Microficción #25

Basado en el artículo de: La Vanguardia

El visitante

Se detuvo frente al mapa de la urbanización y contempló frenéticamente cada casa. Repasando con el dedo índice el cristal que protegía el mapa.
    Se le aceleró el corazón cuando el dedo se posó encima de la casa de sus tíos. Sonrió, se pasó la lengua por los labios resecos por el torrente de emociones. Se echó hacia atrás el mechón de pelo que le partía el rostro pecoso en dos. Se mordió primero el labio inferior, luego el superior, se pasó el dedo por debajo de la nariz y volvió a recorrerse el pelo, a pesar de que el mechón seguía en su sitio. Dio un par de pasos sin moverse, mirando a su alrededor y volviendo a fijarse en el mapa. Señaló dubitativo a su entorno, como si esperara que la yema de su dedo le soplara la respuesta a las dudas que se dibujaban en su mente. Miró una vez más el mapa y se volvió a peinar. Miró hacia una calle de casas bajas y jardines llenos de setos hermosos, y empezó a andar. Se detuvo y volvió al mapa. Suspiró, asintió, y reanudó la marcha.
    El asfalto estaba seco por el sol, el césped de cada jardín, recién regado por los aspersores que había al borde de la hierba, desprendía un olor agradable. Miró a su alrededor, y se giró tanto que tuvo que andar hacia atrás. Se peinó, se pellizcó la nariz, y volvió a peinarse. Miraba cada casa, gemelas las unas de las otras. Las puertas blancas de los garajes estaban cerradas y, frente algunas, descansaban imponentes coches que relucían al sol mostrando su porte. Arrugó la nariz, se la pellizcó, se pasó el dedo índice por debajo, se mordió el labio inferior, y se peinó el pelo ya peinado. No había nadie en la calle, pero se veían familias reunidas en el interior de las casas. Hacía un calor abrasador. Siguió andando por la calle cuyo final era una rotonda bordeada por casas, que devolvía a los coches al cruce principal de la urbanización. O así sería si algún coche circulara por allí. Miró al cielo, y el sol le hizo cosquillas en la nariz. No estornudó. Se pasó el dedo por debajo de las fosas nasales, carraspeó, se mordió el labio superior y tiró ligeramente de su oreja derecha. Una anciana regaba sus setos con una manguera. Vestía un mono de jardinero que le dejaba al descubierto las espinillas, y las zapatillas. Lucía un gorro de pescador color caqui que le cubría parte del pelo rizado, completamente blanco. Ambos se miraron. Ella alzó su mano y le saludó a pesar de que no lo conocía de nada. Él se acercó a la anciana. Se pasó la mano por el pelo, se rascó la mejilla con todos los dedos, se tocó la nariz y carraspeó.
    —Bu-bu-buenas… bu-buenas ta-ta-tardes, se-se-se-señ-señora.
    La anciana miró al chico de arriba abajo. Su cabello rojo, casi naranja, sus piel repleta de pecas, sus ojos inquietos que se cerraban constantemente en un tic nervioso. Era alto y muy delgado. Vestía una camisa azul, con el cuello ajustado por una pajarita de cuadros, y un pantalón de tergal rojo. Tenía una bolsa de plástico anudada al cinturón, e iba golpeándole el muslo en cada movimiento. Dentro llevaba algo que no se veía a través del plástico opaco.
    —Buenas tardes, joven, ¿en qué puedo ayudarte?
    —E-e-e-es-e-e-estoy bu-bu-buscan-buscando la c-c-c-cas-casa d-d-d-de los Smi-Smi-S… Smith.
    —¡Oh! ¿Eres un familiar?
    —S-sí. S-s-s-soy s-s-s-s-sob-s-s-s-sob…
    —¿Sobrino?
    —S-s-sí. D-de-de él.
    —No sabía que tuviera un sobrino. Él nunca había dicho nada. Qué raro.
    El chico se encogió de hombros, se pasó la mano por el pelo, se tocó la nariz y empezó a morderse las uñas.
    —La casa de los Smith es la que está al final —dijo señalando hacia la rotonda—, el número 223.
