Kill

Nota: Estoy configurando el blog (la página «Relatos antiguos») para que la experiencia de navegación sea más interesante y sencilla. Este relato «Kill» pertenece a la lista de los primeros relatos que escribí.

Aquel que tú lloras por muerto,
no ha hecho más que precederte.

Séneca

    Abrir la puerta con la ganzúa y adentrarse en el piso no le había llevado más de un minuto. Ante él se abría un largo pasillo oscuro que desembocaba en una pequeña estancia iluminada por la luz de un televisor cuyo volumen estaba lo suficiente alto como para que la víctima no escuchara el martillear de la pistola con silenciador.
    Los mocasines italianos pisaban con sigilo el suelo de madera. Avanzaba con cuidado mirando atentamente al parqué ensombrecido para evitar pisar algo que pudiera delatarle. Aún con la escasa luz, se distinguió la mueca de asco del asesino al ver en el suelo una corteza. Algo que siempre había odiado era la suciedad, su obsesión por el orden afloró en aquel momento.
    Siguió adelante, echando un último vistazo a la corteza. Cuando llegó a la estancia, se encontró tras un sillón de cuero situado delante del televisor.
    El intruso diferenció el programa que estaban emitiendo. Admiraba a aquel periodista, cada noche lo grababa para poder verlo al llegar a casa de su truculento trabajo. Por un segundo pensó que estaba deseando quitarse aquel traje negro de corbata a juego y los guantes de cuero que impedían que sus huellas dactilares quedaran impresas en cualquier sitio.
    Alzó la pistola, apuntando directamente a la parte trasera del sillón. Empezó a encararlo, girando a su alrededor, hasta que su víctima quedó a la vista. Era un hombre de sesenta años de edad, yacía con la cabeza ligeramente caída sobre su hombro izquierdo. De la frente caía un hilo de sangre que iba a parar sobre el pantalón de pijama del anciano.
    El hombre de la pistola acercó sus dedos hasta la sangre, cuando la tocó, y notó la textura líquida, comprendió que aquel crimen, había ocurrido hacía pocos minutos. Dio un paso atrás alzando la pistola para protegerse de un posible ataque. Bajo la suela de uno de sus zapatos, notó que el suelo cambiaba de textura. Había pisado algo que parecía arena. Se agachó, dejando que su traje caro se arrugase. Dirigió una mano hacia lo que acababa de pisar, y, llevándolo al foco de la luz del televisor, pudo ver que se trataba de grava.
    De pronto notó como su cabeza se veía envuelta en lo que parecía una bolsa de plástico. El arma se le escapó de las manos y empezó a forcejear, su atacante era hábil y rápido. Por suerte el hombre disponía de un entrenamiento excelente y sus nervios se mantenían firmes a pesar de que el aire empezaba a faltarle. Los ojos se le desenfocaban, pero mantuvo la calma lo suficiente como para llevar los dedos a la parte de bolsa que quedaba tirante en la cavidad de su boca. La cabeza empezó a darle vueltas, y notó como sus piernas le fallaban. Clavó los dedos en la bolsa y la desgarró dejando que el aire volviera a colarse por sus pulmones. Un alarido ahogado salió de su garganta, y golpeó con la parte trasera de la cabeza el pecho de su asaltante.
    Consiguió soltarse, y empezó a toser. Notaba a su contrincante de pie tras él. ¿Por qué no le atacaba? Estaba esperando a que el hombre trajeado recuperara el aliento. Su mente repasó el ataque, había sido extremadamente sigiloso, pero de repente recordó que al golpearle con la cabeza en el pecho, notó el tacto blando de dos senos. Levantó la cabeza, siguiendo la linea de sus piernas. Unas botas marrones llenas de gravilla y unos tejanos ajustados metidos por el calzado. Sus caderas bien esculpidas estaban envueltas en un cinturón ancho con tachuelas. Vestía una camiseta de manga corta negra de un grupo de rock. Sus manos estaban enfundadas en guantes de cuero. No conseguía verle la cara, aún estaba mareado.
