NarrArte 2: Niño en Donostia

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Donostia Kid
(Foto de © 2016 Anárion Photo)

Corrió, ignorando el ardor de los músculos de sus piernas. Esquivó a la multitud que se mantenía a una distancia prudencial de la costa, contemplando el espectáculo de la naturaleza. El cielo, iluminado de forma extraña, hizo que el muchacho, apoyado por fin en la baranda, sonriera feliz mientras las olas que chocaban contra el muro bajo sus pies le salpicaban en el rostro.
    Mucha gente le había dicho que dejara de soñar con aquel momento, que jamás ocurriría. Pero nunca dejó de soñar. Llevaba toda la vida esperando aquel momento, solo, abandonado por su madre, criado por todo el pueblo. Pero todo eso ya daba igual, nada importaba porque el cielo le estaba dando la razón.
    El chico amplió su sonrisa cuando la luz más allá de las nubes se hizo más intensa, tanto que el cielo se volvió blanco y el agua del mar se tiñó de plata. Un relámpago surcó el manto de nubes, de punta a punta, exhibiéndose ante todos los curiosos que se habían presentado junto a la playa. Luego un trueno tan profundo que encogió los corazones de toda aquella gente, pero no el del niño que dejaba que aquel sonido y aquel espectáculo de luces le invadiera y le llenara de felicidad.
    Un nuevo relámpago se independizó de las nubes y descendió verticalmente hasta que el extremo tocó el mar, provocando chispas y un siseo agradable. La columna de luz no desapareció y el estallido del agua hacía que la gente se tapara los oídos. El muchacho estaba emocionado, nervioso.
    La columna explotó y se convirtió en decenas de látigos luminosos que se estrellaron contra el agua y las rocas, contra el paseo en el que se encontraba el chico. La barandilla lanzó chispas al ser alcanzada por el relámpago, y el niño, para asombro de todos los presentes, se quedó allí cubierto de pequeños rayos que circulaban por su cuerpo hasta que llegaban al suelo y desaparecían más allá de las rocas.
    —¡Padre! —gritó el crío, y la gente que le observaba miró hacia donde el niño señalaba con su mano.
    Allí, en medio del agua, flotando como por encantamiento, había un hombre vestido con lujosas ropas. Su cabello dorado contrastaba con la plata de su armadura, llena de grabados hermosos que contaban la historia de su vida. Sus ojos, de iris azul, eran tan claros que casi se diluían en un blanco completo, roto por el negro de las pupilas. Flotó de pie por el aire, hasta que llegó a la altura del chico. El hombre sujetaba un martillo lleno de símbolos grabados, símbolos desconocidos. La gente se alejó unos pasos al ver como aquel hombre posaba sus pies en el suelo y les miraba. Luego se giró hacia el chico y se puso en cuclillas, mirándolo a los ojos. Dejó el martillo en el suelo y las baldosas se hundieron ligeramente por el peso de aquel objeto.
    —Has crecido mucho —dijo el hombre. Su voz era profunda, como los truenos que habían invadido el cielo. Su acento exótico era brusco y marcado.
    —Ya soy un hombre, padre.
    La muchedumbre sostuvo un grito, miró al hombre y al niño. No se parecían, el crío tenía los rasgos de su madre: castaño, de ojos marrones y rostro minado de pecas.
    —Lo sé, hijo, por eso he venido. Ya tienes edad de venir conmigo.
    —¿Ir contigo? —el niño mostró una confusión que se mezclaba con la ilusión de una posible aventura—, ¿a dónde vamos?
    —Al Valhöll, por su puesto. Vamos a casa para que padre pueda enseñarte todo lo que necesitas saber. No temas, hijo mío, no es un hombre tan terrible como pintan vuestras escrituras. Odín puede ser un terrible enemigo, pero sin duda estará encantado de instruir a su nieto para que algún día empuñe el Mjǫlnir y pueda heredar el trono de Ásgarðr. ¿Quieres venir conmigo?
    El chico miró a sus vecinos, a sus amigos y luego miró a su padre. ¿Cómo iba a rechazar aquella propuesta? Recordó el día que soñó con la voz que ahora estaba escuchando. Se había quedado dormido por el agotamiento de haber estado llorando durante horas, intentando entender por qué estaba solo. En el sueño solo vio oscuridad, y en la penumbra, la voz de aquel hombre que le miraba con ojos esperanzados y tiernos. Le dijo que vendría, le dijo que acudiría a su encuentro cuando tuviera la edad suficiente, le dijo que algún día, él, que pensaba que era hijo de nadie, sería el digno sucesor de Thor, el dios del trueno, su verdadero padre.
    —Quiero ir contigo, padre —dijo por fin el chico, con las mejillas bañadas por las lágrimas.
    Thor sonrió, mostrando una dentadura que parecía centellear tanto como los rayos que podía crear. Le puso la mano en el cabello castaño y se lo alborotó. Se puso en pie, miró a los pueblerinos con aquella amplia y serena sonrisa.
    —Gracias a todos por cuidar de mi hijo. Jamás olvidaré lo que habéis hecho por él.
    Y, sin dejar que nadie le respondiera, rodeó el hombro de su hijo con su brazo musculoso y, apuntando con Mjǫlnir al cielo, desapareció envuelto en una columna de luz que oscureció el suelo bajo sus pies, dejándolo completamente quemado. Los aldeanos se miraron los unos a los otros, embobados, no podían creerse que aquello que el niño había estado gritando a los cuatro vientos desde hacía años fuera cierto. Era hijo de Thor, el dios al que todos y todas rezaban, el dios al que más temían. Más incluso que a Odín, cada vez más anciano y más próximo a su muerte. Temían al heredero de Ásgarðr, pero ahora, gracias al mimo con el que habían cuidado de aquel niño, tenían a un protector y, quién sabe, quizá a un amigo que les protegería siempre.

LICENCIA

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5 comments

  1. María Míguez · agosto 23, 2016

    Un relato con temática mitológica que tanto nos gusta a mi hijo y a mí. Por cierto el corrector ortográfico no te corrigió el primer “rayos”, te aparece con “ll”.
    Un saludo

  2. Anárion Photo · agosto 23, 2016

    Siempre consigues sorprenderme, ¡me encanta!

    • M. Floser · agosto 23, 2016

      ¡Me alegra! Ve eligiendo la foto para el próximo NarrArte 😊

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