Microficción #29

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(Imagen libre de licencia PublicDomainPictures)

Sonríe

No le golpeaba nunca en la cara, tampoco había mostrado interés en pedir un rescate. Llevaba un mes secuestrado, y lo único que hacía aquel chalado era pedirle que sonriera para poder hacerle una foto. Cuando se negaba a sonreír, le hundía los nudillos en el vientre una y otra vez hasta que obedecía.
    Aquel día hubo un cambio, una novedad en aquel extraño juego que se traía su secuestrador. Llevaba tres días sin aparecer y eso era extraño, nunca faltaba a la foto de las cinco de la mañana, ni la de las dos del mediodía y, mucho menos, a las de las siete de la tarde. Tres fotos, cada día, menos esos tres días en los que el extraño hombre se ausentó.
    La puerta de la habitación oscura se abrió, y en el umbral, iluminado por la luz del pasillo, había un desconocido, un anciano encorvado con el pelo totalmente blanco. Encendió la luz de la sala y el secuestrado notó como sus ojos protestaban con lágrimas de dolor. Tres días a oscuras. Cuando se acostumbró a la iluminación, vio que el hombre tenía el rostro lleno de manchas, y en su mano sujetaba una cámara polaroid.
    —Sonríe —dijo con esfuerzo, como si aquella simple palabra pesara una tonelada.
    —¿Quién es usted?
    —Sonríe…
    Resignado, y por miedo a que volvieran a golpearle el vientre, el secuestrado sonrió. Sus pómulos se afilaron y su rostro, lejos de endulzarse, se volvió más tétrico por los ojos aterrados y surcados por oscuras ojeras. El secuestrador enfocó con la cámara y cegó al hombre con el flash, cogió la foto que salió de la base de la cámara y la agitó en el aire. Luego la contempló y, al hacerlo, sus ojos se volvieron blancos como la nieve.
    Desde el suelo, el secuestrado reprimió un grito de terror al ver que aquel anciano de piel colgante, empezaba a mutar. Su piel se estiraba y se suavizaba, su pelo se ennegrecía y su postura se corregía, enderezándole la espalda. Un rostro familiar apareció ante el secuestrado, era el mismo hombre que llevaba golpeándole desde hacía un mes, el mismo que llevaba tres días sin aparecer. ¿Qué estaba pasando allí? El secuestrador miró a su reloj.
    —Volveré a las dos.
    Y salió de la habitación, no sin antes apagar la luz y dejar al secuestrado en penumbras, con los ojos muy abiertos, sin entender nada de lo que acababa de ver.

© 2016 M. Floser

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Escritor de fantasía y terror.
Director de La Máquina estilográfica.
www.twitter.com/M_Floser
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