Mitología narrada 3: Wendigo

[Nota fija]→ «Mitología Narrada» es la sección en la que os presento un personaje mitológico, seguido de un relato inspirado en el mismo. ←[nota fija]

WENDIGO

El wendigo es un ser mitológico originario de los pueblos algonquinos1, en Estados Unidos y Canadá. Se le suele describir como una criatura horrible, con aspecto entre humano y bestia, con las manos muy grandes, de dedos largos. En muchas ocasiones se le atribuye cabeza de ciervo, también de lobo. Es alto, delgado, aunque otras veces se le describe como un ser corpulento que se alimenta de musgo. En otras leyendas se le presenta como un ser inofensivo, que se dedica a seguir a los viajeros que se aventuran en los bosques de América del Norte y Canadá. Cuando las personas se giran al notar que alguien les sigue, el ser desaparece. A pesar de que en estas historias el wendigo no ataca a la gente, la sensación de ser perseguido genera un estrés tan grande en los viajeros, que el miedo les lleva a perderse en los bosques y morir.

wendigo
(Ilustración de un wendigo. Artista desconocido)

Generalmente el wendigo está ligado al canibalismo, se dice que, castigados por comer carne humana, los nativos americanos eran convertidos en estas bestias, condenados a devorar carne humana por el resto de su vida. Otras leyendas señalan que el primer wendigo fue un hombre al que su pareja traicionó. El hombre, dolido, mató a su amada y se comió su corazón. Pero en vez de disfrutar de la venganza y sentirse mejor con ello, el propio corazón del hombre se congeló y él se convirtió en una bestia que comía corazones.

1 Los pueblos algonquinos son uno de los pueblos nativos americanos más extendidos por Norteamérica. Sus tribus se contaban originalmente en cientos y cientos de miles. Son un grupo de gentes que hablan lenguas algonquinas.