    La cara del muchacho se contorsionó en un tic. Arrugó la nariz mientras cerraba los ojos. No dijo nada, simplemente se dirigió hacia donde la mujer señalaba, pasándose la mano por el pelo para colocar el mechón que volvía a caerle por la cara. La anciana se despidió de él, pero no recibió respuesta. La mujer suspiró y volvió a sus labores, aunque siguió pensando en lo raro que era que aquella familia no hubiera mencionado nunca que tenía un sobrino. ¿Sentirían vergüenza de él?
    El chico buscó el número 223, y lo encontró clavado junto a la puerta blanca que había al otro lado del porche. Subió las escaleras de madera, se pasó la mano por el pelo varias veces, se limpió la comisura de los labios, se colocó bien los pantalones, intentando ignorar la excitación repentina que se había acumulado en su entrepierna. Alzó la mano para tocar el timbre, pero antes de hacerlo se pasó una última vez la mano por el pelo, esta vez llegó desde el tupé hasta la nuca. Entonces tocó el timbre, y sonrió al escuchar el «din-don-din», y las voces alegres al otro lado de la puerta.
—Vamos, Cindy, cómete la fruta mientras voy a ver quién es —dijo una voz femenina cada vez más cercana, que hizo que el corazón del chico se acelerara. La puerta se abrió y en el umbral apareció una mujer alta, de tez morena, melena ondulada negra que miraba hacia el interior de la casa, haciendo que su cuello apetecible se tensara. El chico se relamió y sintió un ligero mareo por la excitación que estaba sintiendo. Cuando la mujer se giró para mirarle, se llevó las manos a la boca y empezó a temblar. Miró hacia la calle, con los ojos muy abiertos, luego hacia el interior de la casa, y de nuevo clavó sus ojos en los del chico que estaba delante de ella.
    —Ho-ho-ho-hola, tí-t-t-tía M-M-Mar-Mar-M-Mar…Mart…
    —¡¿Qué coño haces aquí?! —dijo la mujer interrumpiendo la tartamudez del muchacho. Este sonrió, se pasó la mano por el pelo y se mordió el labio. Esta vez no se mordió el labio respondiendo a un tic, se lo mordió poseído por el deseo que sentía hacia aquella mujer.
    —He-he-he ve-venido… he ven-venido a-a-a por ti.
    La mujer salió al porche, cerró la puerta tras de sí, y empujó a su sobrino, haciendo que tropezase y estuviera a punto de caerse.
    —¡Escúchame bien, maldito tarado, no sé cómo nos has encontrado, pero si te acercas a mi familia te juro que te mato! ¿Me has entendido? ¡Largo de mi propiedad si no quieres que llame a la policía!
    La mujer giró airada y se metió en la casa. Antes de que cerrara la puerta el joven posó su pie junto al marco para detener la hoja de madera, y la empujó con fuerza, abriéndola de par en par. Su tía se asustó y retrocedió al ver el rostro enrojecido por la rabia de su sobrino. El joven llevó una mano a su bolsillo derecho y sacó una navaja de botón, sacó la hoja reluciente y, sin dar tiempo a que la mujer reaccionara, se la clavó en la papada, sujetándole la nuca con la mano izquierda. Sacó la navaja y la clavó en su vientre. Su tía cayó hacia atrás, y él se vio atraído hacia ella, cayendo encima. Sacó la navaja del vientre y volvió a apuñalarle varias veces. Sus ojos estaban completamente desencajados. Reía de forma aguda, y decía cosas sin sentido.
    La voz de uno de sus primos le sacó del trance. Estaba llorando, en medio del pasillo, mirando el destrozo que el joven había hecho en su madre. Se abrazó a su oso de peluche y se orinó encima.
    —Ho-ho-hola, p-p-pr-prim-primito —dijo el joven mientras se levantaba de encima de la mujer. Se pasó la mano ensangrentada por el pelo, que se volvió más rojo. Arrugó la nariz, movió la cabeza de forma involuntaria hacia un lado, y empezó a andar hacia él cerrando la puerta con fuerza.

