De Nieve y sangre

De Nieve y sangre - M. Floser
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De Nieve y sangre - M. Floser
De Nieve y sangre - M. Floser
De Nieve y sangre - M. Floser

capítulo

El recuerdo, como una vela, brilla más en Navidad
Charles Dickens

Está nevando. Miro por la ventana al cielo despejado, y veo como la luna se burla de mis miedos. Cada veinticuatro de diciembre contemplo el firmamento plagado de estrellas, temeroso de escuchar ese ruido infernal que forma parte del inevitable caos. Pero el sonido del terror, aunque ya hace años que no invade la ciudad, resuena en mi mente, acomodado en mis recuerdos, y me hiela la sangre. Las imágenes vienen a mí, como atraídas por una hipnosis cruel. Te lo voy a contar, pero antes, déjame que corra las cortinas y me resguarde de la mirada del techo estrellado que me atormenta cada año por estas fechas.

    Antiguamente el veinticuatro de diciembre no era el preludio de la Navidad. Se celebraba el solsticio de invierno. Así era antes, cuando los regalos no necesitaban de calendarios, cuando los árboles solo adornaban bosques y jardines. En definitiva: cuando yo tenía nueve años.
    En aquel entonces, las primeras nieves del año eran señal inconfundible de historias junto a la chimenea. De cuentos que atormentaban a niños, divertían a padres y abuelos, e incomodaban a abuelas y madres. De leyendas de demonios, de seres extraños y dioses paganos. De comidas copiosas que se alargaban hasta altas horas de la noche. Una noche, la única del año, en la que los niños éramos totales protagonistas, donde el toque de queda familiar desaparecía y se nos permitía trasnochar. Los ojos se cerraban cansados por la falta de costumbre, pero los más pequeños nos negábamos a reconocer que necesitábamos dormir. No podíamos desaprovechar una fecha como aquella. Era, sin duda, una buena época.
    En mi casa la fiesta era especialmente alegre. Mi padre era un respetado cantante y, después de cenar la deliciosa comida de mi madre y mi abuela, se sentaba a tocar canciones hermosas en el piano familiar. Las notas envolvían una escena llena de calidez. La voz aterciopelada de mi padre servía para amenizar una digestión necesaria, y enlazaba el atracón con los licores que bañaban las gargantas de los adultos. Era el momento en el que los niños podíamos elegir entre ir a jugar a nuestro cuarto, o ayudar a recoger la mesa. Yo siempre escogía lo segundo, pues desde mi habitación no podía escuchar las canciones. Mi abuelo, de vez en cuando, acompañaba a mi padre cantando. No era tan bueno, y su voz temblorosa por la edad en ocasiones desafinaba, pero la esencia y la magia de la escena, no tenían precio.
    —Papá, ¿podemos salir a jugar en la nieve? —preguntó mi hermano mayor intentando que su voz resonara por encima de la melodía.
    La música se detuvo y mi padre se giró para mirarlo. Sonrió y le alborotó el pelo con la mano.
    —Claro que podéis. ¿Queréis que luego os ayude a hacer un muñeco de nieve?
    —¡Vale! —gritamos los dos hermanos.
    Salimos corriendo, abrimos la puerta después de ponernos los abrigos, las bufandas y los gorros de lana, y salimos a la intemperie. La nieve caía creando un suelo que parecía de espuma. Los árboles, desnudos por el paso del otoño, se vestían de blanco. Era un bonito espectáculo. En el jardín trasero de casa, mi hermano se lanzó al suelo de espaldas, formando una cruz con su cuerpo, luego empezó a mover los brazos, uniéndolos a sus costados y volviendo a la postura inicial, y también juntando y separando las piernas.
    —¡Haz un ángel conmigo! —me gritó lleno de alegría.
Sonreí y me lancé a un par de metros de distancia, para imitarle. Cuando nos levantamos del suelo, con cuidado de no destrozar nuestra creación, vimos la silueta de unas figuras que realmente parecían ángeles con sus alas. Mi hermano corrió hacia donde estaba la cabeza y con un palo helado dibujó un círculo sobre el ángel. Era un crío detallista, y no podía dejar al ángel sin su aureola.
