Microficción #26

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(Imagen libre de licencia Bykst)

La bruja de Loerien

La luna invadió el cielo de Loerien y los elfos, atraídos por el canto de los grillos, empezaron a salir de sus casas hechas de piedra, hojas y cortezas de árbol. Aquella noche sonarían las flautas de pan y las canciones de la fiesta del solsticio de estío. Y comerían manjares, y bailarían alrededor de la hoguera de fuego azul que el anciano Leiriepo prendería en el Claro del bosque.
    El hermano Heruei salió de su casa, desperezándose por el largo sueño del que acababa de despertarse. No podía creerse que el verano estuviera a punto de llegar. Había tanto que hacer, y tan poco tiempo. Miró a su alrededor, llenando los pulmones con el olor que la primavera había dejado en el bosque.
    —¡Buenas noches, hermano Heruei! —dijo un elfo bajo, de piel canela y pelo platino. Era joven, apenas unos doscientos años, y la melena aún no había alcanzado sus omóplatos. Cargaba un tronco en el hombro, como si no pesara nada. Cuando se giró para encarar a Heurei, estuvo a punto de golpear en la cabeza a una elfa rechoncha pero hermosa, con el pelo por las lumbares y una piel pálida como la nieve. Era la hermana Keiren, que tuvo que agacharse para que el tronco no le alcanzara.
    —Buenas noches, hermano Jeuriex. ¿Qué tal te has despertado?
    —¡Perfectamente! He tenido tantos sueños hermosos… esta ha sido una de las mejores jenrij de los últimos cincuenta años.
    —Y que lo diga, hermano Jeuriex. Y que lo diga.
    Jenrij era el nombre que los elfos habían puesto al periodo de hibernación. Ambos se despidieron golpeándose las sienes con los nudillos y extendiendo los brazos hacia la luna. Jeuriex tuvo que girarse para poder señalarla, y al hacerlo provocó que otro elfo, alto y elegante, con el pelo por el trasero, se tuviera que apartar de un salto.
    —¡Disculpe, hermano Burien!
    —¡Cuidado con ese tronco, hermano Jeuriex! —dijo el elfo erguido, con una sonrisa forzada en el rostro—. Acabará dejando inconsciente a alguien hasta el solsticio del año que viene.
    —Sí, hermano Burien. ¡Nos vemos en el Claro!
    Jeuriex siguió su camino, saludando a diestro y siniestro. Girándose de vez en cuando, provocando que los elfos a su alrededor tuvieran que agacharse, o inclinarse forzosamente para que el tronco no les golpeara. «Qué peligro tiene ese muchacho», pensó Heruei. Anduvo en la dirección que tomaba el hermano Burien, y ambos empezaron a charlar amistosamente. El más alto posó la mano sobre el hombro de Heruei.
    —¿Ha dormido bien, hermano Heruei?
    —Como un niño. ¿Y usted, hermano Burien?
    —Bueno… he tenido una pesadilla.
    —¿Una pesadilla? ¡Tiene que explicársela al anciano Leiriepo!
    —No se apresure. Solo fue una pesadilla. No le dé más vueltas.
    Heruei suspiró. Una pesadilla durante la jenrij no era una buena noticia. Intentó no darle más importancia, pero estaba claramente nervioso.
    —De verdad que no tiene que preocuparse, hermano Heruei. Nos vemos luego en el Claro.
    Y al despedirse se golpeó la sien y buscó la luna con el puño. Heruei hizo lo mismo y siguió andando. No podía seguir pensando en ello. Iba a pedirle matrimonio a la hermana Arioln.

