Story Cubes 1: Noche

[Nota fija]→ «Story Cubes» es una sección dentro de «Ejercicios de escritura». En esta sección haré uso de los dados Story Cubes para componer una historia improvisada.

Story Cubes1
(Resultado obtenido al lanzar los dados Story Cubes)

1
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5
6
7
8
9
(Numeración de los dados en el texto)

NOCHE

Llevaba ya más de cinco horas andando desde que dejara el castillo de su padre, cargando solo con un hatillo1 lleno de parches en el que guardaba su comida. Miraba de vez en cuando a su espalda, espantado por los sonidos del bosque, sabiendo que los animales salvajes8 estaban acechando entre la maleza, esperando un descuido suyo para lanzarse y devorarle. Sintió un sudor más frío que su propia piel cuando el ulular de un búho a su espalda hizo que se girara de un salto. «Me cago en la puta» maldijo por su propio susto.
    Se detuvo y miró al cielo, intentando serenarse. La luz de la luna le iluminó el rostro cetrino e hizo que sus ojos grisáceos brillaran. Entre las copas de los árboles pudo ver pasar a toda velocidad un haz de luz, era la primera vez que veía una estrella fugaz3, era realmente hermosa. Sonrió, hacía quinientos años que nació, y nunca había visto algo así. Sobreprotegido por su padre, encerrado en una mazmorra4 por su propia seguridad —o eso decía el conde—. Contándole historias sobre unos seres cuyos corazones latían, «dientes romos» era el nombre que su padre les había puesto a los seres mortales que, pese a su fragilidad, se mostraban como salvajes. Pero aquello le parecían simples cuentos de hadas2, historias para que se le quitara aquella curiosidad acerca del mundo exterior que se había ido gestando en su interior.
    Siguió mirando el cielo, y notó que el negro estrellado iba tiñéndose de un tono plateado, y que las estrellas se difuminaban poco a poco con la claridad incipiente. El día estaba a punto de llegar, y con él, el sol abrasador y mortal. Corrió, a una velocidad que hacía que los árboles a su alrededor se convirtieran en borrones marrones y verdes. Se detuvo de golpe, levantando un trozo de tierra con sus pies, y se fijó en lo que le envolvía. Estaba en un claro, gobernado por un enorme estanque de agua turbia cuyo fondo no se podía ni distinguir. Solo un animal nadaba majestuosamente en su superficie negruzga, un cisne9 perfectamente blanco que parecía dispuesto a ignorar la suciedad del agua.
    Frente al estanque se alzaba una cabaña de piedra, con techo de paja amarilla y, delante de la puerta, a apenas diez pasos, un cartel6 de madera clavado en el suelo en el que podía leerse «propiedad privada, no pasar». El cielo sobre el claro empezaba a azularse poco a poco. Miró al cielo, luego al cartel, a la cabaña y, por último, al cisne, como si él le fuera a dar la solución o invitarle a pasar al interior. Suspiró, se encogió de hombros y cruzó la puerta de madera, cerrándola tras él, y quedando a salvo del sol.
    Si su corazón hubiera latido, como el de las bestias de las que hablaba su padre, seguramente le habría ido a toda velocidad, excitado por lo que estaba viviendo. Sonrió, y se concentró en la casa a la que había entrado: era más grande de lo que parecía desde fuera. A su derecha había una mesa de madera llena de restos de comida. Platos sucios, con moscas revoloteando por encima, como buitres esperando a lanzarse contra la carroña. Al fondo, junto a una ventana pequeña por la que casi no entraba luz, vio una jaula pequeña. Se acercó a ella, intrigado por el animal que se movía en el interior. Era un pequeño roedor, gris, de patas diminutas y una cola igual de pequeña. Cuando el animal le vio acercarse saltó a una especie de rueda7 fijada en el lateral de la jaula y empezó a correr, haciéndola girar a toda velocidad. No entendió nada, ¿por qué esa criatura estaba encerrada? Se encogió de hombros y siguió andando por la casa, en la pared que quedaba justo delante de la entrada principal, había algo interesante colgado de un robusto clavo. Era un cristal