Desde la terraza

Nota: Estoy configurando el blog (la página «Relatos antiguos») para que la experiencia de navegación sea más interesante y sencilla. Este relato «Bajo una luna de otoño» pertenece a la lista de los primeros relatos que escribí.

Lo peor que puede hacerse
es cruzar un precipicio en dos saltos.

David Lloyd George

    Dos miradas se cruzaron en aquella terraza de un bar de Barcelona. La gente paseaba en una manada casi interminable. Entre sonidos de copas y una cafetera que calentaba con su vapor la leche del café. Dos jóvenes se miraban en la distancia de sus respectivas mesas.
    Belén era una chica rubia, con el pelo corto por su larga y delgada nuca. En su mesa le acompañaban Laura, una buena amiga, y Arturo, el novio de ésta. Laura era amiga de Belén desde los diez años. Sin duda, a sus veinte años, aquella era la relación más larga que jamás hubiera tenido. Arturo no era alguien que le cayera especialmente bien, aunque le toleraba por respeto a su amiga. Era un pedante con aires de grandeza y que se creía mejor que el resto de mortales. Mientras el chico hablaba de la situación del país. De la crisis y de los políticos, dándose a sí mismo una importancia que no tenía, Belén cruzaba miradas con una chica morena de ojos verdes que se sentaba a tres mesas de distancia.
Ella era Arantxa; de labios carnosos con un gloss transparente. No conseguía concentrarse en la conversación que mantenía con su hermana Carolina, pues no podía apartar la vista de aquella chica rubia, de nariz menuda y labios perfilados. La camiseta de Belén era de tirantes con un escote bien mesurado que a Arantxa no dejaba de perturbar. Sin duda aquella chica le atraía.
    —Arantxa, ¿me estás escuchando?
    Preguntó Carolina al ver que su hermana tenía la mirada perdida en el horizonte. Siguió la dirección en que los ojos de su hermana apuntaban y comprendió, al ver el rostro sonrojado y el nerviosismo de Belén, el motivo de la distracción.
    —Eres imposible, Arantxa — dijo riéndose —, en cuanto ves a una chica bonita, pierdes norte.
    —¿Pero la has visto bien? ¡Es preciosa!
    —Pues ella tampoco deja de mirarte…
    —Quizá la esté incomodando.
    —Ay hija… a veces eres de lo más lenta. Es evidente que le gustas.
    Mientras Arturo se empeñaba en hablar de lo dogmático que era el actual presidente del gobierno, Belén prefería imaginar como sería despertar junto a aquella chica. Imaginarse juntas sentadas en el sofá viendo una película con un buen cuenco de palomitas. Imaginarse, también, a aquella preciosa desconocida saliendo de la habitación con una camiseta ancha por los muslos y unas zapatillas que mostraran unos pies tan bonitos como el resto de su ser.
    —¿Por qué no vas a decirle algo, Arantxa?
    —¿Y qué pretendes que le diga? ¿Me acerco allí y le digo “oye, me gustas mucho”? Por favor… no seas ridícula.
    —¡Vale, vale! Pues quédate aquí, con tu hermanita, mientras le miras. Eso le incomodará menos, donde va a parar…
    Ambas rieron, haciendo que Belén se fijará más en ella. Qué risa más bonita tenía. ¿Habría algo en aquella chica que no fuera hermoso?
    —¿Estás bien, Belén?
    Preguntó Laura al ver que su amiga no prestaba atención. Arturo contestó a la pregunta:
    —Seguro que ha visto a alguna tía y se ha enamorado. Ya sabes cariño, esta chica tiene como norma enamorarse tres veces al día…
Aquello era una broma, Belén lo sabía, pero a ella nunca le hacían gracia las bromas de Arturo. Le parecía un hombre bruto, salvaje, machista. Era lo más parecido a un vikingo que ella hubiera conocido nunca. Siempre se preguntaba qué le veía su amiga a aquel personaje.
    —¡Arturo! No tiene gracia.
    —¿Entonces por qué me estoy riendo?
    “Por que eres idiota” pensó Belén. Pero pensó que aquello no era lo correcto. A ella no le gustaban aquellas impertinencias.
    —Estoy bien, sólo es que hoy no me encuentro bien.
    —Estará a punto de venirle la…
    —¡Arturo, ni se te ocurra decirlo!
    Arantxa y Carolina seguían riendo, mientras daban tragos a sus refrescos de cola con hielo. Belén las contemplaba, y desearía estar con ellas. Pues a pesar de que quería con todas sus fuerzas a Laura, Arturo le repugnaba.
