Mitología Narrada 4: Cíclopes

[Nota fija]→ «Mitología Narrada» es la sección en la que os presento un personaje mitológico, seguido de un relato inspirado en el mismo. ←[nota fija]

CÍCLOPES

Aunque hay dos generaciones distintas de cíclopes, quisiera centrarme en la primera generación, que se refiere a los tres hijos de Urano (personificación del cielo) y Gea (la Tierra Madre), sus nombres eran Brontes, Estéropes, y Arges. Su padre, asustado por el terrible poder de estos gigantes con un solo ojo en medio de la frente, los encerró en el Tártaro. Luego, el titán Crono los liberó, junto con los Hecatónquiros (gigantes con cien brazos y cincuenta cabezas), y los gigantes, para derrotar y castrar a su padre Urano. Cuando hubieron derrocado a este, Cronos los volvió a encerrar en el Tártaro, donde quedaron hasta que Zeus (padre de los dioses y los hombres) los volvió a liberar. Los tres cíclopes, como agradecimiento, construyeron los rayos para que el dios pudiera usarlos para combatir a sus enemigos. Arges puso el brillo de los rayos, Brontes el trueno y, por último, Estéropes el relámpago.

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(Ilustración de un Cíclope. Por Miguel Ossandón Leal)

También fueron ellos tres los responsables de crear el tridente de Poseidón (dios del mar), el arco y las flechas de Artemisa (Diosa de la caza, los bosques y los animales y protectora de la virginidad) y el casco de invisibilidad de Hades (dios del Inframundo). Se dice que los ruidos procedentes de los volcanes estaban provocados por el trabajo de estos tres cíclopes.

Otras fuentes apuntan que fue Apolo (dios del vaticinio y de la música) quien mató a los cíclopes como venganza, después de que Zeus, su padre, matara a su hijo, Asclepio haciendo uso de uno de los rayos que ellos le forjaron.

LIBERADOS

El rugido del volcán resonó en toda la isla, como una amenaza que prometía bañar el suelo con lava una vez más. En el interior, soportando el calor infernal, tres gigantescos cíclopes discutían acaloradamente, uno de ellos, sentado en el suelo, miraba a sus dos hermanos que hacían aspavientos y se escupían.
    —¡Estás loco, Brontes! —dijo uno de ellos, clavando su pupila dilatada en la de su terco hermano, que empezaba a perder la paciencia. Ambos vestían taparrabos hechos con la piel de algún animal capaz de proporcionarles la tela suficiente. Sus barrigas abultadas parecían estar a punto de tocarse, de unirse por el ombligo, pero Brontes se separó para evitar un posible golpe—. ¿Cómo puedes seguir fiándote de esa familia?
    —Él es distinto, Estéropes, te digo que es distinto a su padre y su abuelo.
    —¡También pensamos que Cronos era distinto a su padre, pero nos hizo lo mismo que Urano. ¡No pienso volver al Tártaro! ¿Pretendes que ayude a ese saco de huesos? ¿Que te ayude a ti a crear un arma que podría usar no para encerrarnos, sino para fulminarnos? —Estéropes tuvo que coger aire, su rostro marronáceo se había enrojecido, y su enorme ojo parecía querer salírsele de la cara—. ¿Tú no piensas decir nada, Arges?
    El tercer hermano, desde el suelo, se lo quedó mirando, sorprendido de que le preguntaran. Jamás le preguntaban nada.
    —Yo… yo…
    —¡Bah! Es inútil preguntarte. ¡Escúchame bien, Brontes! Lo que me pides es imposible.
    Se giró y dio un golpe a la pared del volcán, y el suelo de la isla volvió a rugir.
    —Brontes, él nos salvó. Nos liberó, y no tenía por qué hacerlo.
    —¡Otra vez! —gritó Etéropes—. ¡Eso también lo hizo su padre, y su abuelo antes que él!
    —No te voy a obligar, hermano, pero yo quiero crear ese arma para él. Sé que no nos traicionará, lo veo en sus ojos. Zeus es distinto. Te necesitamos, ya lo tengo todo pensado: Arges pondrá la luz, yo el trueno y tú, Estéropes, los relámpagos. ¿Te lo imaginas? Será nuestra mejor creación, el cielo se iluminará, y todos recordarán nuestros nombres. No podrán encerrarnos, el mundo nos necesitará, ¡los dioses nos necesitarán!
    Estéropes miró a sus hermanos, emocionado por las palabras de Brontes, excitado por la imagen tan poderosa que se había formado en su cabeza. Se imaginó como un ser importante, intocable. Quizá Zeus y sus futuros hijos se encargarían de los titanes, ¿por qué no otorgarles las herramientas para conseguirlo? ¿Por qué no hacer que gran parte de esa victoria fuera gracias a ellos? Sí, Brontes tenía razón, tenían que crear los rayos, la más poderosa arma que hubieran construido, la más difícil, la más peligrosa. Luego todos los dioses acudirían a ellos con el rabo entre las piernas.

© 2016 M. Floser.

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