redondo, precioso, enmarcado con una madera que se retorcía como los rayos del sol. Se acercó al cristal, perfectamente pulido, y le fascinó ver que había algo en él. Miró y vio una copia exacta del salón que tenía detrás, solo que todo estaba al revés. Inspeccionó bien aquel objeto y, al moverse vio que el cristal cada vez abarcaba más imágenes, como si todo el mundo se encontrara dentro y pudiera asomarse. A su derecha, en el cristal, vio una jaula idéntica a la del animal que acababa de ver. Sus ojos se abrieron como platos al comprobar que la copia del roedor se movía. Miró al que había a su lado, y luego al del interior del cristal. ¿Qué era aquello? ¿Brujería? Corrió a la mesa y cogió una copa de cristal, se acercó al objeto de la pared y vio como en el otro lado se veía una copa flotando, una copa idéntica a la que él sujetaba en su mano. Se asustó y la soltó, dejando que tanto su copa, como la copia del cristal, se precipitaran contra el suelo. Solo se escuchó como se rompía una de las copas, la otra pareció enmudecer.
    —¡¿Qué coño ha sido eso?! —gritó una voz robusta que hizo que el pobre asustado diera un salto. De una puerta a su izquierda salió un ser grotesco. Podía decirse que se parecía un poco a él, pero su piel era de un color rosado enfermizo, aunque sus mejillas estaban rojas y tenía unas manchas azules bajo los ojos. Le miró, con unos ojos marrones que daban verdadero terror. Su mano sostenía un objeto extraño, largo y cilíndrico, aunque se ensanchaba hacia la punta. Era de madera. Parecía un cruce entre un palo y una espada. Se golpeaba la palma de la mano, rosada, con el arma—. ¿Quién eres tú? —le dijo, casi gritando.
    Empezó a retroceder aterrorizado5 cuando aquella criatura empezó a andar hacia él, respirando con fuerza, soltando gotas de saliva por entre los dientes. Se golpeó contra la mesa llena de comida y sintió un profundo miedo al ver que no podía seguir retrocediendo. La bestia le cogió del cuello, su mano estaba caliente, y pareció reaccionar al entrar en contacto con su piel fría, porque se apartó de golpe. La criatura salió corriendo, acercándose a la pared. Pulsó un botón y la cabaña se vio bañada por una luz que le acuchilló las pupilas, cegándole.
    —¿Qué demonios eres tú? —preguntó la criatura. Cuando la ceguera se pasó, pudo ver como aquel ser sostenía el arma con las dos manos, meciéndola cerca de su oído—. ¡Qué eres!
    —So-so-soy Licán —dijo, y vio como el ser se tapaba los oídos, como si su voz le molestase—. So-so-soy el prí-príncipe Licán. Ve-vengo del castillo de Briew. No me mates, por favor.
    Los ojos del ser se abrieron, y Licán vio que al rededor del iris, se acumulaban una serie de venas rojas. Le miraba de arriba a abajo, y su pecho se movía muy rápido.
    —¿Bri-Bri…? ¿Has dicho Briew?
    —Así es, por favor, no me mates.
    El ser ignoró a Licán, y se lanzó contra él. Volvió a cogerle del cuello, aunque esta vez su mano pareció no reaccionar con la diferencia de temperaturas. Le miró con un odio y un miedo que Licán jamás había visto.
    —¡Rosalin! —gritó—. ¡Rosalin! ¡Trae la puta estaca, nos está atacando uno de esos chupasangres!
    Y antes de que pudiera decir nada, Licán recibió un potente golpe en la cabeza y calló al suelo. Todo se volvió lento mientras caía, y cuando su cabeza tocó el suelo, vio como de la misma puerta que había salido aquel ser, salía otra criatura parecida, aunque más gorda, con unos enormes pechos que votaban con cada zancada que daba. Tenía el pelo cubierto por un gorro hecho con red, y en la mano llevaba un trozo de madera afilado. Hablaron entre ellos, aunque Licán no pudo escuchar nada, se dejó vencer por la oscuridad y perdió el conocimiento. Jamás volvió a despertar, y ahora, el conde Briew sigue buscándolo por todo el reino, advirtiendo a los humanos de que si descubre que han tenido algo que ver con la desaparición de su hijo, el peso de todos los vampiros de la Tierra caerá sobre sus cadáveres.

© 2016 M. Floser.

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