Microficción #19: Ucronía.

¡Hola flosers! No podéis imaginaros las ganas que tenía de escribir un relato como este: ¡una ucronía!

Para todos aquellos y aquellas que no sepan qué es una ucronía, debo decirles que una ucronía es, según la RAE: una «reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos». ¿Qué es una novela o relato ucrónico? Hace poco leí una novela llamada «Elemental querido Chaplin» que trataba sobre el supuesto de que Charles Chaplin, en su infancia, fue uno de los Irregulares de Baker Street, o lo que es lo mismo: uno de los espías que tenía el detective ficticio Sherlock Holmes. Eso es una historia ucrónica.

Una vez aclarado esto, vamos con mi relato. Espero que disfrutéis tanto leyéndolo, como yo escribiéndolo.

REUNIÓN

El sótano era frío a pesar de la multitud de velas que invadían la estancia. En cada rincón, en cada estantería, un centenar de llamas rompía la penumbra con un vaivén hipnónico. En el centro del sótano, de paredes de piedra gris, una larga mesa de mármol negro era rodeada por sillas de pesado acero forjado que acomodaban a sus ocupantes, todos vestidos con túnicas negras que llevaban en el pecho el símbolo de su orden: un círculo envolviendo una cruz.
    La mesa estaba presidida por un hombre corpulento, con el pelo bien peinado excepto por los remolinos que se creaban en sus sienes, que hacían que sus patillas se despeinaran. Tenía un rostro agradable, y su papada hacía que no se le notara la mandíbula.
    —Queridos amigos —dijo el presidente de la mesa—. Gracias por venir con tanta prisa.
    —¿Podíamos negarnos? —respondió una mujer con tirabuzones que se sentaba a la izquierda del hombre. Tenía una cara peculiar, hermosa incluso con su rareza. Los ojos pequeños parecían dos perlas negras. El cuello largo dejaba paso a unos hombros caídos que se tapaban con la túnica.
    —Querida Mary, no he obligado nunca a nadie a venir a estas reuniones. No obstante, es importante que hablemos.
    —Querido Washington —respondió ella acidulando el tono de su voz—. La última vez que uno de nosotros se negó a presentarse a tus reuniones, enviaste a tu estúpido caballero sin cabeza a buscarlo. ¿No es así, Edgar?
    Frente a ella, y a la derecha de Washington, un hombrecillo de treinta y seis años, con bigote y cabello repeinado, con apariencia enfermiza y temeroso del mismísimo aire, levantó sus grandes ojos y los clavó en las perlas negras de Mary.
    —No fue nada —sentenció Edgar al advertir que Washington le miraba—. El señor Irving me llamó y yo no respondí a su llamada. Eso es todo.
    Mary miró con ternura a aquel pobre hombre, viendo como se hacía más pequeño mientras hablaba. Suspiró, e hizo un ademán para que Washington Irving continuara.
    —He tenido una visión —dijo sin esperar a que sus compañeros estuvieran preparados—. Una visión que me ha hablado de una amenaza que está por venir.
    —¿Hablas en serio? —saltó un hombre que rebosaba elegancia. Su acento era británico, tenía treinta y tres años, y su boca estaba enmarcada por una perilla que sus amigos habían visto crecer poco a poco—. Wash, somos amigos, pero ¿una visión del futuro?
    —Charles, ¿cuándo os he mentido con algo así? —esperó hasta que advirtió en la expresión de sus tres compañeros que aceptaban que jamás les había engañado—. En esa visión he visto cómo el mundo sucumbía bajo la fuerza devastadora de unos monstruos.
    Hubo un silencio que solo se rompía por el crepitar de las llamas cuando entraban en contacto con la cera fundida de las velas. Los cuatro escritores se miraron durante un rato, con miedo de seguir hablando. El tono de Washington Irving no dejaba lugar a dudas, aquello que les estaba contando era cierto. Tragaron saliva y, para sorpresa de todos, incluso de él mismo, fue Edgar el que rompió el silencio.
    —¿Qué clase de monstruos?
    —Terribles, estimado Poe. En mi visión veía a un ser más grande que un edificio, incluso más grande que una montaña. Era terrible, verde y escamoso, su boca estaba llena de tentáculos que le alcanzaban el pecho.
    —¿Un pulpo gigante? —dijo Charles Dickens con una carcajada.
    —¡No era un pulpo, Charles! Tenía cuerpo de hombre, pero su cabeza… su cabeza sí que era la de un pulpo. Tenía alas de murciélago, y en sus ojos estaba dibujado el apocalipsis —Washington Irvin cayó en la cuenta de que se había levantado de su silla, y les hablaba ahora con un terror en la voz que no era propio de él. Su corazón se le había acelerado y golpeaba su pecho con furia—. Sé qué parece una locura, pero lo que he visto ha sido real… ¡será real!
    —¿Y qué se supone que podemos hacer contra él, Wash?
    —Podemos usar a nuestros hijos.