    La mujer empezó a reír, aquello consiguió hervirle la sangre. Se abalanzó sobre ella, cuando se puso de pie notó que era más alto que la mujer. Le sacaba una cabeza de altura. Lanzó su puño sobre la cara borrosa de su adversaria, ella le esquivó sin problemas, dejando que el brazo del hombre silbase junto a su oído. Luego, en pocas milésimas de segundo, la mujer asestó un golpe seco en el tabique nasal del hombre, cuya cara se vio bañada en sangre.
    Cayó de espaldas al suelo, ella se agachó a coger la pistola. La sopesó, y encaró el cañón hacia el hombre con la nariz rota. Éste alzó la mano, pidiendo que no disparase. Su voz sonó grave, y a la vez ahogada por la falta de aire.
    —¿Quién eres tú?
    La chica se acercó a la luz de la televisión. Era de rasgos asiáticos, tan hermosa que en otro momento le habría dejado sin aliento. Su pelo marrón ondulado le caía en una preciosa cascada sobre sus hombros. Y sus labios finos y rosados eran la imagen viva de la perdición.
    —Soy tu versión mejorada…
    Tras decir esto, la pistola lanzó un proyectil que atravesó la mano y frente del hombre. Aquella chica adoraba su trabajo. Se acercó al anciano y cogió una corteza del bol que descansaba sobre su regazo. Miró al hombre sonriendo.
    —¿Estás muy metido en el papel?
    El hombre levantó la cabeza, y miró a la mujer. Dejó el bol en el suelo, y se levantó del sillón. Su altura, al enderezarse, era mayor de lo que aparentaba sentado. Movió el cuello, y los huesos empezaron a crujirle.
    —Has tardado mucho, me estaba destrozando las cervicales.
    —Siempre te estás quejando Harris, está muerto, es lo que importa.
    —¡No se trata de eso! — dijo Harris mientras se agachaba a mirar de cerca la frente perforada del idividuo — ¡Tendrías que haberle matado en cuanto has tenido la ocasión!
    —Tienes razón, no hay que desperdiciar las ocasiones claras.
    Harris levantó la mirada y vió, con sus ojos abiertos como platos, los ojos rasgados de aquella asesina implacable, fue lo último que pudo ver. Su sangre se unió a la sangre de la primera víctima de la mujer que cogió una segunda corteza del bol que había en el suelo y la hizo crujir entre sus dientes.
    Sonrió ante aquel trabajo, lanzó la pistola encima de los dos cadáveres, y tras coger su chaqueta del colgador que había junto a la pared, abandonó la casa por el angosto pasillo.

    Las fotos de dos víctimas habían sido colocadas con imanes en una pizarra contemplada por dos agentes. Al lado de cada foto descansaban signos de interrogación escritos con rotulador negro y una caligrafía que se conformaba con ser entendible. La policía no sabía aún la identidad de las dos personas. La comisaría por completo se había quedado asombrada ante aquel crimen perfecto. No habían huellas, ni dactilares, ni de pisadas. Sólo la pólvora de los disparos pudo ser encontrada. Y restos de grava que no conseguían identificar. Aquello era insuficiente para cazar al asesino.
    —¿Aún no han llegado los resultados del ADN?
    Preguntó la detective Gala tras marcar el número de teléfono que le conectaba con el laboratorio. Gala era una mujer de treinta años cuyo pasado oscuro, como en cualquier mala película policíaca, hizo que se quisiera unir al cuerpo. No era una mujer especialmente bella, su atractivo podía compararse con su inexistente amabilidad. Sus ojos rasgados de un color azul pálido y su piel demasiado clara contrastaban con un mal corte de pelo cuyo color había sido cambiado a un negro azabache. Sin duda, el mayor don de Gala, era su talento para resolver casos.
