Microficción #34

runes
(Imagen libre de licencia de: Unsplash)

Selfie

El flash iluminó el cielo nocturno y la cámara, que instantes antes había estado en las manos de una joven creída y egocéntrica, cayó al suelo, con una fina columna de humo blanquecino saliendo del objetivo. Dentro del aparato, la joven abría los ojos, sin saber dónde estaba. A su alrededor se extendía una sala negra que parecía infinita.
    —¡¿Hola?!
    Anduvo, pero no dio muchos pasos antes tener que esquivar a un gato pardo con motas blanquinegras que estaba tumbado en el suelo, dormido, delante de ella. La chica miró al gato, le sonaba de algo, pero no sabía de qué. Unos pasos más y la chica se encontró con un hombre que le daba la espalda, estaba de pie, leyendo un periódico. Se acercó corriendo a él y fue a tocarle la espalda pero su mano, literalmente, traspasó al hombre como si no estuviera allí. La joven reprimió un grito de espanto, se llevó las manos a la boca y observó espantada al hombre que tenía delante. Vestía raro, con ropa de una época que había pasado de moda. Se fijó en el periódico y le llamó la atención una noticia que no tenía sentido, aquel presidente había dimitido hacía ya varios años. Miró la fecha y su confusión aumentó, el periódico tenía diez años.
    La chica se apartó del hombre, corriendo, y al girarse se sobresaltó, acababa de traspasar, como si fuera un fantasma, a una pareja punk que se besaba estática. Les miró y los reconoció al instante: él con pantalones ajustados, de leopardo, una chaqueta vaquera sin mangas con multitud de parches, y una cresta que cambiaba de color en cada una de sus púas afiladas. Ella tenía una sien afeitada por completo y una melena azul caía por el lado contrario. Los reconoció porque les había hecho una foto, atraída por la estética de ambos. No había duda, eran ellos.
    Se le abrieron los ojos al recordar al gato, también le había hecho fotos, y el hombre… fue su primera foto cuando era pequeña.
    La sala negra se iluminó de repente, tiñéndose de un blanco fulgurante, y con la nueva luz, la chica se vio rodeada de situaciones familiares: sus abuelos, fallecidos hacía cinco años, soplando a la vez las velas de una tarta, su ex novio con un delantal estampado con la imagen de un cuerpo femenino en ropa interior, su madre manipulando concentrada su máquina de coser. Todas aquellas escenas tenían una cosa en común, que ella las había fotografiado.
    Se le aceleró el corazón, y a su mente llegó la última imagen que recordaba: ella misma, en las rocas de una playa preciosa, enfocándose con la cámara para salir con el paisaje de fondo. Un selfie que la había capturado dentro del aparato, convirtiéndola en un recuerdo más, en un eco perturbador del pasado. Encerrada, para siempre, en un mundo de imágenes estáticas.

© 2016 M. Floser.

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