    Las risas invadían el Claro del bosque. Olía a ponche de resina, y a ensalada de semillas. El fuego azul crepitaba en el centro del Claro, y un centenar de elfos se reunían a su alrededor. La luz proyectaba sombras alargadas, y la luna, en el centro exacto de aquella reunión, justo encima de la hoguera, contemplaba la fiesta. Un hombre enjuto, con el pelo blanco hasta los tobillos miraba a los elfos sonriendo. Bebía ponche de resina de un vaso de madera, y se relajaba sentado sobre un grueso tronco caído.
    —¡Es una fiesta estupenda! —gritó el hermano Heruei acercándose a él y dejándose caer sobre el tronco—. ¿No le parece, anciano Leiriepo?
    —Ciertamente, hermano Heruei.
    El anciano miró a Heruei y se fijó en la melena. Cuando se acercó a él vio que ya le alcanzaba los muslos.
    —Mírate, ¿cuántos años has cumplido esta jenrij?
    —Aún soy joven, tengo solo 878 años. Me siento bien, mejor que nunca.
    —Bendita juventud. ¿Has dormido bien?
    —Así es, ¿y usted?
    —He tenido una pesadilla.
    Heruei le miró con los ojos muy abiertos. ¿Otra pesadilla?
    —Sé que no es buena señal. Pero de momento todo va bien.
    —El hermano Burien también ha tenido una pesadilla.
    Leiriepo estuvo a punto de responderle, pero un trueno resonó en todo el Claro, enmudeciendo los cánticos y la voz del anciano. Las flautas dejaron de entonar la melodía alegre, y los elfos y elfas que bailaban se detuvieron en seco, mirando al cielo.
    La luna se cubrió con una tela de nubes y un segundo trueno pareció querer romper el firmamento. Un trueno que se adentró en los pechos de los elfos, y les agitó el corazón. El fuego azul empezó a mecerse con violencia, y a chisporrotear. Las llamas empezaron a lanzar destellos blancos y, en un abrir y cerrar de ojos, el azul se convirtió en rojo. Un rojo tan intenso que tiñó con su luz los rostros de todos los que ocupaban el Claro. Corrieron espantados hacia donde estaba el anciano Leiriepo, y se pusieron detrás de él y de Heruei. Temblaban y se abrazaban. Jamás habían visto al fuego del anciano comportarse así.
    Alguien señaló la hoguera, sacando su brazo y su dedo índice por encima del hombro de Leiriepo.
    —¡Mirad, hermanos, en las llamas!
    Todos se fijaron en lo que el elfo dijo. Afinaron la vista para distinguir a qué se refería. Justo en el centro de la hoguera, dentro de las llamas, se empezaba a formar una silueta diminuta, negra como el carbón. Crecía a una velocidad, como si un niño sufriera una metamorfosis y se convirtiera sin descanso en un adulto. La silueta surgió de las llamas, como una sombra, extendiendo sus brazos delgados, de manos finas. Poco a poco, el negro de la figura desapareció, y un rostro verdoso apareció ante los elfos. Tenía una nariz larga, con una verruga peluda en la punta. Era una mujer, horrenda. No tenía ojos, solo dos fosos negros, y su boca, de labios negros, mostraba una dentadura formada por dos hileras de caninos. Vestía ropas negras, una túnica ajustada a un cuerpo deforme. Y sobre la cabeza, un gorro alto, cuya punta afilada se retorcía hacia atrás.
    El ser sacó la lengua, lilácea, y se frotó los labios con ella. Los dientes le hicieron una herida en la lengua, y un hilo de sangre negra como el lodo, se la cruzó en horizontal.
    —Huelo a sssangre fresssca —dijo la extraña mujer con una voz que atacaba a los tímpanos de los elfos. Se volvió a relamer y lanzó un gemido horrible, mientras salía de las llamas que le iluminaban ahora la espalda. La túnica le llegaba hasta el suelo y se esparcía raída por la tierra del claro.
    —¿Qué eres tú? —preguntó Leiriepo intentando que no se notara su miedo—. ¿Qué quieres?
    La bruja inclinó la cabeza, posando el vacío de sus ojos en el elfo que acababa de hablar.
    —¿Que quien sssoy? —aspiró el aire, como si le costase respirar—. Yo sssoy Gjurieon. La bruja del fuego. Ssseñora del bosssque. ¡Llevo oliéndoosss desssde el invierno! ¡Malditosss elfosss, perezosssosss! —volvió a aspirar. El arrebato pareció cansarle—. Llevo esperándoosss desssde que osss olí. ¡Quiero vuessstra sssangre!
    Se abrió la túnica, y del oscuro forro emergió un ejército de murciélagos que atacó a los elfos. La bruja lanzó una risotada aguda, penetrante, que heló la sangre de los elfos que lanzaban manotazos contra los animales que les estaban arañando la piel. Gjurieon giró la cabeza, dirigiendo su alargada oreja hacia donde estaban los elfos, y dibujó en su rostro una sonrisa afilada por las dos hileras de su dentadura. Había esperado mucho, pero por fin iba a poder encargarse de aquellos seres cuya sangre olía tan apetecible.

© 2016 M. Floser.

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Escritor de fantasía y terror.
Director de La Máquina estilográfica.
www.twitter.com/M_Floser
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