    Un coche negro llegó, tomando la rotonda. Se detuvo delante de la puerta blanca del garaje y un hombre trajeado, con la cabeza rapada y una perilla rojiza que enmarcaba sus labios carnosos, apretó el botón de un pequeño mando que guardaba junto al mechero del coche. La puerta del garaje empezó a abrirse. Era de noche, y las luces amarillentas de los faros empezaron a alumbrar el interior de un garaje amplio. A un lado había una colección de estanterías repletas de cajas de cartón. Frente a la entrada, sentada en el escalón que daba a la puerta que daba a la casa, el hombre pudo ver una figura. Aguzó la vista y le pareció distinguir a su sobrino. Entró el coche en el garaje, haciendo que la luz de los faros inundara la estancia. Sí, era su sobrino. Apagó el motor, puso el freno de mano, y salió del coche. La luz del garaje estaba encendida.
    —¿Qué coño haces tú aquí? —dijo el hombre. Su sobrino se levantó y pudo ver sus ropas cubiertas de sangre—. ¿Qué te ha pasado?
    —Ho-ho-hola, t-t-tí-tío. V-ven a ve-ve-ver l-lo que he he-he-hecho.
    Sin esperar a que su tío dijera nada, el chico abrió la puerta y accedió a la casa. Su tío le siguió, asustado, sentía la boca completamente seca. El pasillo en el que estaba la puerta del garaje tenía las paredes manchadas con sangre. Eran las marcas de dedos arrastrados por la superficie blanca.
    —¿Qué haces aquí, Martin?
    No obtuvo respuesta. El chico giró en el pasillo que daba a la cocina. Se pasó la mano por el pelo lleno de sangre seca, se tocó la oreja y la nariz, y se detuvo a esperar a su tío. Cuando el hombre le alcanzó, le miraba extrañado. El chico le miró, y tras un tic en el ojo que hizo que arrugara toda la cara, le señaló hacia delante con la cabeza. El hombre siguió el gesto y allí, en el suelo, vio a su familia. Sus hijos estaban tumbados uno boca arriba, y el otro boca abajo. Tenían una bolsa de basura en la cabeza y varias manchas de sangre por el cuerpo. Más allá, frente a la puerta principal de la casa, su mujer yacía sobre un charco de sangre seco, repleta de puñaladas.
    —¿T-te te gus-gus… te gusta?
    El hombre miró a su sobrino, tenía la cara desencajada en una sonrisa asesina. Miró de nuevo el escenario y sintió que algo se rompía dentro de él. No conseguía reaccionar. No dijo nada, no conseguía entender qué estaba pasando. Solo pudo volver en sí cuando notó algo clavándose en su pecho. Miró hacia abajo y vio que su sobrino sujetaba el mando de una navaja cuya hoja se hundía por completo. Una mancha de sangre empezó a crecer en la camisa blanca que vestía bajo la americana. Miró a sus sobrino, confuso, y siguió vivo el tiempo suficiente como para ver como el chico sacaba el arma de su cuerpo y se la acercaba a toda velocidad al cuello. Fue lo último que vio.
    El hombre cayó al suelo, muerto. El joven tiró la navaja al suelo, se pasó el dedo índice por debajo de la nariz, se pasó la mano por el pelo despeinado, y tiró del lóbulo de su oreja derecha. Sonrió, contemplando aquella familia reunida. Llevaba todo el día con unas ganas terribles de asesinar. Había merecido la pena la espera.
    Subió las escaleras, se desnudó y se duchó. Luego se vestiría con la ropa de su tío y quizá cenaría, acompañado de su familia. Solo quería eso, cenar con ellos. Estaba contento, era feliz.

© 2016 M. Floser

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