    —¡¿Acaso crees que esto es una jodida serie de televisión?! — respondió el técnico del laboratorio con voz grave —, ¡no puedo obrar milagros!
    No era una serie de televisión con un guión casposo que dejaba claro desde el minuto cinco quien había sido el o la culpable. No era una odiosa ficción en la que perseguían a un criminal torpe que cometía errores. Aquella persona a la que estaban siguiendo era inteligente de verdad, era cuidadosa y se alejaba mucho de la torpeza.
    —¡Carmona! — gritó Gala a un agente que pasaba por allí —. Traeme un café.
    —¿Me has tomado por tu camarero? Mueve tus malditas patazas y cógelo tú misma.
    El ambiente en la comisaría desde que Gala había tomado aquella actitud, era crispado. Gala no siempre había sido así, no lo era antes de que el médico le diagnosticara un problema en la válvula mitral que impedía que la sangre llegase con fluidez al corazón. No podían operarla, y tampoco supieron decirle, con exactitud, cuanto tiempo le quedaba de vida. Por descontado, nadie más que el capitán sabía aquel hecho.
    —Que te jodan Carmona, ya vendrás a pedirme algún favor.
    Carmona se fue maldiciendo a aquella odiosa mujer. No entendía como un día, pudo sentirse atraído por su carácter afable, y ahora él mismo había llegado a urdir un plan para deshacerse de ella sin dejar huellas. Se preguntaba, para su propia repugnancia, si aquel asesino al que estaban siguiendo, podría ayudarle en aquel plan.

    El volumen de la televisión quedaba oculto bajo el sonido del agua cayendo encima del plato de ducha. Tras la mampara de cristal se podía ver la silueta de una preciosa mujer distorsionada por el efecto del material con el que estaba hecha la puerta de la ducha.
    En el televisor se veía el capítulo de unos dibujos animados de procedencia japonesa. Y el piso, no demasiado grande pero decorado con un gusto impecable, olía a una mezcla de leche corporal y pizza caliente. La mampara crujió al abrirse y la chica de cuerpo esculpido por el mismísimo Bernini, salió dejando bajo ella un charco de agua. La toalla secó suavemente el cuello de la muchacha, y bajó hasta que la chica tuvo que encogerse para recorrer sus piernas. Se puso sólo la parte de abajo de la ropa interior, luego un short negro de pijama y una camiseta de manga corta de uno de esos grupos heavys que tanto le gustaban. Alguna que otra vez se había sorprendido al comprobar que en su armario, no había otro tipo de camisetas. Las había de manga larga, corta, de tirantes, pero todas eran de algún grupo de Rock o Heavy Metal.
    Andó hasta el salón notando bajo sus pies el frío suelo de cerámica, y antes de dirigirse a la cocina se detuvo a mirar a la televisión. Contempló embobada la pelea que protagonizaban dos personajes de aquel anime y tras resoplar con admiración ante la calidad de aquellos dibujos, entró en la cocina. Abrió el horno y, doblando un trapo de cocina con textura de toalla, cogió la bandeja y la sacó para poder poner la pizza en un plato.
    La cortó en ocho porciones y se sentó en el sillón dejándose caer de forma pesada. Si su madre la viera, seguramente la diría que comerse una pizza entera para cenar, era demasiado, y seguiría con el discurso durante quince o treinta minutos. Por suerte para ella, hacía tiempo que se había encargado de que su madre no volviera a sermonearla.
    Cuando la preciosa e inquietante joven pensaba en todas sus víctimas se veía invadida por un escalofrío de placer. Solía pensar, sobretodo, en sus últimos golpes. Y aquella noche había hecho un trabajo perfecto matando a aquel sicario y a su propio jefe. Éste último tenía la mala costumbre de comportarse como un padre, y ella no tenía padre, también se había encargado de poder decir esto. Sonrió ante aquel pensamiento feliz, y acto seguido se introdujo un trozo de pizza candente en la boca. Se quemó el labio con el hilo de queso fundido que colgaba de la porción, y sintió un ligero placer ante aquel dolor. Masticó la pizza y la disfrutó mientras veía el final de aquel episodio animado. El sabor de los champiñones le repugnaba, y muchos habrían preferido comprar cualquier otra pizza, pero ella, por alguna razón que nadie entendería, prefería hacerse sufrir, siempre se hacía sufrir, era algo que le hacía sentir excitada.