FUEGONEGRO

Una rama seca crujió bajo los pies del pequeño hombre. Era un personaje de no más de metro sesenta. Vestía pantalones anchos, embutidos en botas militares y sujetaba tembloroso un trabuco que esperaba le salvara si algo le atacaba. El chaleco raído estaba empapado en sudor, como su frente despejada. Llevaba el cuello tapado con una bufanda roja. Era calvo, tenía una enorme nariz roja por el alcohol, unas gafas redondas con cristales rallados, y un sombrero de ala ancha. Miró su pie, sobre la rama partida, y luego echó un vistazo al hombre que le acompañaba, que se había detenido en seco para mirarle. Era una figura alta, delgada y oscura. Un sombrero, también de ala ancha, completamente negro, le hacía sombra en unos ojos que solían helar la sangre de cuantos los contemplasen. Solo se veía su boca, apretada en una fina línea horizontal que expresaba el enfado que aquella torpeza le había provocado. Vestía una levita negra, sobre una camiseta de manga larga negra, remetida por los pantalones tejanos, por descontado negros que, a su vez, se metían por unas botas de caña alta del color de la noche que les envolvía. El hombre se llevó el dedo índice, enguantado en cuero negro, a los labios. El del trabuco asintió, y le pidió disculpas alzando una mano en el aire. Asintieron, y siguieron andando.
    El más bajo de los dos se alegró de que el otro no hubiera estallado en cólera. No quería volver a comprobar lo que pasaba cuando Fuegonegro se enfadaba. Recordó, sin quitar la vista del suelo para poder esquivar cualquier rama que quisiera ponerle la vida difícil, cómo el último que provocó la furia de su jefe, ardió en medio de la plaza del pueblo. Las llamas que le envolvían eran negras, tenebrosas, antinaturales. Por eso aquel mago se llamaba así, sus poderes se alimentaban de la oscuridad del mundo, del odio que sentía hacia el resto de humanos, que era mucho.
    Fuegonegro se detuvo de nuevo, y el hombrecillo estuvo a punto de chocar contra él. El mago se agachó y le pidió que se acercara. El hombrecillo veía ahora el rostro de su jefe: tenía la mandíbula cuadrada y una nariz afilada. Sus ojos eran duros, cansados, con arrugas en el lateral y unas ojeras marcadas y moradas. Tenía una barba rala que le daba un aspecto descuidado. Cuando su lacayo estuvo cerca, Fuegonegro empezó a susurrarle al oído.
    —Ahí está, Fisgón, lo tenemos a menos de diez metros —la voz de Fuegonegro era horrible, parecía un serrucho cortando un listón de madera. Incluso susurrando, conseguía poner nervioso a su acompañante.
    —¿Lo ha visto, jefe?
    —No, pero lo huelo. ¡Y huele a mierda, joder!
    Fisgón alzó la cabeza y husmeó el aire. Nada. Su nariz no conseguía oler nada, la tenía siempre taponada. Fuegonegro no le miraba, alzaba los hombros y la cabeza, estirando el cuello, para otear su alrededor. Olfateó, buscando la procedencia de aquel hedor. Pero el aire le dificultaba el trabajo. Se desabrochó la levita, para estar más cómodo, y el colgante con forma de pentáculo rodeado por un círculo perfecto, hizo que Fisgón se estremeciera. En el centro del pentáculo había una gema con forma de ojo, un ojo de color ambarino, que brillaba de forma hipnótica. Fuegonegro se fijó en su ayudante, y siguió su mirada. Puso los ojos en blanco y se metió el colgante dentro de la camiseta.
    —Gracias, jefe, ese colgante suyo es superior a mí.
    —No pasa nada, Fisgón. Tenemos que hacer esto antes de que ese hijo de perra se largue. ¿Tienes claro lo que debes hacer?
    —Sí, jefe, atraerle hacia mí —dijo el hombre con un deje lastimero. «Y rezar a los dioses para que no me destripe y se zampe mi corazón» añadió mentalmente.
    Fuegonegro asintió, satisfecho, y se puso en pie. Cuando lo hizo, a través de los arbustos, vio una figura alta, delgada. Era apenas una silueta, pero aún así, conseguía infundir un miedo sobrecogedor. Volvió a agacharse, sujetando el hombro de su lacayo con fuerza.
    —¡Mierda! Creo que me ha visto.
    —¿No era esa la idea?
    Fuegonegro miró con odio a Fisgón, y este tragó saliva, arrepentido de haber dicho aquella frase. Notó los dedos de su jefe clavándose en los músculos de su hombro. Fisgón abrió la boca para gritar de dolor, pero Fuegonegro le detuvo poniéndose el dedo índice en los labios, y pasándoselo luego por la nuez. Fisgón sufrió en silencio hasta que su jefe le soltó. El hombrecillo se frotó el hombro y maldijo interiormente. «Tienes suerte de que leer los pensamientos no esté entre tus dones, porque sino sabrías lo que pienso de ti, maldito psicópata hijo de puta», pero en realidad era él el que tenía suerte de que sus pensamientos fueran seguros.