    El camarero, que vestía una camiseta negra con el logotipo y nombre del bar en su pecho izquierdo, con delantal granate en sus caderas y pantalón negro, trajo la comida. Belén y Laura miraron encantadas la ensalada de lechuga, tomate, atún y aceitunas que el hombre dejó ante ellas. Una ensalada quizá demasiado grande para ellas dos. Arturo cogió rápidamente el vaso de gazpacho frío que había pedido, se lo bebió de golpe, como si de ello dependiera su vida.
    —¡Por Dios Arturo! — le reprendió su novia —, ¿para qué te pides algo, si no vas a saborearlo?
    —Tenía sed mujer…
    Belén cada vez sentía más repulsión por aquel individuo. Pero hizo caso omiso a aquella pequeña discusión absurda, y se dedicó a aliñar la ensalada con el aceite de oliva, el vinagre y la sal. Sus dedos se impregnaron levemente del sabroso aceite y la chica se llevó el dedo a la boca en un gesto tan inocente como natural.
    Desde la otra mesa, Arantxa sintió como su corazón se aceleraba ante aquel gesto, que en su estado de agitación, no le pareció tan inocente. Sus dientes atraparon el labio inferior en una mueca clara de excitación. Pronto sacudió la cabeza al darse cuenta de que no estaba sola, ni en la intimidad de su piso.
    —Madre mía… me está torturando, Carol.
    Así es como llamaban sus amigos y Arantxa a Carolina.
    —¡Ja, ja, ja! Te torturas tú sola, sólo se está chupando los dedos.
    —¡Lo sé, lo sé! Pero… mamma mía!
    Dijo con un tono italiano exagerado. Belén, desde su mesa, levantó la mirada, aún atareada con su misión de saborear el aceite, y al ver el rostro de Artantxa, se dio cuenta de lo que ocurría. Se apartó la mano de la cara con un gesto tan brusco que a Arantxa le hizo gracia. Belén sonrió sonrojada, sus mejillas habían tomado el color de los trozos de tomate que descansaban esparcidos en el plato. Su admiradora le guiñó un ojo y Belén tuvo que luchar para que el mareo que le invadió todo el cuerpo al ser consciente de que la chica que le estaba encantando también presentaba interés en ella no le dominara.
    —¡Arantxa, deja de ponerla nerviosa!
    —Yo no he hecho nada… aunque haría mucho si ella quisiera.
    —¡Arantxa! — exclamo Carolina al escuchar aquella afirmación —. ¡ja, ja, ja! Eres lo que no hay, ¿eh?
    Volvieron a estallar en una risa conjunta que captó la atención de Belén, y esta vez, también de sus acompañantes. Arturo las miró por encima del hombro.
    —Que escandalosas son… si siguen así tendré que pedirle al camarero que les llame la atención.
    Belén le lanzó una mirada fulminadora que hizo que el hombrecillo no pudiera mantener los ojos en los de la amiga de su novia.
Laura se dio cuenta de la mirada, y aguantó una carcajada al comprender que el motivo de la distracción de su amiga, no era un mal estar físico, si no un repentino enamoramiento acompañado por una compañía no deseada. Ella sabía más que de sobras que a Belén no le caía bien Arturo, de hecho, era consciente de que Arturo sólo le caía bien a los amigos de éste. A veces incluso ella misma se hartaba del comportamiento pueril de su pareja.
    —¿Cuál es la que te gusta?
    Preguntó Laura dejando a Belén sin palabras un instante. Empezó a titubear, sin conseguir formar una sola palabra. Laura le interrumpió:
    —Déjame que lo adivine… ¿es la del pelo rizado rubio? No, a ti las rubias no te gustan… así que es la otra. ¡Vaya! Que buen gusto que tienes Belén…
    Belén se enrojeció de vergüenza, y a la vez se sorprendió gratamente al ver que su amiga conocía tan bien sus gustos. Arturo abrió la boca para hacer un comentario, pero esta vez quedó enmudecido por la mirada de las dos mujeres. Belén presentaba el aspecto de alguien a quien se le acabó la paciencia hace tiempo, y que en cualquier momento, podría estallar. Y Laura el aspecto de quien se siente ofendido por el mal comportamiento hacia una amiga. Apartando lentamente la vista de su novio, arrastrando las pupilas en un matiz perfecto de enfado, volvió a la conversación con Belén:
    —¿Crees que ella se ha fijado en ti?