    —¡Déjamelo, yo también quiero dibujarle la redondita al mío!
Cuando me dejó el palo me acerqué a la cabeza de mi ángel, pero en vez de hacerlo por fuera, lo hice por el interior de la silueta.
    —¡Te lo estás cargando!
    —¿Qué? —miré el ángel, atravesado por mis huellas—. ¡Jo, ha sido sin querer!
    —Mira que eres torpe…
    —¡No me llames torpe!
    —¿A caso sabes lo que quiere decir?
    Antes de que le respondiera sinceramente que no, mi padre salió al jardín.
    —¿Qué habéis hecho?
    —¡Papá, mira, un ángel! —dijo mi hermano corriendo hacia él—. ¿Te gusta?
    —Son muy bonitos, la verdad. ¡Oh, ese tiene incluso su aureola!
    —Sí. Él ha destrozado el suyo, mira, lo ha pisoteado.
    —Pero es muy bonito también. A ver, dejadme probar a mí.
    Mi padre se tumbó de espaldas y empezó a moverse tal y como lo habíamos hecho nosotros. Cuando se levantó, mi hermano y yo nos quedamos sorprendidos por lo grande y profundo que era la silueta de su ángel.
    —¡Eres el mejor, papá!
    —Gracias —respondió él riendo—. ¿Hacemos el muñeco de nieve?
    No hizo falta que le respondiéramos, empezó a reunir toda la nieve que pudo, y la amontonó dándole forma redondeada. Ese sería el cuerpo de nuestro muñeco. Al cabo de unos minutos que transcurrieron al ritmo de segundos, habíamos conseguido dar forma a un hombrecillo de nieve del tamaño de mi hermano: debía medir cerca de un metro y diez centímetros. Tenía piedras que servían como ojos y su boca sonriente estaba hecha con ramitas rotas.
    —¿Sabéis qué le falta? —preguntó mi padre más para sí mismo que para nosotros—. Un sombrero, una bufanda y una nariz. Creo que voy a pedirle la chistera al abuelo y, por su puesto, una zanahoria a vuestra madre. Espero que no me la tire a la cabeza cuando le diga para qué es.
    Mi hermano y yo reímos, siempre nos reíamos con mi padre. Era un buen hombre que nos quería con locura.
    Se levantó del suelo, se sacudió las rodillas del pantalón, llenas de nieve, y corrió hacia la puerta de casa. Antes de que entrara, el cielo fue surcado por un potente relámpago que volvió blanco puro el negro salpicado de plata. Mi padre se detuvo y miró extrañado hacia arriba. Entonces, en la lejanía, por encima de los tejados de las casas en el horizonte, vi como descendía en diagonal una estela luminosa.
    —¡Papá, una estrella fugaz! —grité extasiado—. ¡Llama a todos, llama a todos!
    Pero mi padre no llamó a nadie. Su cara estaba desencajada. Miraba aterrado a aquella estrella que caía del cielo. Jamás olvidaré aquella expresión, entre otras cosas porque era la primera vez que la veía en el rostro de aquel hombre.
    —Entrad en casa, niños.
    Su voz ya no era cariñosa. Era seca, fría.
    —¿Pero por qué? —preguntó mi hermano—. Aún no hemos terminado el muñeco. Pídele la chistera al abuelo, por favor.
    —He dicho que entréis en casa. Ahora.
    Mi hermano y yo nos miramos. Yo no dudé ni un segundo ya que era la primera vez que nuestro padre nos hablaba así. Serio, cortante, asustado. Corrí hacia el interior seguido a regañadientes por mi hermano y mi padre que cerró la puerta y accionó el pestillo. En casa, el resto de la familia miró extrañado a mi padre, que estaba corriendo las pequeñas cortinas de la ventana y la puerta.
    —¿Qué pasa, querido? —preguntó mi madre asustada.
    En vez de responderle, mi padre miró a mi abuelo y luego nos miró a mi hermano y a mí. El anciano al principio le devolvió la mirada confuso, pero algo en mi padre pareció hablarle sin palabras, como si la expresión de aquel hijo suyo tuviera un lenguaje oculto. Mi abuelo se levantó del sillón y corrió hacia mi hermano y yo.