    Fuegonegro suspiró, y se armó de valor. Sacó de nuevo el colgante, y lo dejó balanceándose sobre su pecho. Lo necesitaba. Se puso en pie, pero encorvó su cuerpo, para quedar lo más oculto posible, y se perdió sin decir nada entre la maleza. Fisgón quedó solo, armado con el trabuco, y con sus pensamientos negativos sobre aquel plan. ¿Por qué siempre acaba haciendo él de carnaza? La respuesta era obvia, él no tenía ninguna posibilidad contra criaturas como aquel wendigo al que estaban a punto de enfrentarse.
    Resopló repetidas veces, como si aquello sirviera para que su corazón dejara de latir desbocado. Se acercó a los arbustos por los que su jefe decía haber visto a la criatura, se asomó ligeramente, mirando de izquierda a derecha. Los árboles formaban siluetas siniestras en aquel bosque nocturno, los animales emitían sonidos perturbadores, y cada brisa parecía un enemigo dispuesto a atacarle por la espalda. Justo delante de él, a pocos metros de distancia, encontró al ser bañado por la luz blanquecina de la luna. Era horrible, el más terrible de todas las bestias contra las que se habían enfrentado Fuegonegro y él. Alto, de largas y delgadas piernas, con pies enormes que parecían pezuñas de ciervo. Su tronco era alargado, demasiado, y los brazos, igual que las piernas, largos y fibrados, acabados en unas manos enormes de dedos larguísimos. Sus uñas parecían afiladas como sables. Su cabeza era una mezcla extraña. Parecía un lobo, pero de las sienes le brotaban cuernos de ciervo. Babeaba y tenía los pelos de la barbilla llenos de saliva sanguinolenta.
    Se volvió a esconder, respirando con dificultad, abrazado al trabuco que, en aquel momento, era lo más parecido a un amigo que tenía cerca. Recordó las palabras de la mujer que les había contratado: su yerno mató a su querida hija porque esta le fue infiel con el médico del pueblo. El hombre, celoso y dolido, asesinó a su mujer a sangre fría, la abrió en canal y le devoró el corazón. Los espíritus del bosque, al ver la sangre de la mujer, maldijeron al asesino, convirtiéndolo en aquella bestia, y lo condenaron a vagar por los bosques devorando los corazones de todos aquellos que se adentraran en su espesura.
    Figón pensó que aquella historia era demasiado rebuscada. Y hace apenas diez años habría pensado que le tomaban el pelo. Pero ese era el tiempo que llevaba trabajando para Fuegonegro, el mayor brujo cazador de monstruos de todo Estados Unidos. Habían luchado contra vampiros, se habían enfrentado contra el chupacabras. Así que cualquiera que le dijera que aquellas bestias eran cuentos de viejas, por él podía irse al infierno. Lo que había en aquel claro del bosque no era un cuento. Su enorme boca de colmillos tan largos como la propia cabeza de Fisgón, no era un cuento. «¡Maldita sea! Ojalá fuera un jodido cuento»
    Fisgón escuchó un silbido, no era un búho, ni ningún otro pájaro, era un silbido corto y repetitivo. Era Fuegonegro, dándole la señal para que atrajera al wendigo. El hombre suspiró, y se llenó de un valor que jamás había tenido. Se levantó y encaró al claro del bosque donde estaba el monstruo. Se frotó la nariz, contemplando a la bestia que buscaba el sonido de aquel extraño silbido. «Eso, ve a por ese mamón y evita que me cague en los pantalones». Pero sabía que eso no era probable, el wendigo siguió quieto, pasmado en el claro. No, no estaba simplemente pasmado, a sus pies tenía una criatura desangrada. Era un excursionista, aún tenía la mochila a la espalda, pero en su pecho se abría un enorme agujero que regaba con sangre la hierba del suelo.
    Volvió a sonar el silbido.
    «¡Ya va, ya va! Maldita sea».
    Fisgón salió al claro. El wendigo lo miró con mucha atención, ladeando la cabeza. Parecía que el peso de los cuernos fueran a hacer que perdiera el equilibrio, pero no fue así. El monstruo ladeó la cabeza hacia el otro lado. Sus ojos eran un pozo negro, vacío. No veía, pero su hocico se movía, husmeando el aire. Se giró hacia Fisgón, y al hacerlo pisó la cabeza del excursionista con una de sus enormes pezuñas. No pareció darse cuenta de que estaba haciendo aquello, dejó el peso sobre la pata y la cabeza del cadáver se aplastó, salpicando el suelo con la sangre. Fisgón tuvo ganas de vomitar, pero no podía hacer ningún movimiento brusco. Solo rezaba por que el miedo no le paralizara.
    —Voy a tener que dispararte —dijo muy flojo, casi para sí mismo—, pero tú no te enfades, ¿vale?
    El wendigo volvió a mover la cabeza con curiosidad al escuchar la voz del hombre. Se acercó a él y, en apenas una zancada, se plantó a menos de un metro de la cara de Fisgón. Lo husmeó, y bufó en su cara. Por suerte Fisgón no podía oler el aliento de aquel engendro.
