que todo mi ser me suplicaba que no lo hiciera, mientras me advertía del peligro que corría mi corazón! ¡Maldita su estampa por engañarme, y robarme el alma para luego lanzarla al suelo y escupirle despiadada! ¡Ese niño, al que llevo esperando tanto tiempo, es de un payo! —alzó la mirada, iluminado por una luna que, esta vez sí, se divertía con el infortunio de los humanos—. ¿Por qué las estrellas me han llevado a los brazos de una mujer tan indeseable? ¿Por qué, de entre todos los hombres, me ha tocado a mí sufrir un destino tan cruel?
    El hombre se secó las lágrimas, con la mirada del que ha tomado una decisión. Volvió al poblado, entró en la casa y se armó con un enorme cuchillo. Echó abajo la puerta de la habitación donde su mujer, contemplando al niño, lloraba desconsoladamente.
    —¡¿De quién es ese bastardo?! —gritó el hombre, empuñando el arma que la mujer no dejaba de mirar mientras intentaba proteger al bebé entre sus brazos.
    —¡Tuyo y solamente tuyo, amado mío! No he yacido con otro hombre. Tienes que creerme, tesoro, jamás te engañaría.
    —¡Mientes, sucia ramera! Ese niño te delata y te señala como la mentirosa que eres. ¡Me has engañado, y has engendrado al veneno de tu traición!
    El gitano, sin escuchar nada más de lo que su esposa tenía que decirle, descargó el cuchillo sobre su pecho y la hirió de muerte. Le arrebató al niño, blanco y lastimero, y salió de la casa, lanzando el cuchillo ensangrentado al suelo. Corrió hacia el monte, jadeando por el dolor que le causaba haber sido engañado, sintiendo la repulsa que le provocaba sostener en brazos a aquel bastardo y, cuando llegó a la cima de una colina, con la luna como única testigo, abandonó al bebé bajo el amparo de un árbol anciano y grueso.
    —Aquí deberás morir, para que nadie, ni hombre ni mujer, escuche tus llantos. Has sido el causante de mi desdicha, y el culpable de que mi esposa ahora espere muerta en mi morada. ¡Llora si quieres! Yo te maldigo y te detesto.
    El gitano escupió al suelo, para que su maldición surtiera efecto, luego abandonó el monte para no volver jamás. Se perdió en el horizonte, y no echó nunca la vista atrás.
    —Hijo mío —dijo la luna emocionada—. No debes preocuparte de nada, eres producto de mi amor, tu piel es mi piel, y tu sangre mi sangre. Ahora, deja que te traiga conmigo, amamántate con mi cariño infinito, y crece como un ángel nacido de las estrellas.
    El niño desapareció de la colina tras un brillo suave y cálido, entre llantos desconsolados. Llantos que se escucharon en el eco del mundo, donde el gitano los escuchó como dagas torturadoras, hasta que la luna llena menguó, convirtiéndose en una cuna que meció la noche y, con ella, calmó el desconsuelo de su amado hijo de piel. Feliz por el deseo que dos humanos le habían cumplido, rodeada de las estrellas que cuchicheaban como grillos en una noche silenciosa.

© M. Floser.

Videoclip «Hijo de la luna» de Mecano

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4 comentarios en “Plagio creativo 2: Hijo de la luna

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