    El capítulo de anime fue interrumpido para emitir un avance especial del telenoticias. Habían encontrado a dos cadáveres en un piso. Se trataba de un hombre anciano y uno más joven, vestido de traje negro, con zapatos elegantes y guantes de cuero. Habían encontrado un arma en el suelo, ambas personas habían muerto por un disparo, un único y certero disparo cada uno de ellos.
    —Sin duda capturaremos al asesino. Es un individuo torpe, cuyas acciones son toscas y descuidadas.
    La detective Gala hacía estas declaraciones a la prensa.
    —Sé lo que intentas — dijo la chica hablándole a la caja tonta —, intentas desquiciarme, que cometa alguna imprudencia para poder cogerme.
    —Hemos identificado a una de las víctimas como Tomas Harris. Harris era un antiguo asesino retirado al cual habíamos perdido la pista hacía años.
    —Debes sentirte orgullosa, has identificado a uno de los asesinos más famosos. ¡Vamos! No era algo tan difícil.
    —Todavía no conocemos la identidad del segundo hombre.
    La chica estuvo de acuerdo por primera vez con la detective, ella tampoco sabía porqué le habían encargado matar a ese asesino a sueldo de novela negra. A ella se le habrían ocurrido cosas más divertidas de hacer con un hombre tan atractivo.
    El cristal de la ventana fue arañado por un gato callejero que descansaba en la escalera de incendios. La muchacha se levantó, dirigiéndose hacia el animal, contoneando sus caderas al andar descalza.
    —¡Hola colega! Hoy has tardado más de la cuenta, ¿eh?
    Levantó la hoja de la ventana y dejó entrar al felino en el apartamento. Éste corrió hacia el sofá donde se encontraba el plato de pizza vacío y empezó a lamerlo. Ella cogió al animal que protestó, se sentó en el sofá y se puso al minino en el regazo.
    —¿Has visto las noticias, colega?
    El gato maulló como si hubiera entendido la pregunta.
    No cabe duda de qué cazaremos a ese mal nacido, y le haremos pagar por sus crímenes.
    El capítulo de dibujos volvió cuando la detective terminó sus declaraciones, la chica lanzó una carcajada al aire. Dejó al gato en el suelo, e hizo que le acompañara a la cocina para darle un poco de leche. Ella también bebió, dio un buen trago directamente de la botella, y luego se limpió la boca con el reverso de su mano que se humedeció con el líquido lácteo.
    —Pobrecita, ¿verdad colega? — el gato maulló —. Casi me da pena, ¿cuánto tardará en darse cuenta de que he sido yo? No puedo evitar sentir vergüenza ajena. De las dos, siempre ha sido la hermana tonta…
    Entonces fue a la habitación, se quitó el fino short del pijama y se enfundó uno de sus apreciados tejanos ajustados. Cogió su pistola, y tras lanzarle un beso al gato, salió del apartamento

    La noche llegó provocando que la detective Gala sonriera por primera vez ante la idea de poder descansar. Subió a su utilitario blanco. Deslizó el cinturón de seguridad hasta que escuchó el “clic”, metió la llave en el contacto y se esforzó para que el motor comenzara a rugir. Sin duda necesitaba jubilar aquella viaja chatarra. Algún día, quizá cuando dejara el cuerpo, se compraría uno de esos cuatro por cuatro que tanto le gustaban.
