Las tres palabras 1: “Suministros”

[Nota fija]→ «Las tres palabras» es una sección dentro de «Ejercicios de escritura». Así mismo, este ejercicio ha sido extraído del blog «CabalTC» de David Olier. En esta sección haré relatos incluyendo tres palabras generadas automáticamente.

Para este primer post he querido pedir ayuda a mis seguidores de Twitter y poder mezclar así dos palabras de usuarios, con una generada automáticamente.

Diafragma1
Racimo2
Provincia3

SUMINISTROS

Las puertas se abrieron con un rechinar desesperante. La luz del sol estaba bloqueada por gruesas cortinas negras, y la única iluminación de aquella sala era la de las antorchas que se adentraban en las bocas abiertas de cadáveres putrefactos que miraban a las alturas, con moscas revoloteando, posándose en sus ojos abiertos de forma perpetua.
    Un hombre alto, embutido en una armadura negra como la noche, entró en la sala, caminando por una alfombra que en otro momento había sido roja, pero que ahora era una amalgama de manchas: de sangre, de bilis, vómito e incluso orina. A su lado caminaba un ser de piel verde, cubierto únicamente por un taparrabos de piel de tigre. Se movía apoyando los nudillos de la mano derecha en el suelo, como un simio renqueante. En la mano izquierda, la que no apoyaba, llevaba con orgullo un racimo2 de ojos, enredados entre sí, goteando sangre sobre sus dedos y manchando el suelo a su paso, dejando un camino de gotas oscuras en la alfombra. De los labios de la bestia, finos, casi inexistentes, caía un hilo de baba viscosa. Sus ojos llenos de necrosis producían escozor con solo mirarlos. A los lados de la cabeza plana, calva, se alzaban dos orejas puntiagudas que sobrepasaban la altura de su coronilla. El hombre, de pelo largo y castaño, posó la mano sobre el pomo de su espada, en el costado izquierdo y, cuando estuvo al pie de unas escaleras planas, forradas con la alfombra, hincó su rodilla y agachó la cabeza.
    —Majestad, somos sir Loein, y Furcón, de la provincia3 de Porxen —dijo el humano de corrido.
    Sobre las escaleras, sentada en un trono negro como el carbón, una mujer vestida de negro, con un traje de plumas de cuervo, miraba con la cabeza alzada a los dos visitantes. Era una mujer horrenda, pero no por falta de belleza, sino por la perversión del alma que se advertía en el brillo de sus ojos castaños. Podría decirse que aquella era una carcasa hermosa, para un relleno que hacía demasiado tiempo que se había echado a perder. Junto a ella, dos hombres enormes, ataviados con sendas armaduras plateadas, se mantenían firmes, mirando al techo.
    —¿Qué traéis? —dijo la mujer con una voz que helaba el aire.
    —Suministros para su longevidad, mi reina.
    sir Loein señaló los ojos que alzaba Furcón, para que la reina en sombras pudiera contemplarlos. Una sonrisa torcida se dibujó en el rostro de la mujer. Una sonrisa tan corrupta como el resto de su ser.
    —¿Por qué sois dos?
    —¿Mi señora?
    —Solo veo a uno de vosotros trayéndome suministros. Sois dos visitantes, deberían haber dos entregas.
    Las palabras de la reina sonaron como una amenaza. No se sabía cómo había conseguido hacer que aquella aclaración sonara tan terrible, pero el caso era que sir Loein empezó a sudar, y las piernas enclenques y fibradas de Furcón, empezaron a temblar. Los dos visitantes se miraron, ambos sabían lo que había querido decir la reina. Sir Loein no traía nada consigo, así que debería pagar un precio, el sería el suministro que la reina usaría para alargar su vida. No podía permitir tal cosa. Se levantó a una velocidad imposible, desenvainó su espada y se lanzó contra Furcón. El monstruo, desprevenido, no pudo hacer nada para esquivar el ataque. La espada se le clavó en el diafragma1 y cayó al suelo de espaldas, sir Loein se tiró encima suyo y le abrió el cuerpo en canal, metió la mano en el interior del monstruo, cálido y húmedo, y le arrancó el corazón. Luego le levantó la mano izquierda, esforzándose por separarle los dedos que amarraban los ojos que le habían traído a la reina, se puso en pie levantando ambos trofeos y miró a la mujer directamente a los ojos, cubierto por la sangre de Furcón, su amigo, su víctima, el objeto de su supervivencia.

© 2016 M. Floser.

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