    Belén agachó la mirada cada vez más roja.
    —Me ha guiñado un ojo hace unos segundos…
    —¡Vaya! ¿Y a qué esperas para ir a hablar con ella?
    —Estoy con vosotros…
    —Vamos, vamos, no es que te vayas a ir de viaje con ella, ¿no? Ve, dile algo y luego vuelve…
    —No sé…
    —Belén… ambas sabemos que no estás agusto en esta mesa. Ve, y cuando acabes vuelve.
    Belén pensó un instante en aquella posibilidad. ¿Qué le podría decir? ¿Y si el guiño era sólo de complicidad por la situación? ¿Y si no era lesbiana? ¿Y si hacía el ridículo? Demasiados “y si…” pero había uno que resonaba por encima de todos esos: ¿Y si por no ir, perdía la oportunidad de conocer a alguien especial?
    Belén se armó de valor y se levantó de golpe, como quien se lanza al agua helada de cabeza, para que la impresión sea menor. Arantxa la miró, sin tener claro que iba a hacer. ¿Se marchaba ya? Tenía que hacer algo, no podía permitir que aquella preciosa chica se fuera de allí así.
    De pronto, los ojos de Arantxa se abrieron como platos al contemplar como Belén se acercaba a ella. Laura estaba contenta de que su amiga le hubiera hecho caso, y Arturo las miraba, como el hombre que era. La idea de dos mujeres juntas le parecía algo totalmente erótico. Sin duda, aquel personaje, era repugnante.
    —Hola…
    La voz de Belén sonó quebrada por la vergüenza.
    —¡Hola!
    La de Arantxa quizá contenía un exceso de entusiasmo. A Belén le sorprendió aquel recibimiento.
    —Perdonad si os molesto… realmente no sé ni qué estoy haciendo…
    —Alegrarme el día — dijo Arantxa —… eso estás haciendo.
    Carolina, que se sintió incómoda ante dos personas que necesitan estar solas, anunció que iba al baño y a pagar la cuenta. Supo, o creyó saber, que su voz no había sido escuchada. Quizá perdida en el viento.
    —Me llamo Arantxa.
    —Bonito nombre — dijo la chica que seguía de pie, con las mejillas coloradas —, yo Belén. Verás, yo no suelo hacer esto, pero mi amiga Laura — dijo señalando a la mesa de donde venía —… me ha convencido de que era lo correcto.
    —Vaya, pues tu amiga parece una chica muy inteligente…
    —Sí, bueno… si vieras al gañán que tiene por novio… a lo que iba: no he conseguido dejar de mirarte en todo el rato. Y creo que tú también me mirabas.
    —Crees bien. Eres preciosa.
    Arantxa era realmente directa, le sorprendió en exceso aquella franqueza. No estaba acostumbrada a recibir unas respuestas tan claras y sinceras. Se tomó un momento para intentar rebajar el color de sus mejillas. Pero era un objetivo tan inútil, como el de intentar capturar el aire.
    —Tú también lo eres.
    —¡Gracias!
    Arantxa se estaba divirtiendo al ver la timidez de la chica. Le parecía aún más atractiva. Juntas serían el claro ejemplo de que los contrastes son buenos. Ella era lanzada, directa, sincera, y odiaba los rodeos. Y Belén, al menos por ahora, parecía ser una de las personas más tímidas que había conocido nunca. También le dio más valor el hecho de que aquella chica vergonzosa se hubiera acercado a hablar con una desconocida en un sitio público, mientras estaba acompañada por una chica.
    —Arantxa, espero que a tu amiga no le haya molestado que me acerque interrumpiéndoos…
    —Para nada, ella es Carol, mi hermana. Me estaba convenciendo de que fuera a hablar contigo. Sólo que no sabía que decirte. Pero por favor, siéntate.
    —Sólo un segundo, no quiero dejar tirada a mi amiga. No me parece correcto.
    —Me gusta que pienses así. Los amigos van por encima de todo. Cuando todo falla, ellos están ahí…
    —¡Exacto! Hay mucha gente que le da más importancia al amor. Y es importante, claro está… pero no tanto como la amistad.
    Sonrieron las dos con complicidad. Estaban contentas de haberse conocido. Cuando Carolina salió del bar, se detuvo un momento. Sacó de su bolso un paquete de tabaco, y sacó un cigarro. Tras posárselo en sus bonitos labios, aproximó la llama del mechero para prenderlo. Justo cuando estaba apunto de encender el cigarro sonó su móvil. Empezó a buscarlo en el bolso, y cuando lo encontró apartó el cigarro de su boca.
