NarrArte 4: En los pies de Chaplin.

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 photo En los pies de Chaplin_zps48yohras.gif
Paying tribute to Chaplin. ©2016 Anárion Photo #photoblogger #samsung #chaplin #blackandwhite #blancinegre #blancoynegro #igersoftheworld #igersbcn #igerscatalunya #feet #textures #instagood #like4like #igaddict #picoftheday
(Foto de © 2016 Anárion Photo)

La noche había sorprendido a todo el equipo mientras rodaban la última escena de la nueva película. Llevaban meses preparándose para aquel momento, y se habían olvidado del reloj. No solía pasar, no solían arriesgarse a que la noche llegara antes de que ellos estuvieran resguardados en sus casas.
    —¿Qué vamos a hacer? —preguntó una joven hermosa. Su media melena se movía cuando ella giraba la cabeza para mirar a todas partes, a cada compañero de reparto—. No podremos salir de aquí.
    —Tranquila, querida —dijo el hombre sentado en la silla del director—. No tienes que temer nada. Acabaremos la escena.
    Todos miraron al director. Su característico bombín sobre su regazo, preparado para ponérselo cuando tuviera que aparecer en escena. Su bigote, diminuto, bajo la nariz, y su ropa con una apariencia de descuido muy cuidada.
    —Pero, Charles, ¿cómo puedes estar tan tranquilo? —volvió a preguntar la mujer.
    —Virginia, ¿qué puedo hacer? La película tiene que terminarse. Preocuparnos por la noche no nos va a ayudar en nada. Ella seguirá ahí hagamos nuestro trabajo o no —Charles suspiró al ver el rostro inquieto de la mujer. Se levantó de la silla plegable, cogió su bastón y se fue al centro exacto del plató—. ¡Chicos, chicas, escuchadme, por favor! —esperó a que los murmullos cesasen—. Se que estáis preocupados por la noche. Pero no pasará nada, creedme. No es la primera vez que me enfrento a esas cosas, y me temo que no será la última.
    Las miradas del reparto dejaron de centrarse en el hombre del bombín y se desviaron hacia las alturas. Sobre el edificio que Charles tenía detrás apareció una silueta, asomándose en la azotea. El hombre siguió la mirada de sus compañeros y sus ojos se quedaron fijos en aquella presencia. El ser se lanzó en picado, cayendo de pie, hundiendo el suelo bajo su peso. Charles dio unos pasos hacia atrás, acercándose al reparto, sosteniendo con fuerza el bastón. El extraño vestía de forma elegante, pero su ropa era demasiado antigua para 1930. Su chaleco negro sobre una camisa blanca, de seda, con guirindolas. No tenía pelo, ni siquiera en las cejas, y sus ojos eran blancos, con una pupila diminuta. Su boca, sin labios, no podía contener unos dientes incisivos largos, afilados como cuchillas. Las orejas alargadas, puntiagudas, escuchaban cada pequeño sonido de los alrededores, las venas de todos aquellos mortales latiendo, bombeando deliciosa sangre.
    —¡Qué olor! —lo dijo en voz alta, pero su voz tenía el tono de un susurro y la aspiración de alguien a quien le costara respirar por sus propios medios. El ser movió la cabeza e hizo curgir su cuello, luego se quedó mirando hacia arriba, husmeando el aire con su alargada y afilada nariz. Se relamió y suspiró de placer—. Vuestra sangre, vuestros corazones. Son tan puros, son tan… ¡exquisitos!
    El ser se abalanzó sobre el reparto, con un salto imposible. Sonrió y luego rió con una carcajada aguda que aterrorizó a todos los presentes, menos a uno, Charles no tenía tiempo de asustarse. Levantó el bastón y golpeó con fuerza al aire, justo en el momento que el ser empezaba a caer. Sonó un alarido de dolor, y la extraña figura dio de bruces contra el suelo. Sangraba, quizá por primera vez. Cuando se levantó, y antes de que pudiera decir nada, vio como Charles separaba la parte curva del bastón, del resto, mostrando una hoja reluciente, afilada, oculta en la madera.
    —Lo siento mucho, engendro, pero me temo que no puedo permitir que nos robes más tiempo.
    El monstruo se levantó del suelo y miró con curiosidad al hombrecillo de aspecto desaliñado que había ante él. Sonrió, se limpió la sangre con el reverso de la mano, y volvió al ataque. Lanzó un zarpazo al aire que Charles esquivó sin problemas. Un segundo, y un tercero y, en el cuarto intento, tras ser esquivado por el hombre del bombín, notó como algo le atravesaba el cuerpo desde el pecho hasta la espalda. Miró hacia abajo y vio la hoja de aquella espada oculta, sujeta por una mano ensangrentada. Charles extrajo el arma del cuerpo del ser y, sin pensárselo dos veces, la descargó sobre su cuello. El hombre misterioso quedó decapitado, en el suelo. Charles enfundó la espada haciendo que volviera a parecer un simple bastón. Se colocó bien la ropa y el bombín, y regresó a la silla de director sin hacer ningún comentario.
    —¿Por dónde íbamos? —preguntó con su habitual sonrisa. Algunos miembros del reparto se acercaron al ser que yacía en el suelo—. Oh, cuidado chicos, apartaos un poco.
    Los curiosos miraron a su director y, cuando lo hicieron, una explosión a sus pies les sobresaltó. El monstruo decapitado se había prendido solo, con llamas azules que se extinguieron dejando un montón de cenizas que el viento se llevaría de allí. Nadie daba crédito a lo que acababa de pasar. Pero su director no parecía estar interesado en explicar nada, solo quería acabar de rodar su nueva película, «Luces de la ciudad» debía estrenarse, pese a los engendros que moraban en la noche.

© 2016 M. Floser.

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