    —Niños, tenéis que hacerme caso a partir de ahora. Tenemos que irnos a la cama.
    —¿Qué? ¿Por qué? —preguntó mi hermano, aunque a mí también me sorprendió aquella petición.
    —Venid conmigo y os lo explicaré, os lo prometo. Pero tenemos que irnos a la cama. Deprisa.
    Estuvimos tentados de protestar, pero mi padre parecía fuera de sí. Temblaba y se agarraba al pomo de la puerta con fuerza.
    —¿Qué está pasando, querido? —volvió a preguntar mi madre.
    Mi abuela puso la mano en el hombro de su nuera, y le dijo algo al oído. Los ojos de mi madre se abrieron mucho, y se llevó la mano a la boca para reprimir un grito de horror.
    —No puede ser —dijo temblorosa. Entonces nos miró—… ¡niños haced caso a vuestro abuelo!
    —¡No es justo! —gritamos al unísono los dos hermanos.
    —¡Ahora!
    La voz de mi padre resonó por toda la casa. Con un eco impropio de una vivienda bien amueblada como aquella. Mi abuelo tiró de nosotros y nos arrastró hacia el piso superior, donde se encontraban la habitación de mis padres y la nuestra. Aún compartíamos habitación, solo faltaba un año para que yo tuviera la edad suficiente para dormir solo, entonces mi hermano se mudaría a la que entonces era la habitación de invitados.
Mi abuelo abrió la puerta y la habitación repleta de juguetes se mostró iluminada por la luz blanquecina de la luna. Las miniaturas de coches descansaban en las estanterías que colgaban de las paredes blancas. Los peluches abarrotaban un pequeño banco bajo la ventana, y en el centro de la habitación, sobre una alfombra redonda, había una enorme pelota de goma con la que mi hermano y yo solíamos jugar a derribarnos lanzándonosla a la cara el uno al otro. Era más divertido de lo que suena. El hombre corrió a las camas y nos pidió que nos metiéramos en ellas. Le hicimos caso, estaba claro que era absurdo discutir.
    —Intentad dormiros, por favor. Es muy importante.
    El abuelo nos besó la frente y se dirigió a la puerta. Pero mi hermano lo llamó.
    —Abuelo, nos has dicho que nos explicarías qué está pasando.
    El hombre cerró los ojos con fuerza, como si su deseo de que nos olvidásemos del tema, se hubiera truncado. Suspiró y volvió junto a nosotros. Cogió una pequeña silla de madera y se sentó entre las dos camas, mirándonos antes de decidirse a hablar.
    —¿Habéis oído alguna vez hablar de la Navidad?
    Ambos negamos con la cabeza.
    —Entonces dudo que vuestro padre os haya hablado del Espíritu de la Navidad. ¿No es así?
    Volvimos a mover nuestras cabezas de forma negativa.
    Mi abuelo suspiró.
    —Hace muchos años, antes de que el abuelo del abuelo de mi abuelo naciera, por estas fechas, ocurría una cosa terrible. El veinticuatro de diciembre, por la noche, un relámpago horrible iluminaba el cielo, y del mismo firmamento, caía una estela de fuego.
    —¡La estrella fugaz! —grité yo.
    —No es una estrella fugaz, hijo. Ojalá lo fuera.
    —¿Entonces qué es, abuelo? —preguntó mi hermano.
    Mi abuelo volvió a suspirar apesadumbrado.
    —Después de que ocurrieran esas dos cosas: el relámpago y la estela de fuego, pasaban unas horas antes de que ocurriera algo aún peor. Las ciudades se veían atacadas por un ser horrible. Un demonio. Un monstruo cuya existencia se acompañaba de un sonido característico de su presencia. Un sonido parecido al de pequeños cascabeles. Ese monstruo fue bautizado como Espíritu de la Navidad. Porque se decía que su aparición estaba ligada al nacimiento de las primeras nieves del año.
    Mi hermano y yo sentíamos como la garganta se nos secaba. La voz envejecida de mi abuelo se volvía aún más temblorosa por el miedo que le causaba explicar aquella historia.
    —¿Y qué hacía ese monstruo? —pregunté sin tener claro si quería saberlo.
    —Se llevaba a los niños.
