Mitología Narrada 2: Guaxa

[Nota fija]→ «Mitología Narrada» es la sección en la que os presento un personaje mitológico, seguido de un relato inspirado en el mismo. ←[nota fija]

GUAXA

Las guaxas son ancianas vampiresas de la mitología asturiana. De sus bocas sobresale un único colmillo alargado, con el que succionan la sangre a sus víctimas que enferman hasta morir. Se dice que una persona robusta empieza a adelgazar y a consumirse tras la mordedura de una guaxa.

GUAXA- LELIA ÁLVAREZ
(Ilustración de una guaxa por: Lelia Álvarez.)

Tienen la capacidad de filtrarse por rendijas y cerraduras, y suelen atacar a los más jóvenes. Algunas leyendas dicen que son invisibles, pero que pueden dejarse ver, si quieren, con aspecto de anciana delgada de pelo cano, llenas de verrugas, y con su diente, afilado. Puede ser confundida con una bruja, por su aspecto, pero las guaxas son mucho más peligrosas.

guaxa
(Artista desconocido/a)

VÍCTIMA

Tres golpes fuertes en la puerta hicieron que el matrimonio, dentro de casa, diera un salto. Sabían que no tardaría en llegar, pero lo ocurrido en las últimas horas les tenían los nervios a flor de piel. El hombre, delgado y consumido por el sufrimiento, se levantó y fue a abrir la puerta. Al hacerlo, frente a él, en el umbral, una silueta recortada por la luz de la luna llena, le saludaba con una voz profunda y afónica.
    —¿Es usted el mago? —preguntó el hombre de la casa tragando saliva. Nunca había creído en esas cosas, pero en el último día todo había cambiado. El desconocido entró en la casa sin esperar a ser invitado. Vestía una túnica vieja, raída, y un sombrero de ala ancha y plana. Todo de color negro. El rocío de la madrugada se acumulaba en las prendas. El extraño, de rostro amable y afilado le miró, con sus ojos ambarinos. Tenía una barba negra, bien arreglada.
    —Mi nombre es Rauraeinern, pueden llamarme Raura.
    El forastero miró la casa a su alrededor. Era humilde, con paredes de piedra y techo de paja. La mesa de madera maciza era un trabajo mediocre, pero cumplía su función. Frente a la chimenea, con el fuego encendido y crepitante, una mujer se había levantado y le hacía una reverencia que parecía querer ser perpetua.
    —¿Es usted el mago? —volvió a preguntar el hombre.
    —Sí, soy el mago. ¿Dónde está la chica?
    La mujer, como si le hubieran dado una orden imposible de ignorar, corrió hacia una puerta de madera, haciendo gestos a Raura para que le siguiera.
    —Es aquí, buen señor, venga.
    El mago empezó a andar. Su porte era elegante y decidido. La mujer le abrió la puerta y, de su interior, salió disparado un tufo insoportable. Raura se tapó la nariz, se preparó mentalmente, y empezó a respirar por la boca. Entró a la habitación, fría y sombría, con la única iluminación de la luna llena, pálida y siniestra. Se acercó a los pies de la cama, donde dormía, o moría, una chica joven, a pesar de su aspecto arrugado y envejecido. Tenía el pelo lacio, y la piel se adaptaba a sus huesos. La carne tenía un tono cetrino y nadie habría podido asegurar que aquella joven estuviera viva. En su cuello podía verse un pequeño orificio, una herida profunda que supuraba pus ya reseca.
    —¿Podrá ayudarla, señor? —preguntó la mujer con la mano en el pecho.
    —¿Cuánto lleva así? —respondió el mago ignorando la pregunta.
    —Desde el martes.
    Raura asintió. Dos días eran demasiado tiempo, pero quizá podría hacer algo por la chica. Salió de la habitación y cerró la puerta tras él. Se dirigió a la mesa de madera, colocó el sombrero encima, dejando a la vista un pelo negro, largo hasta los hombros. Se desabrochó la túnica, la dejó bien colocada en la silla, y empezó a buscar en los múltiples bolsillos ocultos de la prenda. Ahora, Raura, llevaba una camiseta de algodón negro, adaptada a un torso atlético pero no demasiado musculoso, y unos pantalones negros embutidos en botas del mismo tono, de caña alta.
    —No les puedo asegurar nada, señores —dijo mientras dejaba en la mesa una serie de frascos pequeños de porcelana, tapados con corchos—. Intentaré por todos los medios que su hija se recupere.
    —Pero… ¿qué le ocurre, señor?
    Raura miró a la mujer, extrañado, con los ojos muy abiertos.
