Microficción #33

runes
(Imagen libre de licencia de: Stevepb)

Absurdo

Las ruedas de la silla crearon profundos surcos en la arena del valle. El joven se detuvo a descansar, le dolían los bíceps de hacer girar los aros de empuje, pero merecía la pena solo por aquella vista. Desde la ladera de la pequeña colina podía verse toda la llanura, el bosque de las Mil ciento cincuenta y dos sombras, y el lago de los Susurradores, donde las almas ahogadas en sus aguas susurran a los despistados que se larguen de ahí antes de que corran la misma suerte que ellos.
    Mieeeeiee, así se llamaba el chico de la silla de ruedas, se sobresaltó al notar una mano enorme en el hombro. A veces se olvidaba de que Jueieornnrunennnierruen, más conocido como Juei, le acompañaba en aquel viaje.
    —¿Estás bien, Mieeeeiee?
    —Un poco cansado, pero mira esto, Juei… ¿no es lo más hermoso que has visto?
    —No está mal.
    Más allá del bosque de las Mil ciento cincuenta y dos sombras, estaba el horizonte, donde las nubes lanzaban impulsos rojos y descargaban relámpagos negros contra el suelo ocre. Un conjunto de colores insoportablemente hermoso. Mieeeeiee sonrió, giró sobre sí mismo, y giró los aros de empuje para que la silla se moviera. No tenían tiempo que perder, debían encontrar al mago que se escondía en la última gota de rocío mañanero, si querían acabar con aquella aventura.
    Era realmente difícil hacer que la silla rodara por aquel terreno de tierra, y deseó que algún día alguien creara caminos duros y firmes, se los imaginó negros y con líneas blancas discontinuas, Mieeeeiee tenía una imaginación desbordante. Cuando habían recorrido apenas cincuenta metros, un remolino de arena se levantó delante de ellos, alborotando el pelo blanco del niño, y las cejas negras, despeinadas, de Juei. La columna de arena giratoria estalló y, ante ellos, apareció un viejo muy bajito, a penas del tamaño de un niño de 15 años, cuando el niño está de rodillas en el suelo.
    —¡Quién va! —exclamó el viejo con una voz ridículamente aguda.
    —Mi nombre es Mieeeeiee y él es Jueieornnrunennnierruen, más conocido como Juei. ¿Quién es usted? —todo aquello, Mieeeeiee lo dijo mirando hacia el suelo, porque el viejo se había sentado a descansar, mirándoles con el ceño fruncido y sus cejas, unidas en el centro, arqueadas en una expresión clara de «no me gustáis un pelo».
    —Mi nombre es Irrelevante.
    —Hombre… nosotros nos hemos presentado, lo justo es que usted haga lo mismo.
    —¡Ya lo he hecho! Mi nombre es Irrelevante, Irrelevante Joren Jorenin.
    Mieeeeiee miró a Juei, confuso.
    —Ah… vale. Encantado, señor Irrelevante. ¿Nos dejará pasar?
    —Depende. ¿Qué tenéis para mí?
    Juei, que se había mantenido callado, se adelantó unos pasos.
    —Yo tengo una espada más grande que tú.
    —Yo no empuño armas.
    —Pero yo sí, y te puedo ensartar como un maldito cochino.
    Irrelevante se levantó de un brinco, miró espantado a Juei, y le señaló con el dedo acusador, agitando la mano de forma nerviosa.
    —¡Has amenazado a un Joren Jorenin! ¡Ya no te dejo pasar!
    Juei asió la empuñadura de la espada que llevaba a la espalda, y la desenvainó un poco. Irrelevante palideció y agitó esta vez las dos manos. Corrió hacia el hombre, se abrazó a su pierna y empezó a frotar su mejilla contra la rodilla de este, como si fuera un gato.
    —¡Anda, anda, no te tomes la vida tan en serio! Si te pones así os dejaré pasar.
    Juei dejó el arma y empezó a andar, le costaba dar pasos con el viejo amarrado a su pierna, pero por más que pateaba el aire no conseguía que Irrelevante se soltara. Gruñó y volvió a coger la espada. Cuando sonó el chirrido de la hoja acariciando la vaina, Irrelevante se soltó, cayendo de culo al suelo y se alejó del hombre. Mieeeeiee sonreía ante el espectáculo que le estaban brindando, empezó a mover la silla, y dejó a Juei arreglárselas él solo.
    Irrelevante le tiró un beso perturbador, y empezó a girar sobre sí mismo, volviéndose un remolino de tierra que se esfumó con el viento.
    —¿Qué coño ha sido eso? —dijo Juei agotado. Se encogió de hombros y empezó a andar a paso rápido para alcanzar a Mieeeeiee. No dijeron nada durante un rato, mejor así, aún tenían que encontrar al mago de la última gota del rocío mañanero, y llegar al Palacio Negro de la Negrura Oscura para derrotar al brujo que se escondía allí, mirándose al espejo y escupiendo fuego por la ventana. Luego podrían volver a casa, a ver qué ponían en la tele.

© 2016 M. Floser.

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4 comments

  1. ahuanda · noviembre 23

    ¿Jueieornnrunennnierruen? ….ahora al revés 😀

    • M. Floser · noviembre 23

      Dime una cosa, ¿lo has escrito tú, o has hecho un copy and paste? Porque a mí, que me lo inventé, me costó muchísimo repetirlo… jajaja

      • ahuanda · noviembre 23

        Jajajajaja, me has pillado 😦

      • M. Floser · noviembre 23

        Jajajaja, fue divertido escribir este relato. Espero que te haya gustado.

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