Mitología narrada 1: Kodama

¡Hola de nuevo! ¿Cómo está yendo el verano? Yo vuelvo de mis vacaciones —algunos/as dicen que merecidas— con fuerzas renovadas. Tan renovadas que hoy empiezo con una nueva sección llamada «Mitología narrada». En ella compartiré con vosotros/as algunos seres mitológicos de distintas culturas, acompañados con un microcuento. ¿Os apetece la idea? Pues empecemos, que tengo mono de vosotros/as —qué raro ha sonado esto—.

KODAMA (木魂)

«Se dice que en los árboles de más de cien años aparece en forma de dios.»

Los kodama —literalmente «espíritu del árbol»— son espíritus de la mitología japonesa. Se dice de ellos que están asociados a los árboles y que, cuando estos son cortados de forma irresponsable, los kodama le lanzarán un maleficio a la persona que cometa esta imprudencia y a toda su familia como venganza. Debido a esta creencia, los japoneses solían hacer una fiesta y honrar al árbol como si fuera una deidad antes de talarlo.

SekienKodama
(Ilustración de Sekien Toriyama.)

Los kodama suelen presentarse con forma humana, aunque también pueden tomar otras apariencias tan hermosas o terribles como ellos deseen. Son fuertes y peligrosos cuando se enfadan, aunque en general se les conoce como seres pacíficos.

kodama gif
(Kodamas de La princesa Mononoke.)