    —¿No saben qué le ha ocurrido? —el matrimonio negó con la cabeza—. ¿Entonces cómo sabían que tenían que llamar a un mago?
    —Un amigo de la familia nos dijo que llamáramos al gremio lo antes posible —explicó el hombre—. Intentamos discutir, preguntarle qué ocurría, pero nos dijo que nos diéramos prisa, que solo un mago podría salvarla.
    —Entiendo —el mago entendió eso, sí, y también entendió que aquel hombre no creía en ellos, por la forma que había dicho las palabras «gremio» y «mago». Suspiró, sin saber si era buena idea explicarles lo que pasaba—. ¿Han visto la herida en el cuello de su hija? Bien… esa herida, y el aspecto envejecido y deshidratado que presenta su cuerpo, revela que ha sido atacada.
    El matrimonio se llevó las manos a la boca, escandalizado.
    —¿Atacada? ¿Atacada por quién?
    —No por quién, sino por qué —corrigió Raura—. Ha sido atacada por una guaxa.
    La mujer reprimió un grito y miró a su marido que, a su vez, miraba al mago con el ceño fruncido. Sin entender qué le estaba diciendo. Conocía la leyenda de las viejas vampiresas, pero solo eran eso, leyendas. Miró al mago que, sin perder tiempo, empezó a mirar los frascos, buscando el correcto. Todos eran iguales y parecía una misión imposible, pero Raura podía saber lo que había en aquellos frascos, solo con verlos. Por fin asintió y separó uno de los frascos del resto. Luego guardó los que no necesitaba en los bolsillos de la túnica y pidió a la mujer que le diera un cuenco, ignorando el estupor de ambos. Tenía que darse prisa, había perdido un día entero viajando hasta allí.
    —Las guaxas son… las guaxas son un cuento que nos contaban nuestras abuelas para que nos durmiéramos —dijo por fin el hombre.
    —También los magos, pero aquí estoy.
    —Usted dice que es mago, yo solo le veo destapar un frasco.
    —¡Cariño, ha venido a ayudarnos!
    —¿A ayudarnos? ¡¿Cómo?! ¿Persiguiendo a un cuento de viejas?
    Nadie respondió, Raura se limitó a vaciar el frasco en el cuenco de madera que la mujer le había acercado. El líquido era espeso y dorado. No vació todo el frasco, solo llenó el cuenco por la mitad.
    —Puede creer en mí, o puede no hacerlo. Yo no tengo ningún problema. Pero ustedes tienen a una hija atacada por una guaxa, sea esta un cuento de viejas o no. Ya han visto el aspecto de esa muchacha, ¿les parece algo normal? ¿Producto de una gripe? Si no le doy de beber esto, morirá en unas pocas horas. Ustedes deciden. Yo puedo seguir mi camino, y ayudar a otras personas.
    Raura sostuvo el cuenco de madera y miró al matrimonio, apremiante. Se fijaba más en el hombre que en la mujer, pues él era el más reticente de ambos. El marido maldijo en voz alta y empezó a hacer aspavientos para que el mago fuera a la habitación. Raura asintió y se dirigió al cuarto a grandes zancadas. Abrió la puerta, pero esta vez el olor no le sorprendió, ya respiraba por la boca. Se acercó a la ventana, la abrió, y luego se arrodilló en el suelo junto a la cama. Dejó el cuenco en la pequeña mesa de madera que había junto al cabecero. Tocó la frente de la chica, la piel estaba seca y su tacto era desagradable. Sus labios, morados y cortados, estaban entre abiertos. Raura cogió el cuenco de madera y se lo acercó a la joven. La incorporó un poco, con mucho cuidado, e hizo que tragara el líquido dorado.
    —¿Qué es eso? —preguntó la madre, desde el otro lado de la cama.
    —Esto es sangre de alicornio —respondió el mago sin dejar de mirar a la chica—. Es lo más eficaz contra la mordedura de una guaxa.
    —¿Un alicornio? ¿Existen esas cosas?
    Raura sonrió, miró a la mujer, luego echó un vistazo al hombre que esperaba fuera de la habitación, dando vueltas impaciente, mirando al mago de vez en cuando.
    —Supongo que eso depende de a quién se lo pregunte. Sí, existen, y es una lástima tener que matarlos para extraerles la sangre, pero esto es importante.
    Raura consiguió vaciar el cuenco, con paciencia, y limpió los labios de la chica que, para asombro de la madre, ya se veían más sanos. Las heridas los seguían surcando en vertical, pero el color morado había empezado a tornarse rosado. La piel de sus pómulos se destensó un poco, y cada vez un poco más, hasta que los huesos dejaron de amenazar con atraversarla.