    Un nuevo silbido hizo que el monstruo girara la cara hacia la dirección de dónde venía. Era la señal. Fisgón martilleó el trabuco, lo puso bajo la barbilla del wendigo, y apretó el gatillo. Una potente explosión envolvió la cabeza del monstruo en humo. Lo desorientó. El wendigo dio unos pasos hacia atrás, haciendo que su cabeza saliera de la nube negruzca. Se llevó las enormes manos a la cara y lanzó un alarido que hizo que Fisgón se tuviera que tapar las orejas.
    El disparo no le hizo nada, pero aquel ataque no pretendía herir al monstruo. Aquello era imposible, solo un brujo podía enfrentarse a un ser como aquel. El humo que acababa de inhalar era un veneno diseñado por el propio Fuegonegro. Un veneno que adormecería a cualquier bestia oscura.
Fisgón dio unos pasos hacia la criatura, apuntó con el arma y se preparó para apretar el gatillo una vez más. El wendigo escuchó el chasquido del arma, y lanzó un manotazo. Las uñas del ser cortaron el cañón del trabuco e hirieron a Fisgón en el antebrazo. Estuvo a punto de lanzar un grito de dolor, pero aquello enfurecería más a la bestia. Se contuvo.
    El wendigo se preparó para atacar al hombre, pero sus piernas no parecían responderle. Se cayó, clavando las rodillas en el suelo. Intentó levantarse, pero volvió a la hierba. En ese momento, de entre los matorrales, salió Fuegonegro. No llevaba el colgante en el cuello, lo sujetaba con su mano derecha. Se acercó al monstruo, ignorando a su ayudante. Se puso delante del wendigo y chistó para que le mirara. Cuando el monstruo alzó la cabeza, Fuegonegro le golpeó con la mano que sujetaba el colgante. Hubo un estallido de luz, y el wendigo lanzó un gemido de dolor.
    —¿Te gusta comer corazones? —dijo Fuegonegro mientras volvía a golpearle, provocando un nuevo fogonazo—. ¡¿Te gusta matar gente inocente?! —el brujo estaba fuera de sí, golpeaba al monstruo sin contemplaciones. Fisgón no podía mirar, los destellos le cegaban—. ¡Tu vieja suegra me ha pagado muy bien para que te lleve encadenado ante ella! —se alejó un poco del wendigo, se colgó de nuevo el pentáculo sobre el pecho y se crujió el cuello—. Por desgracia para ti, no ha contratado a cualquier brujo. Yo no entrego monstruos, os doy caza.
    Y tras decir eso, se quitó el guante de la mano derecha. Su mano era completamente negra, como si estuviera carbonizada. Chasqueó los dedos mirando al wendigo y en sus ojos apareció un destello de luz ambarina que duró apenas un segundo. Justo el tiempo que tardó en escucharse el alarido del monstruo que quedó envuelto en llamas negras. Unas llamas que crepitaban, y centelleaban con la luz de la luna. El wendigo se retorcía, y daba manotazos al aire intentando librarse de aquel infierno. Pero no pudo hacer nada, las llamas de Fuegonegro solo se extinguían cuando él volvía a chasquear los dedos, y eso no ocurriría hasta que el wendigo cayera al suelo, muerto.
    El último grito agónico llegó, tan potente y desesperado, que se amplificó por el eco. Una bandada de cuervos espantados salió de las copas de los árboles. El wendigo cayó al suelo y el chasquido de los dedos de Fuegonegro extinguió las llamas. Se crujió de nuevo el cuello, se enfundó el guante, y suspiró. Estaba cansado, sus ojeras se habían oscurecido aún más, y los pómulos se le marcaban como si hubiera adelgazado en el último minuto. Cayó al suelo de rodillas, y Fisgón corrió para evitar que se golpeara la cabeza. Estaba débil, la magia le había consumido parte del alma.
    —Jefe, no se me vaya.
    Fisgón se llevó la mano al nudo de la bufanda y se la quitó, dejando al descubierto un cuello repleto de cicatrices. Eran pequeñas perforaciones más que sanadas. Obligó a Fuegonegro a sentarse, y le susurró algo al oído. El brujo abrió un poco los ojos y le miró. Sonrió.
    —Gracias, Fisgón, eres un buen lacayo.
    Su sonrisa cambió, sus colmillos se alargaron y afilaron. Fuegonegro miró el cuello de Fisgón y le clavó los colmillos. Empezó a succionarle la sangre, poco a poco, ignorando las convulsiones de su ayudante. Para eso le había contratado, era su fuente. Ese era el pacto que habían hecho cuando Fisgón intentó robar en la mansión de Fuegonegro. El brujo le perdonó la vida con la condición de que Fisgón se convirtiera en su lacayo, en su banco de sangre particular.
    Cuando hubo terminado de beber la sangre, Fisgón cayó al suelo, inconsciente, y Fuegonegro sintió como su cuerpo empezaba a quemarle. Siempre ocurría. La sangre fresca le abrasaba las entrañas, pero en unos segundos, toda la fuerza que había perdido al matar al wendigo, se restauraría.
    Esa era la extraña pareja que viajaba asesinando monstruos por todo Estados Unidos. Fuegonegro el brujo, y su fiel lacayo, Fisgón. Una pareja unida por la sangre, y una misión autoimpuesta: erradicar a las bestias de la oscuridad.

© 2016 M. Floser

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