NarrArte #1: Bicicleta.

¡Hola a todos/as, bienvenidos a NarrArte! En esta sección os propondré cada mes un reto en forma de fotografía. Todas las instantáneas pertenecen legalmente a Anárion Photo, que amablemente ha aceptado colaborar en esta iniciativa.

Quedaos hasta el final, porque al pie de esta sección os facilitaré cada mes la fotografía del siguiente número de NarrArte. Cada una de las fotos deberán servir como inspiración para que escribáis relatos de hasta 200 palabras (no más), y mandármelas al e-mail narrarte.mfloser@gmail.com para que pueda compartirla aquí, en:

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¿Empezamos? En este primer mes he recibido más relatos de los que esperaba. La gente ha recibido con mucho entusiasmo la iniciativa, y el nivel me ha sorprendido mucho. Os dejo con la fotografía «Bicicleta» y que ha servido de inspiración para la inauguración y los relatos.

bici
(Pincha en la imagen para más tamaños)

BICLICLETA

(Pincha en los gifs para acceder a las webs y redes sociales de los autores)

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Sus pasos resonaban por las estrechas calles adoquinadas, como cada noche. Tan sólo se cruzó con un par de personas paseando a sus perros, como cada noche. Pero, a diferencia de cada noche, había algo apoyado en la fachada de su edificio. Una vieja bicicleta oxidada. Pero ella se paró en seco, porque sabía que no era solo una bicicleta. Sabía que eran aventuras, confidencias, risas, miradas, caricias, días interminables y noches sin dormir. Sabía que la espera se había acabado, que se había cumplido una promesa hecha entre lágrimas hacía ya tres años. La promesa de regresar de un viaje obligado. Subió corriendo las escaleras, saltando los escalones de dos en dos, buscando las llaves. Llegó sin aliento al descansillo y, cogiendo aire, entró en su piso. Que, a partir de ese día, volvía a no ser sólo suyo. Le encontró sentado en el sofá y su corazón, que por un momento se había olvidado de latir, comenzó a hacerlo a mayor rimo del habitual. Él se acercó y la envolvió en un abrazo que le hizo olvidar que habían estado separados. Y así, con sólo un roce de sus labios, supo que todo volvería a ser como antes.

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No escaparas.
    Oí su voz estridente a mi espalda y corrí más, más y más… Sólo tenía que llegar al punto en el que me habían dejado el vehículo para la huida. La calle estaba muy oscura y era estrecha. Oía mi respiración, oía sus resuellos.
    Entonces, a lo lejos, me pareció ver la ventana con el enrejado de hierro …Llegué a la bicicleta con el ímpetu de la carrera. Vi que era de carretera. No el tipo holandés, con el cuadro bajo. No. Ni siquiera era uno de esos modelos urbanos de alquiler. No. Era una bicicleta de carretera, de las de verdad.
Visualicé lo que iba a pasar antes de que sucediera. Mil veces me había caído al no conseguir que mi pierna pasara por encima del puto cuadro triangular. Alcé la pierna, topé con aquella pieza tubular, pasé por encima y poco a poco, como a cámara lenta, fui cayendo hacia el suelo con la bicicleta entre las piernas.
    Te tengo.
    Lo miré a los ojos. Nunca pensé que tendría ese aspecto ni que al final me atraparía. El plan para escapar del destino había fallado estrepitosamente. Había estado a punto, pero… la bicicleta era de carretera…

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Toma mi mano y viajemos por el espacio/tiempo me dijo y lo hice, fundiéndome, desapareciendo de la realidad en la que había existido y que hasta ese momento era la única que conocía y comprendía, vimos estrellas nacer, planetas morir, la realidad interactuando con nuestra esencia, seres que desafiaban mi compresión, increíbles puestas de sol y soles. Todo desde la distancia suficiente para no interferir con lo que sucedía, me repetía cuidado con interferir con el continuo, solo somos espectadores. Pero tantas posibilidades, tanto poder que producía  saber que pasaría, empezaba a no soportar tener que ver por segunda vez como sucedían las cosas, me enseño las técnicas, conocimientos y cuando aprendí a pasar entre planos, solo faltaba una oportunidad, tenía el tiempo a mi favor. Trata de detenerme mientras me alejaba de su esencia, pero mis dedos tocaron la acera de piedra antes que pudiera hacerlo, su cuerpo desnudo me siguió, cambiamos en metal y plástico, me recosté contra el marco metálico, cuando el proceso se detuvo aún era consciente, se dio cuenta de su extraña situación, sintió mi esencia, hasta que descubriera como solucionarlo estaría obligada a entender lo que era ser carrito de supermercado y yo bicicleta.