    —¡Cariño, corre, aprisa! ¡Es un milagro!
    El hombre corrió a la habitación, se quedó a los pies de la cama y vio como su hija dejaba de parecer una momia poco a poco. Su piel empezó a rosarse y volvía a parecerse a su hija. La herida del cuello humeó y la pus se cayó, como una costra que ya había cumplido su función. Raura se levantó del suelo y salió de la habitación, dejando que el padre ocupara su lugar. Volvió al salón, se acercó a la túnica y empezó a rebuscar en los bolsillos. Palpó frascos, papeles, crucifijos, incluso balas de plata que había encontrado por el camino y que quizá vendería a algún cazador de licántropos. Entre todo eso, encontró lo que buscaba, tiró de la fina cadena de platino y sacó un colgante. Volvió a la habitación y se fijó en que el proceso de recuperación de la joven había avanzado considerablemente. Su pelo se veía más sano, aunque sucio y descuidado. Sus labios estaban completamente recuperados y sus mejillas mostraban un color lleno de vida. Raura pidió al hombre que le dejara acercarse un momento, entonces colocó el colgante alrededor del cuello de la chica, dejando el adorno en su pecho. Era un puño negro, de brillante azabache, no más grande que la uña de un pulgar.
    —¿Qué es? —preguntó el hombre con un tono que mostraba vergüenza y arrepentimiento.
    —Una mano negra de azabache. Sirve para repeler a las guaxas. No creo que vuelva a atacar, de hecho dudo que siga en este pueblo, pero es mejor prevenir. Déjensela puesta y díganle que no se la quite nunca.
    El matrimonio asintió, agradecido, con los ojos llenos de lágrimas. Raura no les dijo nada más, volvió hasta la túnica y se la puso. Se colocó el sombrero y se acercó a la puerta principal. El matrimonio salió corriendo de la habitación.
    —¿Se marcha?
    —Mi trabajo está finalizado. Su hija está a salvo, en un par de días despertará. No se acordará de nada, ustedes deciden si contárselo. ¿Mi consejo? Cuéntenselo, nadie debe vivir en la ignorancia.
    —Pero —empezó el hombre—… no le hemos pagado.
    —No hago esto por dinero, señor. Ahora, si me lo permiten, tengo que darme prisa.
    —¿A dónde irá? Bueno… si no es mucho preguntar.
    —Al norte, al bosque que hay cerca de las montañas. Las guaxas se encuentran allí. Mi trabajo, a parte de ayudar a las víctimas de esta clase de criaturas, es dar caza a las mismas. El gremio no se puede permitir dejar con vida a esos monstruos. Disfruten de su hija, sean felices, son buenas personas. Si algún día necesitan que vuelva, llamen al gremio y pregunten directamente por mí. Vendré lo antes posible.
    Y, sin dar tiempo a que ninguno de los dos dijera nada, Raura cerró la puerta tras él, dejando a la familia sola. Empezó a andar por el camino de tierra que había tomado para llegar hasta allí, mirando el cielo estrellado. Le había resultado sencillo salvar a la chica, eso le sorprendía, pero lo que venía ahora sería mucho peor. Matar a la vampiresa, y a su clan. Suspiró y, mirando al cielo nocturno de nuevo, hizo que su cuerpo se convirtiera en bruma y, de esta, salió disparado un cuervo negro llamado Raura, volando a toda prisa, dirigiéndose al bosque de las guaxas.

— Fin —

Si os ha gustado, por favor comentad y compartid.

Muchas gracias por leerme. Saludos y buenas letras.

LICENCIA

Anuncios

4 comments

  1. María Míguez · agosto 25

    Me ha gustado. Es lo que en Galicia conocemos como relato de meigas, y ese amuleto de azabache aquí lo llamamos FIGA y se usa contra la envidia y el mal en general.
    Un saludo

    • M. Floser · agosto 25

      Pero si no me equivoco, una meiga es una bruja ¿no? Por lo que sé la guaxa es una especie de vampiresa. ¿Es el equivalente?

      • María Míguez · agosto 25

        Efectivamente, una meiga (maga) es una bruja que puede ser buena o mala, negra o blanca. No, no es el equivalente. Me refería a que la historia formaría parte de lo que aquí conocemos como “una de brujas” entrando a formar parte de una temática parecida. Espero haberme explicado bien esta vez. Saludos

      • M. Floser · agosto 25

        ¡Ah, vale! Perdona, no te había entendido. Jajaja

¡Coméntame!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s