    —Oye Arantxa, me voy a marchar, que me sabe mal que tu hermana tenga que estar haciendo tiempo para sentarse en su mesa.
    —De acuerdo, pero antes…
    Arantxa cogió su bolso, y de él sacó una pequeña libreta de anillas, con la tapa de plástico duro. La libreta era de un color verde lima, y en las tapas había dibujado un personaje de cómic japonés muy conocido.
    —Toma — dijo Arantxa tras escribir en una hoja y arrancarla de las anillas —… espero noticias tuyas.
    Belén cogió la hoja y vio que en ella estaban apuntados su número, y su nombre y apellidos para que la buscase en Facebook.
    —¿Me agregarás?
    —Y tanto… no lo dudes.
    Ambas se levantaron, y se dieron dos besos.
    —Gracias por haberte acercado. Espero conocerte más Belén. Hasta pronto.
    —Hasta pronto…
    Y se quedó mirando como Arantxa se acercaba a su hermana que la recibía con una sonrisa de orgullo. Ella giró sobre sus talones y se encontró directamente con la mirada satisfecha de su amiga que con un movimiento de hombros le expresó su interés. Belén cogió el papel con el dedo índice y pulgar de ambas manos, y lo abrió para hacerle saber desde la distancia que tenía el número de teléfono de aquella preciosa y encantadora chica.

    Ya en su casa, Belén no pudo esperar a ponerse cómoda. Normalmente, al llegar a casa se cambiaba de ropa y descansaba unos minutos antes de ponerse a hacer cualquier cosa. Esta vez, por el contrario, se sentó en el sofá nada más entrar, abrió su portátil e ingresó en su cuenta de Facebook. Sacó de su bolso el papel que Arantxa le había dado en el bar. En la barra de búsqueda de la página web introdujo su nombre y apellidos mientras miraba la preciosa letra de la chica. La cara ilusionada de Belén se apagó al ver que en los resultados de búsqueda habían demasiadas mujeres con aquel nombre y apellidos, ninguna era la chica que ella buscaba. Se preguntó, por un momento, si no le habría dicho mal el nombre o uno falso. En seguida se reprendió y decidió que era absurdo que la chica hubiera hecho algo por el estilo.
Se quedó mirando la nota, y suspirando dijo en alto el nombre de la chica que le encantaba tanto. Era demasiado bonita, nunca, ni en un millón de años, habría podido imaginarse que conseguiría gustar a una mujer como aquella. Sus complejos le hacían pensar así, a pesar de ser una chica preciosa y resuelta, solía auto-sumergirse en la más absoluta miseria.
    Tras aprenderse cada cuadrícula de la hoja que tenía en las manos, decidió que si la red social no quería aliarse con ella, tendría que llamarla por teléfono. Buscó su móvil en el bolso y una vez en su mano empezó a marcar los nueve dígitos del número de Arantxa. Cuando hubo terminado pulsó primero el botón de opciones y guardó el número en su agenda.
    —A-r-a-n-t-x-a…
    Acto seguido pulsó el botón verde del teclado. Cuando se llevó el auricular a la oreja, empezó a sentir una oleada de nervios. El primer tono le martilleó la cabeza, con el segundo su corazón dio un vuelco. Al quinto tono saltó el buzón de voz. Belén, decepcionada, colgó. Su cabeza estaba cargada de un dolor punzante, era como si miles de agujas se le clavaran en el cráneo.
Se levantó y fue a la nevera, donde se echó un poco de refresco de cola bien frío en un vaso. Siempre le calmaba el dolor de cabeza, no tenía ni idea del motivo, y no sabía si simplemente era un efecto placebo. Mientras daba un sorbo de su vaso, el móvil comenzó a sonar. Era una canción del grupo Scorpions, su título: “Still loving you”. Belén tragó el líquido que tenía en la boca, y se acercó al móvil, como si fuera algo terrorífico. Sin cogerlo se fijó en la pantalla que parpadeaba con cada vibración. Allí, en letras negras se encontraba el nombre de Arantxa. La estaba llamando, y de repente le invadía un terror ilógico. Necesitaba superarlo, y descolgar, necesitaba hablar con ella, pero el miedo era demasiado grande. La lucha interna se interrumpió cuando el teléfono dejó de sonar.