    La declaración cayó sobre nuestros pechos con todo su peso y repercusión. Sentí ganas de vomitar, sentí como la habitación me daba vueltas.
    —Pero —empezó mi hermano que consiguió reprimir las náuseas—… ¿por qué quieres que nos durmamos si viene ese espíritu?
    —Porque durante años, el Espíritu de la Navidad solo se ha llevado a los niños que estaban despiertos. La mañana siguiente de su aparición, las camas donde los niños estaban dormidos seguían ocupadas, pero las otras no, las otras estaban vacías. Por eso tenéis que dormiros. No queremos que os pase nada.
    —¡Estás mintiendo! —le desafió mi hermano—. Si es verdad todo eso, ¿por qué nunca he visto a ese monstruo? Ya tengo doce años y todos los años estoy despierto hasta tarde.
    —No sabemos por qué, pero el espíritu no viene cada año. Ahora, quiero que os durmáis. No hay nada más que decir. Podría aparecer en cualquier momento.
    Mi abuelo salió de la habitación dando un portazo.
    —¿Tú qué piensas? —pregunté asustado a mi hermano.
    —No me lo creo.
    —Yo me voy a dormir.
    —Yo no. Me da igual lo que digan. Seguro que solo quieren que nos durmamos para pasárselo bien ellos.
    —Haz lo que quieras, yo me voy a dormir.
    Pero lo cierto es que no podía dormirme. Estaba cansado, era muy tarde, pero la historia que mi abuelo nos había contado me mantenía con los ojos abiertos como platos. Mi hermano se quedó sentado, con la espalda apoyada en el cabecero de la cama. Lo veía reflejado en un espejo grande que había junto a mi cama. Me miraba.
    —No me pienso dormir. Y ya verás, mañana te daré un puñetazo por ser tan tonto de creerte ese cuento.
    No contesté, realmente necesitaba dormirme, lo deseaba con todas mis fuerzas. Pero cuanto más me empeñaba en dormirme, más despierto me sentía.
    En el piso de abajo ya no se escuchaba ruido, supuse que realmente mi familia se había metido en sus habitaciones. Mis abuelos dormirían aquella noche en la habitación de invitados. Así lo hacíamos todos los años. Y cuando mi hermano se mudara a su nuevo cuarto, dormiría conmigo cada veinticuatro de diciembre, para que mis abuelos tuvieran un sitio donde quedarse a pasar la noche.
    Pero cuando pensaba que mis familiares se habían ido a sus respectivas habitaciones, en el piso de abajo empezaron a escucharse ruidos. Como de muebles arrastrándose y pasos pesados. El parqué arañándose con los armarios, el rechinar de la madera friccionando la madera. Entre todos esos, un ruido agudo se escuchaba tenue por la lejanía del piso inferior. Miré a través del espejo a mi hermano, que a su vez miraba hacia la puerta cerrada de nuestra habitación. Su rostro era una mezcla de sentimientos: su convencimiento de que todo era una broma orquestada por los mayores luchaba contra el terror de la posibilidad de que todo fuera cierto. Yo era mucho más sencillo: no paraba de temblar.
    El extraño sonido agudo ganó intensidad y cercanía. Abrí los ojos exageradamente al recordar la descripción de mi abuelo «un sonido parecido al de pequeños cascabeles». Me tapé más, como si el edredón fuera a salvarme de cualquier peligro. Entonces mi hermano salió de la cama, vestido aún con la ropa de calle, el abuelo no nos había dado tiempo de ponernos el pijama.
    —Se acabó, voy a demostrarte que ese monstruo son nuestros padres gastándonos una broma.
    Cogió una pequeña linterna que había en el primer cajón de su mesita de noche, y luego se dirigió a la puerta. Mi corazón me golpeaba el pecho, estaba paralizado por el miedo. Quería levantarme e impedir a mi hermano salir al pasillo, pero mi cerebro y mi cuerpo parecieron perder el contacto en aquel momento. Encendió la linterna y se iluminó la cara. No lo vi, el espejo ya no mostraba su reflejo, pero siempre hacía lo mismo. Escuché el chasquido del pomo, y luego el rechinar de la puerta abriéndose suavemente.
