El camino de las gaviotas

Nota: Estoy configurando el blog (la página «Relatos antiguos») para que la experiencia de navegación sea más interesante y sencilla. Este relato «El camino de las gaviotas» pertenece a la lista de los primeros relatos que escribí.

No hay nostalgia peor
que añorar lo que nunca jamás existió

Joaquín Sabina

    Había llegado a su cita antes de tiempo, se sentó en un banco situado en la sombra de una amplia y larga avenida de aquella Barcelona regada por el olor a mar.
    Sacó de su mochila un pequeño cuaderno y un bolígrafo de color rojo. Abrió el cuaderno y posó su mano derecha en la hoja cuadriculada. Antes de comenzar a escribir, prestó atención al anillo de su pulgar. Siempre lo hacía, era una especie de ritual antes de posar la punta del boli en el folio. Mirar aquel anillo plateado con cenefas en relieve le transportaba a través del tiempo a un recuerdo encantador.
    Aquel anillo estaba ligado de manera íntima a su mejor amigo de la infancia. Ambos habían sido amigos inseparables desde bien pequeños hasta la mayoría de edad. Los diez y ocho años fueron los últimos que aquel amigo acomodado en el recuerdo conocería. Pero esta no es una historia melodramática, no… ésta es la historia de cómo una amistad verdadera es indestructible, y tan fuerte que ni la fría guadaña de la muerte puede destruirla.