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Presente físicamente y ausente espiritualmente. Rodeada de individuos que vocean sin aportar nada interesante. Presionada a permanecer callada y con una amplia, pero falsa, sonrisa.
    Soñando con plantar los pies en otro lugar. Sin medios para llevarlo a cabo. Anhelando el aire fresco otoñal y la humedad de la noche. Pasando las horas y viendo las caras deformarse por el consumo del alcohol y el egocentrismo, que no callan nunca.
    Bocas llenas de comida, que meten sin parar en su estomago, y de estupideces que alimentan las cabezas de otros. 
    Mirando hacia la ventana y soñando con un escape inmediato. Veo la bicicleta de un individuo apoyada en la pared del edificio añejo de enfrente. Aquel chico habla con otra persona y, de repente, me mira. Me muestra una leve sonrisa y, con ese diminuto pero conciliador gesto, me invita a escapar. Perderme por la ciudad de noche de la mano de alguien desconocido que pueda ofrecerme lo que la multitud que me rodea no es capaz de darme. 
    Levantarme de la mesa. Caminar hacia la puerta. Coger mi abrigo y ponérmelo. Abrir la puerta sin despedirme y olvidarme de todos aquellos indeseables rostros. Una acción fácil pero, a la vez, tan difícil. Y soy incapaz de poder hacerla. 
    Me arrepentiré eternamente. Lo sé.

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Despertó, como lo hacía siempre últimamente, con la indiferencia de quien no tiene nada por lo que levantarse. Preparó café, no como el que solía hacer ella pero le mantendría despierto lo suficiente para después de tanto tiempo poner fin a todo aquello. Se vistió no sin antes echar un último vistazo a aquella cara que había vivido tantos días felices, ahora surcada por las arrugas y oscurecida por ojeras fruto de interminables noches sentado al filo del colchón, recordando.
    Bajó las escaleras hacia el trastero y allí estaba, cubierta de polvo entre un montón de trastos. La sacó de entre aquel desorden y se aseguró que funcionaba, tuvo que inflar las ruedas y probar los frenos. Serviría.
    Salió de casa pedaleando e impregnándose del olor a lluvia y la humedad propias de Noviembre, el mes maldito, el mes en que todo dejó de tener sentido. Se le hizo de noche en el trayecto hasta el puente de San Gerónimo. Decidió cruzarlo a pie, así que apoyó la vieja bicicleta de Lucía en el portal más cercano y caminó, caminó hasta la mitad del puente y una vez allí le dijo adiós, por segunda y última vez.

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Antes de abrir la puerta la observó detenidamente. Estaba con las ruedas desinfladas y parecía vieja, con la pintura descascarada y el óxido devorándola por partes.
Miró a su alrededor buscando al posible dueño del vehículo pero no había gente en la zona. Un pequeño deja vu le dejó una presión en el pecho que no supo definir, la imagen que se había cruzado era tan efímera que ni siquiera logró reconocerla.
    Entró a la casa, se preparó un café mientras se cambiaba de ropa. Se duchó pensando que no recordaba haberse desvestido. Puso la pava para el café y reaccionó que ya lo había hecho aunque el recipiente estuviera frío y limpio.
    La bicicleta vieja y oxidada lo estaba despertando, vivía en una zona anacrónica. Un movimiento a sus espaldas lo sobresaltó, giró y encontró al niño casi destruido y recordó la calle con agua, la felicidad de mojarse los pies mientras pedaleaba, el vehículo que le tocaba bocina, el ruido de los frenos, el impacto, el dolor, el llanto, la ausencia de tiempo.
    El pequeño se acercó y le extendió la mano.
    —¿Vamos? —preguntó el pasado y el fantasma se aferró a él para seguirlo.

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Siempre me lo pregunté: ¿por qué tuvo que entrar en aquella casa? Aún puedo ver su bicicleta apoyada en la fachada cuando cierro los ojos. Aún escucho los gritos de auxilio cuando estoy en silencio. Llevo años buscándole, sin éxito. Incluso la policía ha perdido las esperanzas de encontrarle.
    A veces acudo al lugar, etiquetado ahora como «casa maldita», convertida en una atracción turística para los osados que quieren saber qué se siente al estar encerrado en la casa donde desapareció un niño de quince años. Quizá no parece algo tan escandaloso, ¿cuántos niños desaparecen en todo el mundo? Es una buena pregunta, pero debo hacer otra: ¿en cuántos casos ha aparecido una frase en la pared del sitio de la desaparición, escrita con letras de sangre?
    Vuelvo a la casa, vuelvo a ver la bicicleta ya oxidada. El interior es un caos, como si hubiera habido una explosión. Huele a pólvora, pero ese desorden y ese olor ya estaban hace veinte años. La frase sangrienta sigue ahí, acompañada de graffitis, seca, perpetua, ocupando toda la pared, dedicada a mí: «Peter, ayúdame…» es la letra de Joseph, es la letra de mi amigo.

***

¡Eso es todo por este mes! Si os ha gustado compartid, por favor, para llegar a mucha más gente. Y si os ha parecido interesante para participar, a continuación os dejo la foto para el mes que viene.

BURBUJAS EN LA CALLE

Burbujas en la calle-AnárionFB
(Pincha en la imagen para más tamaños)
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  1. Pingback: Huye | El Universo de Ely

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