    —¿Papá? —dijo tímidamente mi hermano—, ¿mamá? Ya basta de bromas. No es gracioso, estáis asustando a mi hermano —hubo una pequeña pausa en la que alcancé a escuchar la respiración agitada de mi hermano, mezclada con esos extraños cascabeles—. ¿Papá?, ¿mamá?
    Mi hermano se calló, pero no hubo silencio, escuché un gemido vestido con su voz. Los cascabeles sonaban más fuerte. Pero no fue lo más extraño que sonó: una especie de risa grave, casi aspirada, que podría pasar por asmática, resonó en la casa. Una risa con tres sílabas, una risa que quería parecerse a un «ho, ho, ho» lento. Las lágrimas me cayeron por la mejilla, no era la voz de nadie a quien yo conociera. Ni siquiera una voz que pudiera ser imitada por alguien a quien yo conociera. Mi hermano gritó y desde mi cama pude sentir el dolor de su garganta. En el espejo veía la luz de su linterna moverse de forma nerviosa. Y de repente mi hermano se tiró sobre su cama gritando y llorando, mirando hacia la puerta. Enfocó la linterna en aquella dirección y su rostro mostraba el terror más profundo que yo le había visto jamás. Entonces me miró a través del espejo, se iluminó la cara con la linterna, desde abajo, y movió los labios. Era fácil descifrar lo que me estaba diciendo: «duérmete». En cuanto dijo eso, algo le atacó. Mi hermano quedó cubierto por una especie de bolsa roja, brillante. Un saco que emitía destellos. Los cascabeles sonaron más deprisa y la risa grave se alargó en una carcajada cadenciosa. Entonces lo vi, alumbrado por la linterna de mi hermano que había quedado sobre la cama. Un monstruo enorme, con una piel gelatinosa de tono rojizo. Una piel que mostraba extrañas aguas en cada movimiento. Como una lámpara de lava recorriéndole todo el cuerpo. Sus manos eran húmedas, con solo dos dedos. Parecían dos manoplas terroríficas. Su rostro era extraño. Una masa de carne roja, con textura que parecía piel quemada, dura y deformada. Se alargaba hacia abajo convirtiéndose en pelo del mismo color que el resto. Una especie de barba afilada y carmesí. Al principio me pareció que aquel monstruo no tenía ojos o al menos su rosto no mostraba ninguno. No obstante, su cabeza se alargaba hacia arriba, y se retorcía en un apéndice blando que se movía como el rabo de un perro. Miró hacia mi cama con aquel rostro vacío y yo intenté no sobresaltarme. Desde la seguridad de mi edredón, desde la ocultación de mi rostro en las sombras de la luz a mi espalda, pude ver como el apéndice de su cabeza terminaba en una pequeña esfera del mismo color que el resto del ser. Levantó aquel miembro estirado, lo dobló hacia delante y aquella esfera de carne se abrió y mostró un ojo con iris amarilla y una pupila alargada y negra. Los cascabeles se escuchaban ahora por toda la casa y mi hermano, dentro del saco, había dejado de moverse hacía un rato. La piel de aquella bolsa enorme había dejado de brillar con la quietud de su captura. El monstruo se acercó a mi cama, andando torpemente, con el cuerpo y la cabeza ligeramente encorvados hacia un lado. Parecía que en cualquier momento fuera a perder el equilibrio. Se había echado el saco sobre el hombro como si no pesara nada. Su ojo me miraba de arriba a abajo, examinándome a través de las luces que se recortaban por su silueta. Sonó su risa enervante, sonaron los cascabeles procedentes de algún punto incierto de su anatomía. Entoncesvi que la criatura miraba a través del espejo. No me miraba a mí, estaba mirando su propio reflejo. Inclinando la cabeza primero a un lado, luego al otro, con la curiosidad de un animal. Entonces en su cara plana se abrió una brecha vertical. Me fijé en aquel nuevo fenómeno y vi que el monstruo estaba mostrando lo que parecía una enorme boca. A cada lado de aquella abertura que le llegaba de la barbilla a la supuesta frente, podían verse un sin fin de dientes afilados. Y del extremo inferior colgó una larga lengua bífida, con saliva espesa y brillante por la luz que habitaba mi habitación. Se rió con aquel «ho, ho, ho» que helaba la sangre y provocaba llanto. Parecía que al ser le gustaba verse, con su traumática estampa.