    Nacer en un barrio marginal no es tan malo como muchos intentan hacer ver. Dos críos se conocieron en una clase llena de pequeños alborotadores.
    No supieron nunca como pasó, pero lo cierto es que aquellos dos chicos se hicieron inseparables. Nada podía con su amistad. Ya sé lo que mucha gente estará pensando: “una amistad así sólo es posible en el cine”. Bueno, quizá el cine tomó la realidad, en algún momento, como fuente de inspiración.
    Ambos críos fueron el pilar maestro del otro. Pero nadie ha dicho que no discutieran, lo que ocurre es que incluso de las discusiones salía una amistad más fuerte. Sin duda aquella fue la relación más pura y sincera que el chico del banco había tenido jamás.
    Tenían la misma edad, aunque Juan era un día mayor que Esteban, un hecho que Juan acostumbraba a recordar en tono de burla a diario. Esteban se reía siempre, era curioso que a pesar de recibir la misma broma cada año, a él le hiciera gracia.
    Desde aquel banco, oliendo la brisa cálida, Esteban pudo recordar la confesión más íntima de Juan, fue la confesión de su homosexualidad. Eran tan sólo unos críos, pero Juan tenía las ideas claras. Aunque la confesión que más sorprendió a Esteban no fue aquella, sino la de que Juan estaba enamorado de él. Y en el banco de aquella avenida, Esteban pudo sentir como sus mejillas se bañaban con lágrimas de añoranza.
    Esteban dejó un segundo su bolígrafo para hacer caso a un crío que estaba hablándole. El chaval no entendía lo que el pequeño le decía, pero le encantaban los niños. Solía declararse “su fan número uno.” Cuando el niño se marchó, despidiéndose enérgicamente de Esteban con la mano. Éste no pudo evitar acordarse de Juan nuevamente.
    Recordaba como se había auto-proclamado defensor de su amigo. Esteban no era un chico violento, pero sabía defenderse. Juan, sin embargo, era más tímido y temeroso. Su homosexualidad no era bien aceptada en aquel barrio. La gente se metía con él y a menudo Esteban tenía que defenderle. Desde bien temprana edad, había tenido que dejar claro que nadie podría abusar de su bondad. Nadie podría reírse jamás de él. Y, por descontado, nadie podría molestar a su querido amigo.
    Juan, por su lado, estaba inmensamente agradecido. Se sentía mal, pensaba que siempre estaba metiendo en líos a su amigo Esteban. A veces tenía que sopesar si era justo poner a su amigo en aquellas situaciones. Pero se negaba a renunciar a aquellas defensas, a aquel apoyo incondicional de Esteban. Pensaba que quizá aquella era una muestra clara de avaricia, pero no podía evitarlo.
    En el reloj marcaban las cuatro de la tarde, Esteban seguía esperando en aquel banco. Ante él, un padre paseaba con su hijo. El hombre reñía efusivamente al chico. Aquel detalle hizo que Esteban recordara al padre de Juan. Un hombre rudo, que jamás aceptó la homosexualidad de su hijo. Era un hombre bruto, más parecido a un bárbaro que a una persona civilizada. Su pensamiento, homófobo y cuadriculado le impedía aceptar a Juan tal como era.
    —Estoy harto de que me trate así, Esteban.
    Le había dicho más de una ocasión su amigo.
    —Lo sé, pero tienes que aprender a ignorarle.
    —¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se ignoran los insultos de un padre?
    —Escuchando los elogios de quienes realmente te quieren.
    Aquella conversación era una de las favoritas de Esteban. El recuerdo de aquellas palabras siempre había ayudado a Juan. Aprendió, poco a poco, a ignorar a su padre. Sus ofensas se quedaban en intentos inútiles de deprimirlo. Sus sentimientos quedaban intactos, inertes ante aquellas palabras envenenadas. Se había vuelto inmune a aquella ponzoña. Todo gracias a Esteban, que ya no sólo le defendía en confrontaciones físicas. Ahora también velaba por su bienestar mental. Era el claro caballero defensor de su estado de ánimo. Era, ante todo, la persona más importante que Juan conocería jamás.
    El viento se levantó y azotó con fuerza el cuaderno de Esteban. Las páginas empezaron a moverse violentamente, y el chico tuvo que cesar en su empeño por seguir escribiendo. Se limitó a cerrar los ojos, dejando que aquel viento le acariciara el rostro. Era agradable y a la vez, volvió a trasladarse a aquel tiempo remoto.
    El recuerdo de Juan nunca dejaba de maravillarlo. En cierta medida le dolía recordarle, pero a la vez sentía una inmensa paz en su pecho. Recordaba las tardes de verano en su querido barrio, jugando al escondite en el descampado de aquella calle gris con otros niños que no caían bien ni a Juan ni a Esteban, pero que les servían para que el juego fuera más divertido.
    Los dos amigos empezaron a reírse de uno de los niños en privado, refugiados en su escondite. Era un niño que llevaba siempre un gorro de aviador, seguramente comprado por su madre en algún berrinche insoportable.
    Cuando terminaban de jugar, o simplemente se hartaban. Decidían irse sin avisar, dejando que los otros niños les buscasen sin éxito. Corrían sin descanso hacia un parque cercano, en el cual habían colocado, clavada en la tierra, una gran placa de LATÓN a la cual acostumbraban a tirar piedras para afinar su puntería. Contaban cuantas veces sonaba la chapa y cuando se cansaban de aquel juego miraban quién había ganado. Si el ganador era Juan, podía pedir lo que quisiera a Esteban y viceversa.
    Esteban tenía mucha más puntería que Juan, pero siempre se dejaba ganar, porque el chico se ponía tremendamente contento de poder pedirle lo que quisiera. Fue una tarde, a finales de Agosto cuando Juan pidió lo que realmente deseaba. Esteban había lanzado la última piedra desviada a propósito, y a Juan se le dibujó una sonrisa aderezada con un temblor de labio que anunciaba los evidentes nervios del muchacho.
    —Bueno, has vuelto a ganar. ¿Qué quieres hoy?
    —No sé si decírtelo…
    —¿Por qué?
    —Porque no quiero que te enfades…
    —Pídemelo ya…
    —Quiero que me dejes darte un beso.
    —¿Cómo?
    —Sería mi primer beso, y me gustaría que fuera contigo…
    Esteban se quedó pensando durante un instante. Él tenía claro que no le gustaban los hombres, y aquella seguridad le hizo dudar. Si tenía tan clara su condición sexual, ¿por qué no ceder a algo que haría feliz a su mejor amigo?
    —Déjalo Esteban, no debería habértelo pedido…
    —Hagámoslo.
    Aquella afirmación dejó a Juan con la boca abierta.
    —Estás… ¿estás seguro?
