MICROFICCIÓN #12

¡Hola a todos/as! Hoy os traigo una publicación muy especial. Hace poco le pregunté a un contacto mío en Twitter si le apetecería traducir un relato mío a su idioma natal, el gallego. Su aceptación fue contundente e inmediata. Así pues, escribí un relato para la ocasión y se lo envié. El otro día recibí su respuesta con la traducción.

Espero que os guste tanto como a mí. El galego es un idioma que adoro, me parece uno de los más bonitos que hay, y si no pensara así, no le habría pedido que lo tradujera.

Muchas gracias, Luis, te lo dedico a ti.

MEIGA

A súa risa soou de entre as árbores do bosque. Aguda e arrepiante, traída polo vento nun eco que morría lentamente pouco a pouco. Estaba listo para enfrentarme a aquela meiga, aínda que iso fose o meu fin. Eu non sabía como facelo, a súa presenza ofuscaba a miña presenza, coma un elefante tapándolle a luz do sol a unha formiga.
    As miñas mans empuñaban unha espada que nunca me pertenceu, arrebatada do corpo dun dos moitos coitados que se atreveron a desafiar aquel monstro. O fio desgastado da arma perlábase con ducias de pingas de orballo que parecían querer unirse a min naquela loita absurda.
    A risa volveu tronar, e de entre a escuridade causada polas árbores, xurdiu a figura daquela muller chea de sensualidade. Unha sensualidade que xa reclamara moitas vítimas. Unha sensualidade que causaba a tolemia e a paixón dos que caían exhaustos aos seus pés. Pero que non ía funcionar comigo. Non mentres suxeitara aquela arma que me lembraba como o meu propio fillo a intentara usar en contra da meiga. Obrigueime a ollar para o rostro pálido do meu pobre fillo, e a súa expresión neutra, plácida e perpetua deume a forza e a coraxe de comezar o meu ataque. Todo estaba nas mans do destino: ou conseguía vingar a súa morte, ou logo me reuniría con el.

— Traducción de Luis García Gaciño —

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BRUJA

Su risa sonó entre los árboles del bosque. Aguda y escalofriante, transportada por el viento en un eco que moría agonizando poco a poco. Estaba dispuesto a enfrentarme a aquella bruja, aunque supusiera mi final. No sabía como hacerlo, su presencia eclipsaba mi presencia, como un elefante tapándole la luz del sol a una hormiga.
    Mis manos blandían una espada que jamás me ha pertenecido, arrebatada al cadáver de uno de los muchos desafortunados que habían osado desafiar a aquel monstruo. La hoja desgastada del arma se perlaba con decenas de gotas de rocío, que parecían querer unirse a mí en aquella batalla absurda.
    La risa volvió a tronar, y de entre la oscuridad provocada por los árboles, emergió la figura de aquella mujer llena de sensualidad. Una sensualidad que ya se había cobrado demasiadas víctimas. Una sensualidad que provocaba la locura y la pasión de aquellos que caían rendidos a sus pies. Pero conmigo no funcionaría. No mientras sujetara aquel arma que me recordaba cómo mi propio hijo la había intentado usar contra la bruja. Me obligué a mirar el rostro pálido de mi pobre hijo, y su expresión neutra, plácida y perpetua, me dio la fuerza y el valor para emprender mi ataque. Todo estaba en manos del destino: o conseguía vengar su muerte, o pronto me reuniría con él.

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