    Me volvió a mirar, de arriba a abajo, sin mover su cuerpo, solo aquel apéndice de su cabeza. Alargó la mano que tenía libre hacia mí y vi que a través de la piel se filtraba la luz, como una membrana fina que mostraba en su interior los huesos de tres dedos unidos por una capa de carne gelatinosa. Cerré los ojos e hice lo único que se me ocurrió, imité el sonido de un ronquido, suave, nada exagerado, y me di cuenta de que el contacto de su mano con mi figura tumbada nunca llegó a llevarse a cabo. Abrí los ojos levemente, dejándolos entornados, viendo el mundo en siluetas oscuras. Y la suya, enorme, horrible, peligrosa, se quedó mirándome con la misma atención con la que se había mirado a sí mismo. Seguí fingiendo la respiración profunda, y para mi sorpresa, el monstruo se incorporó y me dio la espalda. Empezó a andar hacia la puerta de mi cuarto y salió al pasillo. No me había atacado, se había creído que estaba dormido, y parecía que aquello había sido suficiente.
    Lloré, poniéndome la mano en la boca para no hacer ruido. Pensé en mi hermano y los ojos se me volvieron a abrir. Salí de la cama y me puse en pie, calzado únicamente con los calcetines de lana que amortiguaban mis pisadas. Salí con miedo al pasillo, esperando que aquel monstruo no estuviera al otro lado de la puerta. Miré a un lado y a otro, pero los cascabeles sonaron en el piso de abajo. Empecé a bajar las escaleras, pero no las bajé del todo, no hizo falta. A mitad de tramo, vi a través de la baranda de madera como el monstruo se mantenía de pie en el salón de casa. Mirando hacia todas partes. Su risa sonó interrogativa y entonces me di cuenta de que aquel sonido no era una risa, si no una especie de lenguaje. Su lenguaje. Miré el saco que colgaba de su espalda. Era enorme, del tamaño de un sillón, repleto de bultos que en aquel entonces no alcancé a comprender que eran niños a los que había sorprendido despiertos aquella noche. Sabía que mi hermano estaba ahí dentro, porque yo mismo había visto como lo capturaba.
    El monstruo se inclinó hacia delante, y se acercó poco a poco a la pared. Me fijé bien y vi como se estaba agachando. Mi sorpresa se mezcló con la extrañeza de ver como aquel ser enorme se estaba metiendo dentro de la chimenea. Tuve que bajar unos pocos escalones más, entonces vi en el hueco de la chimenea unas piernas rojas, peludas, de pies enormes. Solo eso, y solo un instante, porque en un pestañeo la chimenea aspiró al monstruo hacia las alturas y desapareció. Grité por el miedo que me provocaba el hecho de que mi hermano había sido succionado con él. Bajé corriendo hacia el salón, me puse de rodillas y me asomé dentro de la chimenea. Solo vi un foso alargado hacia arriba, y al final de todo, pequeño y luminoso, un agujero libre de toda presencia demoníaca. Salí de la chimenea y me quedé en el suelo. Estaba cubierto de hollín y de una sustancia rosada y viscosa, llorando por la presencia de un monstruo que se había llevado a mi hermano. Por la existencia de un demonio atraído por las primeras nieves del año.

    Aún hoy, contando esta historia de mi traumatizada infancia, recuerdo las últimas palabras de mi hermano: «verás como ese monstruo son nuestros padres gastándonos una broma», vuelvo a llorar por el amargo encuentro con mi pasado. No, aquel monstruo, aquel Espíritu de la Navidad, no son los padres. Ahora, esa figura se ha convertido en algo amable, el paso de los años, y el deseo de ser felices de los que conocemos la verdadera historia, de los que necesitamos olvidar —aunque sea algo imposible—, nos ha llevado a inventarnos un ser bondadoso, un ser que en vez de llevarse a los niños, les trae regalos. Pero siempre hay un detalle común en todas las casas: niños, no os mantengáis despiertos el veinticuatro de diciembre. Y dejadme deciros que, si escucháis el sonido de cascabeles, debéis intentar sobrevivir.

© 2015 M. Floser.

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