    La rabia se apoderó de Belén, que se empezó a insultar a si misma por no haber cogido la llamada. Sujetó el móvil en su mano, a punto de pulsar la rellamada, pero se quedó quieta, pensó en que quizá aquello era absurdo. Mientras pensaba el móvil vibró en sus manos, haciendo que Belén se sobresaltara. Era Arantxa de nuevo. Belén miró la pantalla, respiró hondo y le dio, esta vez sí, al botón verde.
    —Hola…
    —¡Sabía que eras tú!
    —Que energía tienes.
    —Sí, suelen decírmelo. Oye, perdona que no te lo haya cogido, estaba en la ducha.
    Belén no pudo evitar imaginarse a aquella chica en la ducha. Su corazón y respiración se agitaron acompasados.
    —¿Cómo sabías que era yo? No te di mi teléfono.
    —Bueno, al ver un número que no conocía, he imaginado que serías tú. No voy dando mi número, así que las opciones eran: alguien que se equivocaba o la chica que me había encantado y a la que le di mi teléfono. Ante la duda… hay que ser positiva.
    —Yo tengo que aprender a serlo.
    —¡Yo te enseño!
    Las chicas hablaron durante rato.
    —Arantxa, te va a salir por un pico esta llamada.
    —¡No, mujer! Tengo una de esas tarifas de “llama todo lo que quieras” o algo así. Oye, por cierto; no me has agregado a Facebook, ¿eh? Lo he mirado nada más llegar a casa.
    Aquello hizo gracia a Belén, aquel monumento a la belleza, había estado pendiente de que una chica sencilla le agregara o no a una red social.
    —Lo he intentado, pero me salen ciento y la madre con tu nombre, y ninguna eres tú.
    —¡Hala, qué cabeza la mía!
    —¿Qué pasa?
    —Se me olvidó decirte que tengo como imagen de perfil una ilustración de Victoria Francés…
    —Vaya tela, ya podía buscarte.
    —Sorry…
    —Bueno, te perdono por tener buen gusto. Me encanta esa ilustradora.
    —¿Ella o su arte?
    —Ambas… ¿la has visto, es preciosa?
    Rieron ante aquel comentario. Victoria Francés era una ilustradora valenciana que solía pintar a chicas y chicos en una estética gótica. Sus ilustraciones sólo podían compararse en belleza a la suya propia.
    —Entonces te he visto, pero ¿cómo iba a saber que eras tú?
    —Lo sé, lo sé. Soy bastante despistada. Ya irás conociéndome.
    —Eso espero, la verdad es que hacía tiempo que no me gustaba tanto alguien. Me pone nerviosa el simple hecho de saber que estás respirando al otro lado de la línea.
    —Eso es precioso, Belén. Tú también me gustas mucho. Creo que mi hermana ya está harta de que le hable de ti…
    —Ja, ja, ja. Pobrecilla.
    —Sí, es una santa. Quisiera proponerte algo Belén, pero me da miedo agobiarte o incomodarte.
    —Dime…
    —¿Quieres cenar conmigo esta noche? Vivo con mi hermana, pero hoy se va a dormir con su novio, y tengo la casa para mí. No pienses mal, no es una proposición indecente, sólo es una información para que no te dé tanta vergüenza.
    —¿Te puedo ser sincera?
    —Espero que lo seas siempre…
    —Me encantaría cenar contigo esta noche…
    —Pero…
    —Pero con una condición. Como bien has dicho, soy muy vergonzosa, y por mucho que tu hermana no esté, lo pasaría mal yendo a tu casa. Veo que tu eres más espontánea y menos cortada. ¿Sería muy egoísta por mi parte que vinieras tú a la mía? Estando en mi terreno me sentiré más segura.
    —¡Claro! Estaré encantada. Yo llevo el vino. Ah, pero no empieces a cocinar sin mi, ¿eh?
    Belén se sonrojó al pensar que si fuera por ella no cocinaría y se comería a besos a aquella chica. Pero tras un ejercicio de auto-control, aceptó aquella petición. Le dijo donde vivía y colgaron el teléfono. Al hacerlo los nervios se apoderaron de Belén. Tenía una cita, en su propia casa, por la noche, con la chica más maravillosa que jamás hubiera conocido. Las dudas se agolparon en su mente: ¿qué se pondría? ¿qué prepararía de cenar? ¿decoraba el salón con velas, o era quizá demasiado exagerado? Ninguna de estas dudas le importaba, porque aquella noche, cenaría con la que seguramente, sería la mujer de su vida.

— FIN. —

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