CASTIGADO

La luz, filtrada entre las hojas de las copas de los árboles, moteaba el suelo del bosque y el rostro cetrino y sudoroso del joven Nozomi Iwahara. Su padre le había mandado a buscar leña al bosque para la chimenea. La noche llegaría y, con ella, las tormentas azotarían la caseta de madera en la que vivían ambos.
    Antes de salir de casa, cargado con un imponente hacha, el padre de Nozomi le abrazó y le pidió que tuviera cuidado. «Recuerda: solo los árboles que tengan una soga atada al tronco» le dijo a modo de despedida. Nozomi había escuchado desde muy pequeño las historias que hablaban de los demonios que habitaban los bosques de la región. Los lugareños, a los que el joven descreído tomaba por viejos supersticiosos, ataban sogas a los árboles para ahuyentar los demonios y los malos espíritus. Los más terribles eran los kodama, seres vinculados a los árboles, cuyas leyendas habían mantenido despierto durante noches a Nozomi cuando era pequeño. Pero ahora ya era un adulto de dieciséis años —o eso se decía para auto-convencerse de que aquellas historias ya no le aterrorizaban—.
    Durante horas Nozomi buscó un árbol que dispusiera de una soga, pero cada vez se adentraba más en el bosque y lo único que encontraba eran sugis de troncos enormes y copas altas. Nozomi miró alrededor, buscando entre la espesura algún testigo que pudiera reprenderle por lo que estaba a punto de hacer. Miró al cedro que tenía delante, suspiró, alzó el hacha y la clavó en el tronco del árbol. Un grito agudo y petrificante sonó por todo el bosque, transportado por el viento que, de repente, empezó a soplar entre los árboles. El alarido llegó a donde estaba Nozomi y le perforó los tímpanos. El muchacho cayó al suelo de rodillas, y tuvo que llevarse las manos a los oídos para intentar acallar aquel lamento que perduraba. Era inútil, el quejido se había instalado en la cabeza de Nozomi y le martilleaba sin piedad. Cuando el sonido empezó a aminar, Nozomi abrió los ojos, enrojecidos, irritados y húmedos. Notaba las sienes palpitantes y, en su frente, se marcaba una vena vertical. El joven se levantó del suelo y miró a su alrededor. No había nadie, no había nada. Escupió a la hojarasca que el repentino viento había hecho caer de las copas de los sugis, cogió el hacha y la desclavó del tronco. La resina empezó a caer de la herida que el arma había provocado en el árbol, como si fuera sangre saliendo de una puñalada.
    Nozomi suspiró, alzó de nuevo el hacha y, cuando estaba a punto de descargarla una segunda vez, vio de reojo, tras él, una figura. Se giró sobresaltado, pero lo único que había era la espesura del bosque de cedros. Lanzó un resoplido trémulo y, apretando las manos alrededor del mango del hacha, se giró. Ante él, colocada delante del sugi, había una mujer pálida, más vieja que el propio mundo, mirándole con ojos inexpresivos. Nozomi gritó y cayó al suelo, espantado por la presencia de la anciana. Su piel no era normal, la mujer era translúcida y emitía una luz blanquecina. Vestía un kimono blanco, demasiado grande como para ser de su talla.
    —¡¿Qué eres tú?! —dijo Nozomi, intentando disimular sin éxito su miedo. La voz le temblaba casi tanto como su cuerpo.
    La mujer no contestó, se limitó a mirar al joven sin mostrar ninguna expresión. Nozomi, con el valor que da la inexperiencia de la juventud, se levantó del suelo, cogió con fuerza el hacha y se acercó a la anciana. Los ojos de la mujer le siguieron, fijos en los suyos, tenebrosamente fijos. Nozomi, con el corazón latiéndole al galope, alzó el hacha, ignorando la presencia.
    —¡Eres un cuento de viejas! —gritó cuando tenía el hacha por encima de su cabeza. La anciana, que hasta el momento miraba al joven de manera impasible, mutó su expresión neutra a una descomposición colérica. Su rostro se oscureció y sus ojos se volvieron negros como la obsidiana. Abrió la boca de manera imposible y lanzó un grito aún más agudo y penetrante que el que se había escuchado instantes antes. El muchacho se apartó, aterrorizado y la mujer empezó a correr hacia Nozomi de forma grotesca, con las piernas muy abiertas. Se lanzó contra él y lo rodeó con los brazos. Nozomi no notó el abrazo, la mujer se desvaneció, como el humo de un cigarro. Dejó de estar allí, nada más. Nozomi, que había cerrado los ojos por la impresión, los volvió a abrir y se sorprendió al verse solo en el bosque de sugis, sin la presencia de aquella anciana horripilante. Miró a su alrededor, girando sobre sí mismo con brusquedad, como si intentara sorprender a alguien a su espalda. No había nada ni nadie. Se fijó en el cedro, en aquel corte sangrante que el hacha había hecho. Luego miró el arma y, espantado por lo que acababa de ocurrirle, echó a correr en dirección a su casa.
    Tardó una hora entera en desandar el camino, y cuando vio la cabaña de madera su corazón sintió un alivio que deshizo el nudo de congoja que se había acomodado en su pecho.
    —¡Padre! —gritó el joven.
    Cuando llegó a la puerta empezó a aporrearla. Era normal en aquella época del año cerrar la puerta con llave para que los curiosos que se adentraban en el bosque no tuvieran tentaciones de invadir su hogar. Nozomi golpeó con las manos y con el reverso del hacha.
    —¡Ya va!, ¡ya va! —dijo la voz del padre al otro lado de la puerta. Nozomi se asomó a la pequeña ventana que había junto a la entrada, para ver el rostro de su padre. Respiró tranquilo al verle. La llave entró en la cerradura y empezó a girar. En ese momento Nozomi se vio reflejado en el cristal de la ventana. Pero no era él, no vio el rostro joven que había contemplado aquella mañana en el espejo del lavabo mientras se mojaba para despertarse. El rostro que veía era el de la anciana, pálida e inexpresiva. Nozomi miró a su espalda, espantado, pensando que lo que estaba viendo era el reflejo de la anciana tras él, pero no, sin duda, el que se veía en el cristal era el propio Nozomi.
    —¿A qué viene tanta prisa, hijo? —preguntó el padre al abrir la puerta. Miró a su hijo, sin mostrar temor alguno, con su rostro apacible de siempre, pero esperando una respuesta que no llegaba.
    Cuando Nozomi vio a su padre, sintió como algo dentro de su cabeza cambiaba, una nube se alojó en su mente y le nubló los pensamientos. No escuchaba la voz de su padre, solo podía leer en sus labios arrugados como el hombre decía su nombre. Ante sus ojos se proyectó una cascada de imágenes que se superponían las unas a las otras sin piedad: un hacha, un árbol, una herida en el tronco que sangraba resina, unos ojos que se tornaban negros, y un rostro de anciana inexpresivo que se turbaba para luego convertirse en otra cara, con otros rasgos, los suyos, los de Nozomi.
    Sin ser consciente de que lo estaba haciendo, Nozomi alzó el hacha sobre su cabeza y la descargó sobre el cuello de su padre. La sacó, y la sangre le bañó en un chorro terrible. El padre cayó muerto en el acto, no tuvo tiempo siquiera de intentar taponar la herida. Nozomi siguió descargando el arma en el cuerpo caído de su padre, al que no reconoció hasta unos segundos después, cuando el kodama de la anciana abandonó su cuerpo y contempló lo que había hecho, con los ojos abiertos como platos, y la bilis subiendo por su garganta. Nozomi no miró atrás, y no pudo ver como la anciana se adentraba en el bosque para volver a su árbol sangrante. No pudo verlo porque estaba de rodillas, abrazando el cadáver ensangrentado de su padre. Se mecía y lloraba, pero no decía nada. No podía, ni podría decir nada más, su mente, aún nublada por el residuo del kodama, había quedado alterada para siempre. Nozomi moriría allí, de viejo, o por su propia locura, maldito por el espíritu de un árbol, un ser que le había castigado por herir a su anfitrión.

— FIN —

Si os ha gustado, por favor comentad y compartid.

    Muchas gracias por leerme. Saludos y buenas letras.

LICENCIA

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