    En la radio sonaba una canción de un grupo pop en español, cambió de emisora con una mueca de desagrado. El coche quedó invadido por los violines y el piano de una pieza clásica, la voz de la soprano hizo que Gala cerrara los ojos con súbito placer. Luego quitó el freno de mano y emprendió la marcha hacia su casa. Tuvo que tocar el claxon cuando otro conductor se cruzó en su camino furtivamente y se vio obligada a dar un golpe de volante. Bajó la ventanilla y empezó a proferir insultos al inepto piloto.
    Tardó media hora en llegar a su casa, aparcó el coche tras dar varias vueltas a las manzanas circundantes y, por fin, encontró un sitio libre. Salió del vehículo y notó como el frío le calaba los huesos. Corrió por la calle hasta entrar en el portal desprovisto de luz y maldijo en voz alta al vago de mantenimiento al que hacía una semana que se le había pedido que arreglase los apliques.
    Abrió el buzón para recoger la correspondencia del día. Subió las escaleras, no le gustaban los ascensores. Introdujo la llave en la cerradura y entró en la casa. Lanzó la chaqueta a un perchero que había en la entrada, no encendió la luz del recibidor, no lo necesitaba. Recorrió aquel pasillo hasta llegar al salón, de pronto un chasquido hizo que Gala se quedara helada, reconocía aquel sonido, lo reconocería entre miles de sonidos. Era imposible, para una detective como ella, no reconocer el martilleo de una pistola.
    Gala encendió la luz y vio a la intrusa sentada en el tresillo, con los pies encima del asiento. Llevaba unas botas Newrock, tejanos ajustados y una camiseta negra con el emblema de un grupo de rock que la detective conocía y detestaba.
    —¡¿Qué coño haces aquí?!
    —He venido a corregir tu error…
    Gala sintió como la rabia subía por la boca de su estómago.
    —¡Joder Laurie! — explotó la detective —. ¡Te dije que no vinieras a verme hasta que todo hubiera pasado!
    —Lo sé — Laurie empezó a hacer pucheros —, pero no me gusta estar sola en mi apartamento.
    —¿Tienes idea de lo que puede pasar si te encuentran aquí?
    —¡Me da igual Gala! — Laurie se levantó del sofá y se acercó a su hermana —. ¡Estoy harta de esconderme, de matar gente para que tú puedas investigar casos! ¡Estoy harta de que te aproveches de mi!
    Gala le dio un bofetón y Laurie sintió el calor en su mejilla izquierda. En su cabeza aparecieron en cuestión de segundos, las imágenes de su padre y algunos profesores de su infancia golpeándola como acababa de hacer su hermana.
    —Laurie…
    La voz de Gala se estremeció por lo que acababa de hacer. Alzó la mano para pedirle disculpas cuando de pronto, escuchó dos sonidos sordos y sintió el dolor punzante en su vientre. Había recibido disparos en anteriores veces, siempre supo que moriría así, lo que nunca imaginó fue que sería su propia hermana la que le mataría.
    —Laurie… lo sien…
    Pero antes de terminar la frase había perdido la vida. Laurie la miró, torció la cabeza dando el aspecto de un cachorro prestando atención. Su boca se encorvó en una sonrisa inquietante. El suelo enmoquetado empezó a encharcarse de la roja sangre de su hermana. Laurie se dirigió a la cocina, cogió un refresco de la nevera asegurándose de no tocar nada con sus manos desnudas, la cerró golpeando la puerta con su trasero y tras coger una manzana del frutero que descansaba en la encimera se dirigió a la puerta para abandonar el apartamento. No sin antes lanzar otra sonrisa a su difunta hermana. Se sentía llena, se sentía completa, por primera vez, se sentía libre.
    —Dulces sueños hermanita… tengo que seguir con lo que empecé.
    Y después salió al rellano oscuro para cumplir lo que acababa de decir. Sería la pesadilla de todo el departamento de policía hasta que la detuvieran, o perdiera la vida, tanto le daba cuál de las dos cosas llegase antes.

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