    —Bueno, seguro no estoy, pero me parece bien.
    Juan no pudo evitar sentir que su corazón se aceleraba, y un hormigueo agradable le recorrió el pantalón. Aquella idea le animaba en lo más profundo y carnal de su ser.
    Tuvo que respirar profundamente, y luego pidió a Esteban que se sentara con él. Tuvo claro que si le besaba de pie, caería al suelo, pues sus piernas ya le temblaban antes de hacerlo. Esteban estaba nervioso también, en cierto modo, tenía miedo de que aquello le gustase. Se sentía extraño, pero era fiel a su palabra, y llegaría hasta el final.
    Juan respiró hondo y le preguntó si le parecía bien que llevara él mismo la iniciativa. Esteban aceptó, ya que era Juan el que tenía ganas de hacerlo. Entonces ambos cerraron los ojos, y sus labios se juntaron. Fue un beso corto, apenas tres segundos. Y Juan se apartó bruscamente, como si temiera que su amigo le golpeara por aquello.
    —¿Qué pasa?
    Preguntó Esteban.
    —No sabía si seguir. No quiero que te enfades conmigo…
    Cuando Juan vio que los ojos de Esteban mostraban cansancio ante aquella insistencia, el chico, sin pensárselo dos veces, volvió a juntar sus labios con los de Esteban. Fue un beso puro, en los labios, un beso apasionado por la parte de Juan, sin lengua, pero sensual. Un beso que a él le estaba excitando sobremanera. Y de pronto, sin poder evitarlo, Juan introdujo un poco su lengua en la boca de Esteban, éste, al sentir su lengua acariciada por la de su amigo, dio por terminado el beso.
    —¡Perdona, lo siento!
    —No te preocupes, no me he enfadado.
    —Te… ¿te ha gustado?
    —¿Sinceramente?
    —Sí, por favor.
    —Ni sí, ni no. No he sentido nada, Juan.
    —Ya veo…
    —¿A ti te ha gustado?
    —Me ha encantado, Esteban. Gracias, era importante que el primero fuera contigo.
    —Me alegra que te haya gustado.
    Y allí quedaron los dos, al principio sumidos en un silencio lógico ante aquel beso. Esteban tampoco había besado a nadie antes, había renunciado a su primer beso con una chica para hacer feliz a su amigo. Luego, a los pocos segundo, el silencio se rompió y empezaron a hablar con toda normalidad.
    En el móvil de Esteban se podía leer un mensaje: “llego en cinco minutos”. Y tras responder y guardarse el móvil en el bolsillo, comenzó a recoger sus cosas. Metió el cuaderno con el bolígrafo rojo en su mochila, y se limitó a cerrar los ojos en aquel banco. Le había gustado aquel rato entre recuerdos, sobretodo porque los recuerdos eran sobre su querido amigo Juan.
    Recordó una mañana estival, muy parecida a aquella, Juan y él se habían ido juntos a la playa. Ya hacía tiempo de aquel primer beso de Juan, y lejos de haberse distanciado, o sentido incómodos el uno con el otro, se unieron más. La amistad se hizo tan fuerte que parecía que nada ni nadie pudiera romperla.
    El mar estaba tranquilo, parecía una manta infinita que tomaba un color aturquesado con destellos del sol que, presumido, se reflejaba en la superficie. A Juan no le gustaba sentarse en la arena, con el resto de la gente. Por alguna razón sentía un complejo enorme por su cuerpo. Algo que Esteban nunca entendió ya que a diferencia de él, Juan era un chico delgado y esbelto.
    Se sentaron en las rocas, con una vista privilegiada del enorme espejo de agua, Juan tenía una gran sensibilidad, y se maravillaba con todos los detalles que la madre naturaleza le otorgaba. Esteban no era así, no se fijaba en aquellos pequeños detalles, aunque empezaba a apreciarlos debido a que Juan le iba inculcando esa fascinación.
    El cielo estaba completamente despejado, y el sol, como amo y señor de aquel techo interminable, azotaba con fiereza los rostros de los dos amigos. Juan se había quitado las gafas para que no se le quedase la marca del bronceado. Esteban se había puesto una gorra para protegerse el rostro, ya que en vez de ponerse moreno, su piel tomaba un tono rojizo encendido.
    Ambos amigos hablaban con una lata de refresco que goteaba agua de la condensación en sus manos. El gas les rascaba las gargantas y sus ojos empezaban a llorarles cuando bebían demasiado líquido de golpe. Hablaban de todo y a la vez de nada importante. Hablaban de dibujos animados, a ambos les volvían locos, adoraban las series de animación. También hablaban de la gente del barrio, de los problemas que habían allí. De los planes de futuro.
    —Te propongo un trato, Esteban.
    —Dime…
    —¿Qué te parece si cuando consigamos salir de este barrio, sea para trabajar o para vivir, o estudiar; nos compramos algo para conmemorar ese momento?
    —¿Algo como qué?
    —Pues no lo sé… ¿qué te parece un anillo?
    —¿Un anillo?
    —¡Sí! Yo me pondría el mío en el dedo pulgar de mi mano izquierda y tú el tuyo en el de la derecha.
    —Me gusta mucho la idea…
    Ambos se dieron la mano para dar por cerrado aquel pacto entre amigos. Justo entonces, un puñado de gaviotas empezaron a volar formando una línea en el cielo. Juan miró aquello maravillado, y Esteban le miraba a él asombrado de que algo tan simple como aquello pudiera provocar aquella cara emocionada en su amigo.
    —¿No es precioso?
    —Sólo son pájaros…
    —Esteban…
    Juan empezó a reírse y rodeó el hombro de su amigo señalando al cielo con la mano que contenía el refresco.
    —¿No lo ves?
    —¿El qué?
    —El camino de las gaviotas…
    Esteban miró al cielo, y luego a su amigo. Éste le sonreía y entendió que no tenía que mirar con los ojos; que ver lo obvio, era lo que hacía todo el mundo, y Juan no era como el resto de la gente. Así pues volvió a posar los ojos en el cielo, y allí, las gaviotas que volaban en línea recta empezaron a transformarse en la imaginación de Esteban, aquellos simples pájaros volando, se convirtieron en un inmenso camino en el cielo. ¿A dónde llevaría? Sin duda a un lugar inolvidable, sólo allí podía llevar el camino de las gaviotas. Sólo a la consecución de algo grande, el triunfo de un sueño.
    ¿Que cómo sé todo esto? Quizá porque alguien me lo contó, o quizá, y sólo quizá, mirar este frío anillo acomodado en mi dedo pulgar derecho me ha transportado, como ya hiciera aquella tarde, al pasado. Porque por suerte, es imposible olvidar a aquel amigo, y sus ideas románticas sobre la vida. Porque gracias a él conseguí llegar tan lejos, siguiendo, cómo no, el camino de las gaviotas.

— FIN. —

Anuncios

¡Coméntame!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s