    —No te ofendas, amigo, pero dudo que mis tres fantasmas puedan hacer gran cosa contra un hombre pulpo que se codea con las nubes. ¿Y el hombre puzzle de Mary? Es fuerte, es terriblemente grotesco, y su instinto asesino está intacto, pero… sigue siendo un hombre. Alto, es cierto, pero nada más que un hombre hecho con retales de otros hombres. ¿Mandaremos al cuervo de Edgar a que le repita «nunca más» hasta que se vuelva loco y se rinda? ¡Por el amor de Dios, Wash! Ni siquiera tu caballero decapitado tiene oportunidad alguna con un monstruo tan terrible como el que describes.
    —Hay una forma —aseguró Washington ignorando el discurso de su amigo—. Esos monstruos (porque creedme, habrán más, y serán peores que el que os he descrito), obedecerán a un hombre, a su padre.
    —¿Un escritor ha creado semejantes bestias? —dijo Mary escandalizada.
    —Aún no, querida, ni siquiera ha nacido. Lo he investigado. Pero algún día, ese hombre creará el peor ejército oscuro que jamás haya poblado la Tierra, condenará al mundo y lo sumergirá en mares de sangre.
    —¿Qué quieres que hagamos, Wash?
    —Debemos esperar, Charles, esperar a que ese niño nazca, y acabar con él antes de que sea demasiado tarde.
    —¡Eso es una locura, Wash, no somos asesinos!
    —No es un asesinato, Charles, es la única forma de evitar al mundo una terrible pesadilla.
    —¡Pongas la excusa que pongas, la palabra que describe lo que estás sugiriendo es «asesinato»! Lo siento mucho, Wash, no pienso matar a un niño. Además, ¿tenemos que hacer guardia en todo el maldito mundo para encontrar a un bebé que nadie sabe dónde ni cuándo nacerá?
    —Voy a investigar, Charles, hasta que mi aliento se apague. Encontraré al niño, enviaré a mi jinete, y acabaré con él. Pero si yo muero antes de que ese niño nazca, vosotros, como miembros de la orden, tendréis que ocuparos. ¿Está claro?
    Nadie contestó. Edgar y Mary bajaron la cabeza, Charles y Washington se mantuvieron las miradas, desafiándose el uno al otro. Luego Edgar levantó la vista y dijo:
    —Si sigo vivo cuando ese niño nazca, enviaré a mi cuervo a por él.
    Charles, Mary y Washington miraron sorprendidos al hombrecillo. No podían creerse lo que acababan de escuchar. Aquel personaje oscuro, deprimente, suicida, acababa de asegurar que, llegado el momento, se encargaría de matar al niño que algún día erradicaría la raza humana.
    —Yo también doy mi palabra, Washington, si sigo viva, enviaré a Frank a por ese niño.
Los ojos de Washington se humedecieron. Sabía lo que les estaba pidiendo, pero era necesario, sabía que lo era. No quería que el mundo acabara siendo gobernado por un hombre sin escrúpulos, capaz de crear una horda de criaturas insultantemente poderosas.
    —¿Charles? —presionó Washington, envalentonado por el apoyo de los otros dos miembros de la orden.
    —Estáis completamente locos —dijo Dickens tras meditarlo, su pierna se movía nerviosa, golpeando con el talón en el suelo de hormigón—. ¡Me vas a condenar al infierno, Wash! Espero que cuando nos encontremos allí, me pagues el favor —suspiró—. Si sigo vivo cuando ese niño nazca, enviaré a mis fantasmas para que le hagan una visita. Pero por el amor del cielo, espero no seguir vivo cuando ese desgraciado nazca.
    Washington Irving sonrió con amargura. Estaba orgulloso de sus amigos, y él rezaba por poder encargarse personalmente del niño.
    —Está bien, amigos —comentó por fin el hombre—. Gracias por todo, y creedme, siento mucho haber tenido que pediros algo así. Si no tenéis nada más que añadir —miró a sus amigos, esperando a que alguno dijera algo. Todos negaron con la cabeza—… se levanta la sesión.
    Los escritores se levantaron de las sillas y abandonaron el sótano acompañados por un halo de miedo, angustia y deseos de morir antes de que un niño al que no conocían de nada tuviera que ser asesinado. Se despidieron y salieron de la mansión de Washington Irving ocultando sus rostros con las capuchas de las túnicas, convirtiéndose en figuras oscuras y tétricas. Cada uno se fue hacia un carro aparcado frente a la casa, y luego se alejaron por distintos caminos. Todos menos Washington, que los contemplaba desde el umbral de su puerta. Empezó a llover y el frío húmedo le encogió el corazón. Miró al cielo, suspiró, y entró en casa. Poco sabía él que ninguno de los cuatro estaría vivo cuando el niño de la profecía naciera, y ninguno podría detenerle cuando decidiera crear a su ejército de primigenios. El mundo cambiaría mucho en los siguientes años, pero todo ese cambio, todos esos avances, serían entorpecidos por los titanes procedentes de la perversa imaginación de un genio del mal, del señor de lo macabro, el escritor apellidado Lovecraft.

© 2016 M. Floser.

Si os ha gustado comentad y quizá me anime a escribir otros relatos ucrónicos.

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